Buenos Aires-1 de Marzo de 2026-Total News Agency-TNA – El Gobierno de Javier Milei llega al inicio de un nuevo año legislativo con una postal que hace meses parecía improbable: una mayoría parlamentaria circunstancial que le permitió aprobar en sesiones extraordinarias su primer Presupuesto desde la asunción y empujar reformas de alto impacto, como la modernización laboral y los cambios en el régimen penal juvenil, además de avanzar con la discusión sobre glaciares. En la Casa Rosada lo leen como un rédito táctico directo de la estrategia que el propio Presidente definió hace un año, cuando descartó “blindar” la gestión con pactos rígidos y optó por jugar “a todo o nada” con armado propio, para evitar —según su diagnóstico— quedar rehén de la negociación permanente con los gobernadores.
El saldo inmediato es favorable: los triunfos legislativos llegaron incluso con errores y rectificaciones de último momento que obligaron a recalibrar textos y votos, pero aun así se consolidaron mayorías que, en el Senado, superaron el umbral simbólico de los 40 apoyos en proyectos clave, mientras que en Diputados la Casa Rosada logró armar acuerdos que en votaciones centrales se ubicaron por encima de los 130 y se acercaron a los 140 votos. Ese músculo le devolvió a Milei centralidad política, le dio aire a su programa económico y mostró una capacidad de “armado” que, por momentos, parecía ausente en un oficialismo sin estructura territorial tradicional.
Sin embargo, la letra chica de esa mayoría revela dos rasgos que explican tanto su potencia como sus límites. El primero es su origen: confluyen la necesidad de muchos gobernadores de sostener un vínculo razonable con el poder central —en un contexto de estrechez fiscal, caída de recaudación y presión por mostrar gestión— y, al mismo tiempo, el cálculo político de no enfrentarse a un Presidente que conserva niveles altos de aprobación en varias provincias. En ese esquema, los mandatarios provinciales ganan peso real como interlocutores: en la práctica, buena parte de la negociación ya no pasa por cúpulas partidarias nacionales sino por decisiones territoriales, con intereses concretos atados a recursos, obras, asistencia y clima social.
El segundo rasgo es la reconfiguración del peronismo no kirchnerista, que busca diferenciarse del núcleo duro referenciado en Cristina Fernández de Kirchner y en la provincia de Buenos Aires. Esa dinámica se hizo visible en el Senado con la salida de Carolina Moisés, Sandra Mendoza y Guillermo Andrada del interbloque conducido por José Mayans, un movimiento que reordenó cargos internos y comisiones, y que le quitó volumen al bloque peronista tradicional. La jugada, impulsada por un entramado de gobernadores del norte, profundizó la fragmentación opositora y, de rebote, abrió una ventana de oportunidad para el oficialismo en la cámara alta.
En paralelo, apareció otro armado funcional a la gobernabilidad libertaria: el interbloque Impulso País, que reunió a un puñado de senadores del PRO, Provincias Unidas y fuerzas provinciales. El nuevo espacio se presentó con discurso “federal y productivo” y, más allá de su retórica, agrega un dato concreto: amplía el menú de votos disponibles para la Casa Rosada y reacomoda la mesa de negociación en comisiones y autoridades. En un Senado donde cada número cuenta, estos reordenamientos son algo más que un gesto: son la base material para empujar la agenda y, sobre todo, para acercarse a la cifra mágica de los dos tercios cuando se trate de designaciones sensibles.
Ahí aparece el capítulo que el oficialismo mira con atención: la discusión por la Corte Suprema y la cobertura de vacantes en el sistema judicial. En el entorno presidencial dan por inminentes movimientos en el Ministerio de Justicia tras los rumores de salida de Mariano Cúneo Libarona. En ese tablero, asoma una novedad política de peso: Karina Milei comenzó a involucrarse de manera más directa en un área que hasta ahora orbitaba en la esfera del asesor presidencial Santiago Caputo, con influencia operativa a través del viceministro Sebastián Amerio. En el Gobierno admiten que la secretaria general de la Presidencia viene siguiendo antecedentes de jueces, el funcionamiento del Consejo de la Magistratura y la dinámica de la Comisión de Acuerdos del Senado, con la idea de “destrabar” pendientes y reordenar el control del área.
La tensión interna es evidente: por un lado, la necesidad de mantener a Caputo como eje de la ingeniería política y comunicacional; por el otro, el avance de Karina Milei sobre sectores que considera claves para blindar el proyecto. La forma en que se resuelva esa pulseada impactará en la velocidad con la que se activen pliegos y negociaciones en la cámara alta, donde los gobernadores también tienen intereses directos.
El límite central de la nueva mayoría es su naturaleza: es transaccional, temporal y condicional. En la Casa Rosada reconocen que no se trata de un respaldo irrestricto a cualquier iniciativa, y que la paciencia aliada puede agotarse a medida que avance el año, suba el costo social de la reconversión económica o empiecen a correr los cronogramas electorales provinciales. En otras palabras: la coalición parlamentaria que hoy acompaña puede mutar rápido si cambia la percepción sobre la economía real, la inflación, el empleo y el consumo. Los gobernadores, sin acuerdos electorales cerrados con el oficialismo, se reservan la puerta de salida.
En ese marco, el mapa político queda partido en tres grandes zonas: un oficialismo fortalecido pero aún sin mayoría propia plena; un kirchnerismo golpeado y en retroceso fuera de Buenos Aires, aunque con capacidad de maniobra en su bastión; y un amplio “medio” heterogéneo —del PRO al peronismo pragmático, del radicalismo a fuerzas provinciales— que no tiene liderazgo nacional, pero sí la llave para inclinar la balanza. El dato que todos comparten, incluso quienes hoy negocian con la Casa Rosada, es simple: la variable que puede mover todas las piezas no es un discurso ni una rosca. Es la economía. Y en esa apuesta, Milei cosecha triunfos cuando gana, pero también concentra el costo si el resultado no llega.





