Buenos Aires-2 de Marzo de 2026-Total News Agency-TNA-. El presidente Javier Milei eligió la apertura de sesiones ordinarias del Congreso para meterse de lleno en una de las preguntas que más inquieta en fábricas, comercios y hogares desde el cierre de empresas industriales y la pérdida de puestos registrados: si parte del empleo tradicional se achica, ¿dónde se generará trabajo en la Argentina que viene? Su respuesta fue contundente y, al mismo tiempo, ambiciosa: el futuro —según su visión— está en el salto energético y minero, con petróleo, gas y electricidad a precios competitivos como plataforma para reindustrializar al país con nuevas cadenas de valor y salarios mejores.
En el corazón de su argumento, Milei planteó que “la energía barata” será el insumo transversal capaz de cambiar la geografía de la producción y atraer inversiones intensivas en capital. “La energía barata es el insumo transversal que cambia la ecuación de localización industrial. Donde hay energía abundante y barata, se instala la industria pesada”, afirmó ante los legisladores. Con esa idea como faro, enumeró sectores que, según el Presidente, podrían expandirse en los próximos años: petroquímica, siderurgia, aluminio, hidrógeno, procesamiento de litio y minerales críticos. En el mismo pasaje, sumó una postal que busca instalar un horizonte tecnológico: data centers y capacidad de cómputo en la Patagonia, apalancados —dijo— en el frío natural y en un sistema energético más robusto, creando “condiciones únicas” para infraestructura vinculada a la Inteligencia Artificial.
El mensaje buscó llevar calma a quienes temen un mercado laboral más chico por el avance tecnológico o por la transición de un modelo productivo a otro. “Muchos temen que en la Argentina del mañana falte trabajo, pero nosotros no. Todas estas nuevas industrias van a suplir con creces la demanda de empleo retirada por las viejas industrias, y con muchos mejores sueldos”, aseguró. Y, como parte de su estilo político, ligó esa promesa a una crítica directa al kirchnerismo y a las trabas sobre la minería: destacó el potencial de la Cordillera y sostuvo que, con reglas similares a las de Chile, el país podría conseguir “un millón de puestos de trabajo reales”, contraponiéndolos a lo que describió como empleo público “inventado” para disimular problemas laborales.
El debate, sin embargo, llegó recargado por una paradoja que ya aparece en los números: mientras la economía acumula dos años consecutivos de crecimiento —con una mejora superior al 10%, según el propio Milei—, en el mismo período se perdió empleo formal. Los datos oficiales del Sistema Integrado Previsional Argentino (SIPA), elaborados por la Secretaría de Trabajo, marcan que entre noviembre de 2023 —el mes previo a la asunción del actual Gobierno— y noviembre de 2025, último registro disponible, hubo una pérdida neta de 192.400 puestos de trabajo asalariado privado registrados. Si se suma la reducción del empleo público asociada a la política de ajuste del Estado, la caída total de asalariados registrados supera los 270.000 puestos.
Esa distancia entre actividad y empleo no solo se explica por una recesión puntual en algunos sectores, sino por un fenómeno más estructural: el crecimiento no siempre “derramó” en trabajo registrado, incluso en ramas que mejoraron su desempeño. El especialista laboral Luis Campos aportó una radiografía que complica el optimismo lineal. Señaló que entre 2024 y 2025 se expandieron con fuerza el agro, minas y canteras (petróleo, gas y minería) y la intermediación financiera, pero el empleo en esas actividades prácticamente no creció e incluso cayó. Es un punto clave para la discusión: si los sectores que más crecen son, al mismo tiempo, menos intensivos en mano de obra —o incorporan tecnología que reemplaza tareas—, la transición hacia esa “Argentina energética” puede tardar más en traducirse en puestos concretos para quienes hoy se quedan afuera.
Los ejemplos son elocuentes. En el agro, la actividad habría crecido 41% en los últimos dos años, pero el empleo subió apenas 1,8%. En minas y canteras, la actividad aumentó 16% en el mismo período, mientras el empleo en petróleo, gas y minería cayó 3,3%. En el sector financiero, pese a una suba de 18,7% de la actividad, el empleo retrocedió 2%. El contraste se vuelve todavía más duro cuando se mira a los sectores más “mano de obra intensivos”, como la industria y la construcción: según el investigador del Instituto de Estudios y Formación de la CTA Autónoma, la industria retrocedió 8% en dos años y perdió 3,2% de sus puestos; la construcción cayó 14% y el empleo formal se redujo 17,6%.
Con ese telón de fondo, el Gobierno busca sostener su promesa laboral con una herramienta central: el Régimen de Incentivos a Grandes Inversiones (RIGI). Hacia adelante, hay 12 proyectos aprobados para ingresar al régimen, que implicarían desembolsos por US$26.623 millones y proyectan la creación de 35.600 puestos de trabajo, según datos oficiales. La cifra funciona como un ancla para el discurso oficial: inversión grande, empleo asociado, proveedores, logística, servicios. Sin embargo, el desafío es de escala y de tiempos. Solo en la industria se perdieron 65.000 empleos formales en los últimos dos años, de acuerdo con registros de la Unión Industrial Argentina (UIA). Es decir: aun si se cumplieran los empleos proyectados por el RIGI, el mercado laboral llega golpeado y con heridas concentradas en sectores tradicionales.
Una referencia concreta ayuda a dimensionar la mecánica real del empleo en minería: la inversión de US$18.000 millones que realizará la empresa Vicuña en San Juan durante la próxima década para producir cobre. El proyecto demandará 12.000 trabajadores directos en el pico de construcción y, ya en operación, proyecta 5.000 puestos directos, además de unos 19.000 indirectos a través de proveedores de servicios que van desde catering diario hasta logística, mantenimiento, limpieza y recolección de residuos. Es el modelo que el Gobierno imagina como multiplicador: grandes obras, etapas, cadenas de proveedores. Pero también exhibe el punto crítico: el pico de empleo suele concentrarse en construcción y luego cae en operación, con un empleo estable menor, más técnico y más especializado.
La discusión, además, no es solo argentina. El interrogante sobre cómo se crearán empleos en un contexto de cambio tecnológico y automatización atraviesa a las economías del mundo. En ese sentido, el planteo de Milei busca instalar una respuesta estratégica: energía y minerales como ventaja competitiva, y tecnología como nueva frontera. El desafío es que ese puente entre promesa y realidad laboral requiere tiempos, inversiones sostenidas, infraestructura, formación de trabajadores y —sobre todo— una transición menos dolorosa para quienes vienen de las “viejas industrias” y hoy miran el futuro con incertidumbre.
En la calle, la pregunta no tiene épica: es simple y urgente. ¿Cuándo aparece el empleo y para quién? El Gobierno apuesta a que la Argentina energética y minera sea la fábrica de oportunidades de la próxima década. Los datos, por ahora, marcan que el crecimiento reciente convive con caída del empleo formal y que los sectores que traccionan actividad no necesariamente absorben mano de obra en la magnitud necesaria. Entre esa promesa y esa realidad se jugará buena parte del clima social y político de los próximos meses.





