Buenos Aires-2 de Marzo de 2026-Total News Agency-TNA-. En el tercer día desde que Estados Unidos e Israel lanzaron una ofensiva coordinada sobre Irán, el régimen iraní respondió este lunes con una nueva ola de misiles y drones que amplió el mapa de la guerra hacia gran parte del Golfo y disparó las alarmas por una escalada regional “peligrosa”. La ofensiva alcanzó objetivos y territorios en Baréin, Irak (incluida la región del Kurdistán), Jordania, Kuwait, Omán, Qatar, el Reino de Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos, en ataques que, según gobiernos locales y fuentes internacionales, también golpearon infraestructura civil y energética, hasta ahora relativamente a salvo en monarquías que durante años fueron consideradas un remanso de estabilidad dentro de un Oriente Medio turbulento.
La secuencia de impactos —con explosiones reportadas por segundo día consecutivo en ciudades como Dubái, Manama y Doha— profundizó el temor a un conflicto más amplio, con riesgo de arrastre para aliados, bases militares y corredores estratégicos. El efecto dominó ya se refleja en el aire y en el mar: cientos de vuelos fueron cancelados o desviados, y el estrecho de Ormuz, paso crítico para el comercio energético global, quedó prácticamente paralizado por la tensión, las amenazas cruzadas y el incremento del riesgo para la navegación.

De acuerdo con reportes convergentes, Irán volvió a concentrar parte de su respuesta en bases militares estadounidenses y en territorio israelí, pero amplió el espectro de blancos hacia instalaciones y servicios en países del Golfo. En particular, los nuevos ataques incluyeron el impacto sobre activos energéticos sensibles: una refinería de gran escala en Arabia Saudita debió interrumpir operaciones de manera preventiva tras un ataque con drones, y una planta vinculada al gas en Qatar quedó afectada al punto de obligar a suspender producción de gas natural licuado (GNL), un golpe que repercute de inmediato en los mercados por el peso de ese suministro en el abastecimiento mundial.

El conflicto, además, se acercó peligrosamente a un punto neurálgico: la continuidad del tránsito por Ormuz, por donde circula una proporción decisiva del petróleo que consume el planeta. En las últimas horas, el mercado empezó a “poner precio” a ese riesgo: el petróleo trepó con fuerza hasta ubicarse por encima de la zona de los 80 dólares el barril en algunas referencias, y el gas europeo se encareció bruscamente ante la posibilidad de interrupciones en los flujos y exportaciones desde el Golfo. En paralelo, el reacomodamiento defensivo de inversores y compañías se trasladó a las bolsas, a la logística y a la planificación de rutas.

En el plano político, el salto de intensidad fue acompañado por una reacción coordinada. Estados Unidos y seis países de la región difundieron un comunicado conjunto en el que calificaron la ofensiva iraní como una “peligrosa escalada” que viola la soberanía de múltiples Estados y amenaza la estabilidad regional. El texto —emitido de manera conjunta por Kuwait, Arabia Saudita, Baréin, Qatar, Jordania, los Emiratos Árabes Unidos y Estados Unidos— advirtió sobre el riesgo de ataques a civiles y a “Estados no combatientes”, y reafirmó el derecho a la “legítima defensa” frente a la continuidad de agresiones sobre territorio e infraestructura.
La dimensión humana también empezó a tener cifras verificadas más allá de Irán e Israel. Las autoridades reportaron víctimas mortales en los Emiratos Árabes Unidos tras los ataques, mientras continuaban los esfuerzos por evaluar daños en instalaciones, aeropuertos y zonas residenciales. En varios puntos del Golfo, la población siguió con inquietud los impactos y el ruido de explosiones, en un escenario que hasta días atrás parecía improbable para capitales acostumbradas a operar como centros financieros, logísticos y turísticos de alcance global.
En simultáneo, el conflicto arrastró de nuevo al tablero libanés. Tras la muerte del líder supremo iraní, el ayatolá Ali Khamenei, en la ofensiva del fin de semana, Hezbollah reivindicó ataques con cohetes y drones contra Israel, lo que llevó a una respuesta militar israelí a gran escala sobre objetivos del grupo en distintos puntos de El Líbano, incluyendo la zona de Beirut. La escalada colocó al país mediterráneo en una posición delicada: el gobierno libanés anunció medidas para prohibir acciones militares no autorizadas por el Estado, mientras crecen las tensiones internas y el temor a que el territorio vuelva a convertirse en frente abierto de una guerra que ya desborda las fronteras de Irán.
En Israel, el gobierno reiteró que considera a Irán una amenaza existencial y que su objetivo es degradar capacidades estratégicas vinculadas a infraestructura militar y al entramado de alianzas armadas regionales. En Teherán, por su parte, los Guardianes de la Revolución anunciaron nuevas acciones y afirmaron haber apuntado a blancos de alto valor, incluidas referencias a instalaciones vinculadas al gobierno de Benjamin Netanyahu y a mandos militares, aunque las autoridades israelíes rechazaron algunos de esos anuncios y mantuvieron bajo reserva detalles operativos.
La crisis se desarrolla, además, con un telón de fondo nuclear que suma tensión. Los ataques del fin de semana ocurrieron poco después de conversaciones recientes entre Estados Unidos e Irán destinadas a reactivar controles sobre el programa nuclear iraní. Con el estallido del conflicto, aumentaron las advertencias por riesgos asociados a instalaciones sensibles y a la capacidad real de inspección internacional, en un contexto donde el acceso de los inspectores del OIEA aparece limitado y la desconfianza mutua se profundiza.
Mientras tanto, Donald Trump redobló su presión política sobre la dirigencia iraní con mensajes públicos que combinan ultimátums y llamados a que los iraníes “aprovechen el momento”, en una apuesta explícita a acelerar una transición interna. Sin embargo, por ahora no hay señales claras de un cambio inmediato en el control del poder, aun cuando el país enfrenta la necesidad inédita de definir una sucesión del liderazgo supremo, en medio de bombardeos, restricciones de conectividad y una fuerte crisis de seguridad.
La fotografía general del lunes deja una sensación difícil de disimular: la guerra ya no es un duelo de misiles entre dos enemigos declarados, sino una tormenta que empieza a caer sobre la arquitectura de seguridad de toda la región. Para los países del Golfo, el salto es especialmente inquietante: su prosperidad se apoya en la estabilidad, la energía, el transporte y el turismo. Y hoy, cada uno de esos pilares quedó expuesto al fuego cruzado.
En las próximas horas, el mundo mirará tres relojes al mismo tiempo: el de la escalada militar, el del impacto energético sobre precios y suministros, y el de la diplomacia —cada vez más presionada— para evitar que el conflicto termine de desbordarse y arrastre a más actores a una guerra de consecuencias imprevisibles.




