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Washington-4 de Marzo de 2026-Total News Agency-TNA-— En el quinto día de la ofensiva conjunta de Estados Unidos e Israel contra el régimen de Irán, la Casa Blanca aseguró este miércoles que espera alcanzar un control “completo y total” del espacio aéreo iraní “en las próximas horas”, una definición que, en términos militares, equivale a declarar que Teherán se quedaría sin paraguas defensivo efectivo para proteger su infraestructura estratégica y su aparato de mando. La portavoz Karoline Leavitt elevó el tono al respaldar públicamente el objetivo de “dominancia” aérea, mientras el secretario de Defensa, Pete Hegseth, anticipó una campaña sostenida “día y noche” para localizar y destruir misiles y la base industrial de defensa iraní.
La frase “dominio completo y total” no es retórica de ocasión. En el lenguaje operativo, sugiere que Estados Unidos y Israel consideran degradados los radares, centros de comando, baterías antiaéreas y nodos de comunicación del régimen, lo que abriría un corredor constante para bombarderos, drones y aviones de ataque sin enfrentar resistencia significativa. “Volaremos todo el día, toda la noche, día y noche, para localizar, fijar y destruir los misiles y la base industrial de defensa” de las fuerzas armadas iraníes, dijo Hegseth, dejando explícito que la campaña ya no se limita a golpear instalaciones puntuales, sino a desmontar la capacidad de reposición del régimen: fábricas, depósitos, talleres y redes logísticas que sostienen su poder de fuego.
En paralelo, el presidente Donald Trump ratificó que la ofensiva continuará “varias semanas” y advirtió sobre una “gran oleada” de ataques inminente, reforzando la idea de que el objetivo no es simplemente “castigar”, sino imponer un quiebre irreversible en el aparato militar que el régimen utilizó durante años para proyectar violencia dentro y fuera de sus fronteras. El problema no es una disputa táctica, sino un patrón persistente de un Estado que construyó su estrategia regional en torno a misiles, milicias proxy y amenazas sistemáticas, mientras sometía a su propia población a la represión interna.
La escalada ocurre en un clima de cierre total por parte de Teherán. Voceros iraníes descartaron cualquier negociación con Estados Unidos y afirmaron estar listos para un enfrentamiento prolongado. En términos políticos, es la confirmación de una doctrina que prioriza la supervivencia del régimen —y su narrativa de resistencia— por encima del bienestar de los civiles iraníes. Mientras las bombas caen y la infraestructura se deteriora, la conducción iraní insiste en sostener una guerra que, por definición, se pelea desde bunkers y aparatos de seguridad, no desde barrios residenciales.
En ese marco, las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) anunciaron “ataques a gran escala” contra objetivos del gobierno de Teherán, en una coordinación que, según la narrativa oficial, apunta a neutralizar simultáneamente capacidades balísticas, redes de mando y sistemas de defensa aérea. Israel sostiene que el régimen iraní no solo representa una amenaza por sus desarrollos estratégicos, sino por su capacidad de articular frentes regionales a través de aliados armados, con Hezbollah como emblema en Líbano. La lectura israelí —y estadounidense— es que, si no se rompe el centro de gravedad en Teherán, la región seguirá atrapada en ciclos de agresión y represalia.
El conflicto ya se está cobrando costos indirectos globales. Este miércoles, mercados asiáticos registraron fuertes caídas, con preocupación por el alza del precio del petróleo y el riesgo de interrupciones logísticas. En la práctica, cada declaración sobre “dominio total” del cielo iraní se traduce en primas de riesgo: seguros marítimos, precios de la energía, volatilidad financiera y tensiones sobre rutas comerciales. En un mundo interconectado, el régimen de Irán no solo incendia su vecindario: exporta incertidumbre.
Las declaraciones de Hegseth también buscaron despejar un fantasma geopolítico: minimizó la incidencia de Rusia y China como factores determinantes del conflicto y sostuvo que la guerra está enfocada en “destruir la amenaza nuclear” iraní. Sin embargo, aunque el Pentágono intente acotar el tablero, la realidad es que cada potencia mide daños y oportunidades. China, de hecho, anunció que enviará un emisario especial para promover una salida diplomática, un movimiento que puede leerse como intento de contener el impacto energético y comercial, pero también como una manera de preservar influencia sin exponerse militarmente.
En este “estado de situación”, la clave es la combinación de tres vectores que se retroalimentan: dominio aéreo, campaña prolongada y régimen atrincherado. Si Estados Unidos efectivamente logra —en horas o días— el control del espacio aéreo iraní, el régimen pierde la capacidad de proteger instalaciones y de operar con normalidad su aparato de defensa. Si, además, Trump extiende la operación por semanas y anuncia oleadas sucesivas, el daño deja de ser coyuntural para convertirse en estructural. Y si Irán insiste en rechazar cualquier negociación y apuesta a prolongar el choque, el riesgo de una expansión regional aumenta, con sus aliados y milicias intentando compensar debilidad interna a través de ataques indirectos.
Este conflicto también desnuda una verdad incómoda: la República Islámica no está pagando solo por un programa militar, sino por décadas de conducta agresiva, de la que Argentina también fue su objetivo. No es una víctima de la historia: es un actor que, desde la fuerza y la propaganda, construyó un sistema de intimidación regional y de represión doméstica, apostando a que el costo de frenarlo siempre sería demasiado alto para el resto del mundo. Hoy, Washington afirma que ese cálculo se terminó y que su objetivo es impedir que el régimen conserve herramientas para volver a amenazar.
La pregunta inmediata no es si habrá más ataques: el propio Trump lo anticipó. La pregunta es cuán rápido el régimen iraní perderá capacidad real de respuesta y cuánto daño intentará provocar antes de quedar sin aire. Si la “gran oleada” anunciada se materializa bajo un escenario de control aéreo casi total, Teherán enfrentará horas decisivas para su estructura militar. Y cuando un régimen acorralado siente que su margen se achica, suele elegir el camino más peligroso: escalar, mentir, manipular y buscar rehenes —humanos, diplomáticos o económicos— para cambiar el tablero.
Por ahora, la fotografía del día es contundente: Estados Unidos y Israel dicen estar a las puertas de dominar el cielo iraní; el régimen de Irán responde con desafío y cierre; el mundo mira el petróleo, los mercados y las rutas; y la región se mueve, cada vez más, bajo lógica de guerra total.



