Por Nicolás J Portino González
Especial para el observador que todavía conserva el vicio de pensar.
Estamos hoy ante una nueva entrega del costumbrismo sangriento bonaerense. La escenografía, casi por mandato del destino, es La Matanza. Un territorio donde el nombre ya no es una referencia geográfica, sino una profecía cumplida.
La secuencia es de una crueldad de manual: una familia sale de su hogar, prepara su camioneta para el traslado de su hija que aguarda su tratamiento por discapacidad y entonces…la irrupción de la horda. Dos autos, cinco ejemplares de la delincuencia organizada y un despliegue de hierro que los cronistas de “la mañana” prefieren tratar como si fuera parte del mobiliario urbano.
Resulta fascinante observar la articulación del espanto en la pantalla. Se escandalizan, con una indignación de cartón pintado, porque el intendente —ese barón del conurbano que sobrevive a todo— no ha tenido la delicadeza de nombrar funcionarios en el área de seguridad tras el último recambio. Reclaman el organigrama, piden el sellito, el cargo, la subsecretaría de la nada misma. Como si un decreto firmado en un escritorio de San Justo fuera a detener el proyectil que ya duerme en la recámara de un arma ilegal.
Lo que el profesional de la seguridad —el civil que cumple con el rito burocrático de la ANMaC— nota con la precisión de un cirujano, es el silencio sepulcral de la “intelligentzia” mediática sobre el instrumento del pecado: el arma del delincuente.
Para el civil de ley, usted, querido lector que posee su CLU, es el sospechoso de siempre. Se sometió al análisis médico, también al psicológico (para demostrar que no es un loco suelto), a la idoneidad de tiro y al escrutinio del Estado. Si usted osa defenderse, el periodismo lo somete a una autopsia ética. Le cuentan las balas, le miden la distancia y le cuestionan hasta el aire que respira.
Para el caco, el arma es un accesorio invisible. Nadie pregunta de dónde salió esa 9mm con la numeración limada. El arma del chorro es tratada por el periodismo como un fenómeno meteorológico: “Llovió plomo”, dicen, con esa imbecilidad infinita, como si las balas cayeran del cielo por voluntad divina y no por el dedo índice de un energúmeno que jamás pisó un polígono legal.
¿A qué responde esta ceguera selectiva? No busque conspiraciones de alta alcurnia; la explicación es más pedestre. Es el oportunismo político de pegarle al cargo vacante para no discutir el fondo: el fracaso absoluto del control de armas en el mercado negro.
Es el pseudo-progresismo bobo que domina los estudios de televisión, y prefiere demonizar al ciudadano que tiene domicilio, paga impuestos y registró su arma, porque ese ciudadano es rastreable y, sobre todo, es educado. Al delincuente armado le tienen un miedo reverencial que disfrazan de “análisis sociológico”.
Es la dictadura de lo políticamente correcto aplicada a la balística: el arma legal es un peligro, el arma ilegal es una circunstancia social.
Usted, profesional que hizo los trámites, que rindió el examen y que conoce la responsabilidad del fierro, se siente un imbécil porque el sistema está diseñado para que el cumplidor sea el chivo expiatorio. El periodismo de panel opera bajo la premisa de la indignación de superficie. Les duele que no se nombren mil inútiles más en la secretaria de seguridad, pero les parece “natural” que cinco delincuentes porten armamento de guerra en una calle de tierra.
La Matanza sigue haciendo honor a su nombre mientras la política juega a las escondidas y el periodismo se pierde en el laberinto de su propia vacuidad.
Continuará… (Porque en la Argentina de la intemperie, el próximo asalto ya está guionado).





