Por: Nicolás J. Portino González
El debate que hoy agita las redes y los pasillos del “círculo rojo” —ese círculo que cada vez es más chico y está más rojo de vergüenza— gira en torno a la ubicuidad del funcionario. ¿Es el Jefe de Gabinete un servidor público las 24 horas o tiene derecho al repliegue de la intimidad? Adorni, habitante privilegiado de la botonera estatal, se encuentra bajo el microscopio por el uso de los recursos del Estado para el traslado de su prole.
Es la vieja dialéctica de la “tomada de hombro”. Esa pulsión del político vernáculo que, tras pedirnos la mano para la gesta heroica de salvarnos del abismo, termina apoyándose pesadamente sobre nuestro lomo para no caminar tanto hacia la escalerilla del jet oficial. El argumento es de una ternura que asusta: la seguridad, la integridad de la familia, el atributo del cargo. Atributos que, curiosamente, siempre se financian con el IVA de los fideos del tipo que viaja en el furgón del tren.
Para entender la furia sorda del ciudadano que hoy mira el recibo de sueldo con la misma resignación con la que se mira una sentencia, hay que descender a la morgue de nuestra economía con el bisturí de la precisión histórica.
Hagamos memoria. 9 de mayo de 1999. Un Torneo Clausura que hoy suena a civilización perdida, un tiempo donde la Argentina todavía se tuteaba con el mundo. Martín Palermo —el optimista del gol— inflaba la red de River y el relato de la época inmortalizaba una cifra: $776.420 pesos.
En aquel entonces, bajo el rigor del “1 a 1”, esa cifra eran exactamente 776.420 dólares.
- Aquel escenario: El sueldo promedio oscilaba entre los 1.600 y 1.900 dólares (digamos, 1.750 USD para los amigos de la estadística). Aquella recaudación de un solo partido equivalía a la suma de 443 salarios promedio.
- La base de la pirámide: El salario mínimo era de 200 dólares. Se necesitaban 3.882 trabajadores con el sueldo básico para juntar lo que el “Titán” generaba en 90 minutos de sudor.
Avancemos 27 años por el tobogán del pobrismo estatalmente inducido hasta llegar a hoy, 13 de marzo de 2026. El panorama es de una precariedad que la nominalidad intenta maquillar sin éxito:
- El Salario Mínimo Vital y Móvil fue fijado recientemente en 243 dólares. Es decir, en casi tres décadas, el piso de dignidad subió apenas 43 dólares. Un viático para un café en el aeropuerto de Barajas.
- El Sueldo Promedio se arrastra por los 1.172 dólares ($1.700.000 pesos devaluados al tipo de cambio de mercado).
Aquí es donde la ironía se vuelve ácida, casi corrosiva: la cifra nominal de aquella recaudación histórica del ’99 ($776.420) hoy representa apenas el 45,6% de un solo salario promedio.
Lo que en la Argentina de la Convertibilidad era la fortuna de un estadio entero, hoy no alcanza para pagarle el mes a un administrativo medianamente formado. Hemos pasado de la opulencia de la moneda fuerte a la miseria de los ceros infinitos. La degradación de la moneda ha sido el método más eficaz de la política para someternos a la pobreza cultural y mental.
En este contexto de naufragio, la clase dirigente juega al “Reino del revés”. El Presidente “gana menos” (solo puedo poner 1 par de comillas) que sus ministros, y los legisladores levantan la mano para indexarse el bienestar con la velocidad de un rayo cuando la cámara no los enfoca. Es la paradoja de la demagogia: fingen una austeridad monacal en el recibo de sueldo mientras se apropian de los “atributos” de la corona.
¿Está bien que el Presidente “gane poco”? Es una trampa para la tribuna. Porque el problema no es lo que cobran, sino la brecha de derechos. Mientras la política ha perfeccionado el arte de hacerse millonaria con las comodidades pagas —aviones, custodias, secretarías de la nada misma—, el resto de la población habita la intemperie.
Hablamos de profesionales formados, tipos con más títulos que los que figuran en el organigrama nacional, que siguen luchando por rígidos 14 días de vacaciones al cabo de cinco años de trabajo sin fisuras. Catorce días de permiso para respirar, mientras la dirigencia disfruta de un año sabático permanente financiado por el “esfuerzo de todos”.
La génesis del problema es que en Argentina la igualdad ante la ley es una pieza de literatura fantástica. Un género que la política domina con maestría. ¿Cómo le explicamos al tipo que gana el sueldo promedio de 1.172 dólares que es “estratégico” que la familia de un ministro vuele con recursos públicos? No hay explicación, hay resignación.
Alguna vez vamos a tener que ponernos serios. Pero serios de verdad. No con la seriedad de cartón pintado de los debates televisivos, sino con la seriedad de la ejemplaridad. Porque mientras Adorni y la “estudiantina” del poder deciden si el atributo del cargo incluye el catering para los parientes, el país sigue buscando, en el recuerdo de un gol de 1999, el rastro de una moneda y de una nación que se nos escapó por la claraboya de un jet oficial.
Continuará… (si es que la próxima devaluación nos deja tinta en el tintero).





