Buenos Aires-13 de Marzo de 2026-Total News Agency-TNA-. La decisión de la vicepresidente Victoria Villarruel de denunciar penalmente al exministro de Defensa Luis Petri y a los periodistas Eduardo Feinmann y Pablo Rossi profundizó de manera abrupta la fractura interna en el oficialismo y trasladó al terreno judicial una disputa política que ya venía creciendo desde hace semanas. La presentación, realizada en Comodoro Py, incluye acusaciones por calumnias, injurias, atentados contra el orden público y amenaza de rebelión, un repertorio de figuras penales que dejó en evidencia el nivel de confrontación alcanzado entre la titular del Senado y un sector cada vez más visible del entorno del presidente Javier Milei.
Lejos de replegarse, los denunciados respondieron con críticas, ironías y nuevas señales de ruptura. Petri sostuvo que está concentrado en trabajar para que el gobierno de Milei tenga éxito y cuestionó a quienes, según su mirada, buscan “presencia mediática” a través de denuncias que considera sin sustento. En esa misma línea, dejó entrever que Villarruel hace tiempo perdió la confianza presidencial, una frase que, más que una respuesta judicial, sonó a recordatorio político dentro de una administración donde las tensiones ya dejaron de disimularse.
La ofensiva judicial de la vicepresidente quedó dividida en dos expedientes. La denuncia contra Petri recayó en el juzgado federal correccional N° 2, a cargo de Sebastián Ramos, mientras que la presentación contra Feinmann y Rossi fue sorteada en el N° 1 de María Servini. Ahora deberá definirse si ambas causas seguirán carriles separados o si finalmente son unificadas. En su planteo, además, Villarruel invocó el artículo 213 bis del Código Penal, referido a lo que suele interpretarse como coerción ideológica, una figura grave que contempla penas de entre tres y ocho años de prisión para quienes integren agrupaciones destinadas a imponer ideas o combatir las ajenas mediante la fuerza o el temor.
La reacción de los periodistas denunciados no fue precisamente moderada. Eduardo Feinmann eligió la burla apenas se conoció la presentación y escribió en redes sociales que sumaba “una cucarda más en el pecho”. Pablo Rossi, por su parte, calificó la denuncia como “una torpeza mayúscula”. Más tarde, ambos llevaron ese tono al pase televisivo en A24, donde se burlaron abiertamente de la situación, jugaron con la posibilidad de terminar presos y volvieron a referirse a la vicepresidente con apodos y comentarios que, lejos de apaciguar el cuadro, confirmaron que la pelea ya cruzó todos los límites de la convivencia política tradicional.
El conflicto tiene un origen muy claro y se remonta a los días posteriores a la apertura de sesiones ordinarias del Congreso. Allí, Petri había lanzado durísimas críticas contra Villarruel por su actitud durante la asamblea legislativa y la acusó de haber sido funcional a la oposición, de no estar a la altura de las circunstancias y de apostar al fracaso del Gobierno. También sugirió que el mensaje del presidente sobre quienes se relamían con sentarse en el sillón de Rivadavia incluía una referencia directa a la vicepresidente. Más tarde, redobló la apuesta con una frase breve pero explosiva dirigida a ella: “Yo te conozco por golpista”.
La respuesta de Villarruel no tardó. Desde sus redes sociales, salió a golpear a Petri por su paso por el Ministerio de Defensa y lo acusó de dejar un vacío en IOSFA, la obra social de las Fuerzas Armadas, afectando a cientos de miles de militares y sus familias. Además, lo descalificó con una mezcla de ironía y dureza, al afirmar que lo conocía por sus “cosplays”, por los “trencitos de la alegría” con el presidente y por el vaciamiento de la obra social militar. Esa réplica mostró que la discusión ya no giraba sólo alrededor de gestos o frases, sino sobre heridas políticas más profundas y acumuladas.
En rigor, la tensión entre ambos dirigentes no nació ahora. Viene desde el armado inicial del gobierno libertario, cuando Milei le había prometido a Villarruel el control de los ministerios de Seguridad y Defensa, pero terminó entregándolos a sus aliados de Juntos por el Cambio, Patricia Bullrich y Luis Petri. Aquella decisión fue uno de los primeros indicios de una convivencia difícil entre el Presidente y su compañera de fórmula, una relación que con el paso del tiempo se volvió cada vez más áspera y que hoy aparece prácticamente quebrada.
El paso dado por Villarruel al acudir a la Justicia no sólo escala el conflicto personal con Petri, Feinmann y Rossi. También expone un problema político mayor para el oficialismo: la interna libertaria ya no se expresa sólo en off, gestos incómodos o reproches de pasillo, sino en denuncias penales, acusaciones de golpismo y escenas públicas de abierta hostilidad. En un gobierno que construyó su poder alrededor de la confrontación externa, el hecho de que parte de esa lógica haya estallado puertas adentro abre una etapa nueva, más áspera y potencialmente más costosa.





