Bruselas-16 de marzo de 2026-Total News Agency-TNA-. La Unión Europea empezó a delinear una respuesta propia frente al bloqueo del estrecho de Ormuz, con una fórmula inspirada en el corredor de exportación de granos que permitió a Ucrania sacar producción por el Mar Negro en plena guerra, pero sin asumir por ahora el envío de buques de guerra al Golfo como reclama Donald Trump. La idea central que hoy gana terreno en Bruselas apunta a buscar una apertura negociada, con respaldo de la ONU, para permitir el paso seguro de petroleros y cargueros sin convertir a Europa en parte activa de una guerra que la mayoría de los gobiernos del bloque considera ajena.
La propuesta fue explicitada por la jefa de la diplomacia europea, Kaja Kallas, quien planteó replicar el modelo del acuerdo cerealero del Mar Negro para aliviar la crisis energética y logística provocada por el cierre de Ormuz. Según explicó, ya conversó el tema con el secretario general de la ONU, António Guterres, con la idea de explorar un mecanismo internacional que permita reabrir la ruta sin necesidad de una escolta militar europea directa. El trasfondo es delicado: por Ormuz pasa una porción decisiva del comercio mundial de petróleo y gas, y el cierre ya está golpeando el suministro energético y también el flujo de fertilizantes, con riesgo de trasladar el impacto a los precios de los alimentos en los próximos meses.
Frente a esa urgencia, la primera alternativa sobre la mesa fue la militar, impulsada desde Washington. Trump exigió a sus aliados que colaboren para despejar y proteger el estrecho, con advertencias explícitas hacia la OTAN y con el argumento de que quienes dependen del petróleo del Golfo deberían asumir también el costo de garantizar la navegación. Pero la recepción en Europa fue fría. Los principales gobiernos dejaron en claro que no están dispuestos a embarcarse sin más en una operación militar cuyo objetivo político, duración y marco legal siguen sin definirse del todo.
Esa negativa fue particularmente clara en Alemania. El canciller Friedrich Merz afirmó que su país no participará en la guerra contra Irán y remarcó que no existe mandato de la ONU, de la UE ni de la OTAN que habilite una intervención militar alemana. También subrayó que Estados Unidos e Israel no consultaron previamente a Berlín antes del inicio de las operaciones. En la práctica, la posición alemana resume el estado de ánimo predominante en buena parte de Europa: preocupación por las consecuencias del cierre de Ormuz, sí; disposición a ir a la guerra en el Golfo, no.
Tampoco la opción de ampliar la misión naval europea Aspides reúne por ahora consenso suficiente. Esa operación fue creada en 2024 para proteger la navegación comercial en el Mar Rojo frente a ataques hutíes, y hoy dispone de medios limitados. Kallas deslizó que podría reforzarse o adaptarse, pero enseguida reconoció que no hay apetito político entre los 27 para extender formalmente su mandato a Ormuz. Además, cualquier cambio de ese tipo exigiría unanimidad, un requisito que complica cualquier decisión rápida en un momento donde cada capital mide con cuidado los costos de una eventual escalada.
Las resistencias son variadas, pero convergen en un mismo punto. España insiste en que la prioridad debe ser la desescalada y no sumar más tensión militar a la región. Italia también expresó dudas sobre utilizar Aspides para un escenario que excede claramente una misión antipiratería. Y mientras Francia explora fórmulas de contingentes voluntarios fuera del marco tradicional de la UE, el bloque como tal se mueve con mucha más cautela, consciente de que una cosa es proteger la libertad de navegación y otra muy distinta quedar asociado a una guerra lanzada por otros.
Por eso la llamada solución “a la ucraniana” empieza a ganar atractivo político en Bruselas. El antecedente del corredor cerealero negociado entre la ONU, Turquía, Ucrania y Rusia mostró que, aun en un teatro de guerra, puede construirse una salida limitada para sostener exportaciones críticas sin convertir a todos los actores externos en beligerantes. En el caso de Ormuz, la apuesta europea pasa por algo parecido: abrir una ventana diplomática que permita el tránsito comercial y reduzca el daño económico, evitando al mismo tiempo una negociación directa con la Guardia Revolucionaria iraní o una intervención naval que arrastre al bloque a un choque frontal con Teherán.
La discusión seguirá en las próximas horas entre los líderes europeos, pero el rumbo general ya parece bastante claro. Europa sabe que no puede desentenderse de Ormuz porque su seguridad energética está en juego, pero tampoco quiere asumir como propia una guerra que no decidió y cuyos fines todavía generan dudas. Entre mandar buques al Golfo o buscar una salida negociada bajo paraguas internacional, la mayoría de las capitales europeas se inclina por lo segundo. Es, en definitiva, una forma de proteger intereses vitales sin quedar atrapadas en una lógica de escalada que hoy, en Bruselas, pocos están dispuestos a comprar.



