La Habana-17 de Marzo de 2026-Total News Agency-TNA- El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, volvió a subir el tono sobre Cuba y dejó una frase de fuerte impacto político al afirmar ante periodistas en la Casa Blanca que cree que tendrá “el honor de tomar Cuba” y que puede hacer con la isla “lo que quiera”. El mandatario describió a Cuba como una nación “muy debilitada”, “fallida”, sin dinero ni petróleo, en momentos en que el país atraviesa una de sus peores crisis energéticas de los últimos tiempos.
Las declaraciones no aparecieron en el vacío. Se produjeron cuando Cuba acaba de sufrir un nuevo colapso de su red eléctrica nacional, que dejó a millones de personas sin servicio y volvió a exponer el deterioro extremo de su infraestructura energética. Distintos reportes coinciden en que la isla arrastra una combinación explosiva de falta de combustible, red obsoleta, escasez de divisas y una presión externa cada vez más severa por parte de Washington, que endureció el cerco petrolero y complicó aún más la llegada de crudo desde sus proveedores tradicionales.
En ese marco, la frase de Trump no fue leída como una simple provocación verbal, sino como una señal de que la administración republicana busca aprovechar el momento de máxima fragilidad del régimen cubano. Según reportes citados por medios internacionales, negociadores estadounidenses habrían trasladado a interlocutores de La Habana que ningún entendimiento serio será posible mientras Miguel Díaz-Canel continúe al frente del poder. La exigencia, siempre según esas versiones basadas en funcionarios bajo anonimato, apuntaría a forzar una salida del actual mandatario sin reclamar por ahora un desmantelamiento inmediato del sistema comunista ni una ofensiva directa contra toda la estructura histórica de poder vinculada al castrismo.
Ese punto resulta central para entender la estrategia en marcha. Estados Unidos parecería buscar, al menos en esta etapa, una modificación en la cúpula antes que una transformación total e instantánea del sistema. Es decir, presionar sobre la cabeza visible del régimen para abrir una transición controlada o, al menos, una negociación desde una posición de fuerza. No se trataría todavía de exigir el derrumbe formal de todo el andamiaje político cubano, sino de obligar a una reconfiguración del mando en medio de una situación económica y social que asfixia a la isla.
Para La Habana, la combinación es especialmente delicada. Por un lado, necesita aliviar la emergencia energética y económica; por otro, procura evitar que cualquier apertura sea interpretada como una capitulación política. En los últimos días, además, trascendió que el régimen evalúa flexibilizaciones para permitir mayor participación económica de cubanos en el exterior, una señal de la gravedad del momento y de la necesidad urgente de conseguir oxígeno financiero. Pero ese movimiento, lejos de calmar a Washington, parece haber coincidido con una línea aún más dura de la Casa Blanca, convencida de que el oficialismo cubano atraviesa una debilidad inédita.
Las palabras de Trump también introducen un elemento de fuerte incertidumbre regional, porque rompen con décadas de cautela retórica de los presidentes estadounidenses a la hora de referirse a una eventual intervención directa en Cuba. Aunque no explicó con precisión qué quiso decir con “tomar” la isla, la sola formulación reaviva fantasmas históricos y confirma que la crisis cubana dejó de ser solo un drama interno para convertirse otra vez en una pieza de primer orden dentro del tablero hemisférico. Con apagones masivos, desabastecimiento, malestar social y presión diplomática sobre Díaz-Canel, el régimen enfrenta hoy no solo una emergencia material, sino también una ofensiva política externa cada vez menos disimulada.



