Buenos Aires, 19 de marzo de 2026-Total News Agency-TNA- La nueva escalada militar entre Estados Unidos, Israel e Irán volvió a sacudir este jueves a los mercados globales y encendió otra vez todas las alarmas sobre la energía, la inflación y el comercio mundial. Tras nuevos ataques iraníes contra instalaciones energéticas en el Golfo, entre ellas refinerías en Kuwait, las principales bolsas internacionales cerraron o cotizaron en fuerte baja, mientras el crudo Brent llegó a moverse por encima de los US$ 119 durante la jornada y luego se estabilizó en la zona de los US$ 114-115 por barril, un nivel que vuelve a colocar a la economía mundial frente al riesgo de un shock de costos de enorme magnitud.
El golpe financiero fue inmediato. En Asia, el índice Nikkei de la Bolsa de Tokio cerró con una caída cercana al 3,5%, reflejando el temor de los inversores a que la guerra en Medio Oriente se prolongue y afecte el abastecimiento energético global. En Europa, el castigo también fue severo: el DAX de Frankfurt operó con pérdidas superiores al 2%, mientras el panel regional STOXX 600 profundizaba el repliegue por la salida de capitales desde activos de riesgo hacia posiciones más defensivas.
La reacción del petróleo fue todavía más contundente. El Brent, referencia clave para Argentina y buena parte del comercio energético internacional, pegó un salto de más del 6% en la rueda, tocó un máximo intradiario de US$ 119,13 y luego retrocedió levemente hasta ubicarse cerca de US$ 114,77. El WTI estadounidense, por su parte, llegó a rozar los US$ 100 antes de ceder hacia la zona de US$ 96,59. La lectura del mercado es clara: cada ataque sobre infraestructura energética en el Golfo incrementa el temor a interrupciones de suministro, encarece el transporte y vuelve a poner bajo estrés a industrias enteras.
En el centro de esta nueva ola de tensión quedaron las instalaciones energéticas del Golfo. Reportes internacionales coinciden en que la ofensiva iraní alcanzó activos en Kuwait, además de otros objetivos estratégicos en la región, en represalia por acciones previas de Israel sobre instalaciones gasíferas iraníes. Una de las refinerías kuwaitíes afectadas fue la de Mina Abdullah, donde se registró un incendio en una unidad operativa que luego fue controlado por equipos de emergencia. Aunque las autoridades locales informaron que la situación quedó contenida, el mensaje al mercado fue inmediato: la guerra ya no se limita al intercambio de amenazas, sino que está golpeando nodos concretos de la infraestructura energética regional.
Ese punto es especialmente delicado porque el Golfo no sólo concentra producción de crudo, sino también gas natural licuado, refinación y rutas marítimas críticas. La posibilidad de que se amplíen los daños o se multipliquen las interrupciones en la zona del estrecho de Ormuz es lo que explica la magnitud de la reacción financiera. En la práctica, el mercado teme que una prolongación del conflicto dispare costos energéticos, complique cadenas logísticas y obligue a los bancos centrales a sostener tasas altas durante más tiempo.
De hecho, la guerra ya alteró las expectativas monetarias. En Estados Unidos, la Reserva Federal dejó sin cambios las tasas, pero advirtió sobre riesgos persistentes de inflación. En Europa, la suba del petróleo y del gas volvió a complicar el escenario para el Banco Central Europeo, mientras operadores que hasta hace poco apostaban a recortes ahora empiezan a recalcular en dirección contraria. La preocupación de fondo es conocida: si la energía vuelve a empujar los precios al alza, el alivio inflacionario que empezaba a insinuarse podría frenarse o directamente revertirse.
Para Argentina, el fenómeno tiene una doble lectura. Por un lado, el encarecimiento del crudo y de la energía global puede meter presión sobre combustibles, costos logísticos e inflación importada. Por otro, el salto del Brent también revaloriza, al menos en términos teóricos, activos y proyectos vinculados a Vaca Muerta. Sin embargo, en un contexto de guerra abierta, el beneficio potencial queda rápidamente opacado por la volatilidad financiera internacional y el deterioro general del clima de negocios.
Lo que muestran los mercados este jueves es que ya no reaccionan sólo a los partes militares, sino a la posibilidad concreta de una guerra larga con consecuencias sobre producción, transporte, inflación y crecimiento. Y cuando ese combo aparece, el reflejo global suele ser siempre el mismo: caen las bolsas, sube el petróleo y el temor vuelve a imponerse sobre cualquier cálculo optimista.





