Buenos Aires, 19 de marzo de 2026-Total News Agency-TNA- Europa volvió a entrar en zona de inquietud económica por el nuevo shock energético derivado de la guerra en Medio Oriente. El golpe sobre el mercado del gas, tras los ataques iraníes contra instalaciones clave en Qatar y el agravamiento del riesgo sobre el suministro regional, ya empezó a trasladarse a las previsiones de inflación, a las decisiones de los bancos centrales y a las perspectivas de crecimiento de la eurozona. El precio del gas europeo de referencia en el mercado TTF se duplicó desde el inicio de la guerra, el 28 de febrero, y el 19 de marzo llegó a tocar los 74 euros por MWh, mientras el petróleo Brent también operó en niveles muy superiores a los previos al conflicto.
La clave del problema está en Ras Laffan, el gran nodo exportador de GNL de Qatar, cuya capacidad quedó afectada tras la ofensiva iraní. Según Reuters, el daño obliga a sacar de servicio alrededor del 17% de la capacidad exportadora qatarí durante un plazo estimado de entre tres y cinco años, una cifra que ayuda a entender por qué el mercado reaccionó con tanta violencia. Qatar es un actor central del comercio mundial de gas natural licuado, y cualquier alteración seria en su oferta repercute inmediatamente en Europa, aunque el continente no dependa de ese origen en forma exclusiva.
Ese encarecimiento energético ya empezó a modificar el tablero monetario. El Banco Central Europeo mantuvo este jueves sus tasas sin cambios en 2%, pero revisó con fuerza al alza su pronóstico de inflación para 2026, llevándolo a 2,6% desde el 1,9% previsto en diciembre. También corrigió el cálculo para 2027 a 2,0%, y rebajó su estimación de crecimiento de la eurozona para 2026 al 0,9%, frente al 1,2% anterior. La explicación oficial fue directa: la guerra y la suba de la energía obligan a recalcular tanto precios como actividad.
La situación no se limita al bloque del euro. El Banco de Inglaterra decidió dejar la tasa en 3,75%, pero advirtió que la inflación británica podría subir hasta 3,5% en los próximos trimestres si persiste el shock energético. En la misma línea, el Banco Nacional Suizo mantuvo su tasa en 0%, elevó su previsión de inflación para 2026 a 0,5% y dejó claro que está dispuesto a intervenir para contener una apreciación excesiva del franco, alimentada por su rol de activo refugio en tiempos de guerra. El patrón común es evidente: la energía vuelve a ser el factor que condiciona la política monetaria europea.
El problema para Europa es doble. Por un lado, los precios más altos de gas y petróleo pegan sobre hogares, empresas y transporte. Por otro, reducen el margen de maniobra de los bancos centrales, que ya no pueden pensar sólo en la debilidad del crecimiento, porque vuelven a enfrentar un brote inflacionario importado. En ese marco, el temor no es sólo una suba puntual de tarifas, sino una persistencia mayor del costo energético que termine filtrándose a salarios, alimentos, logística e industria, justo cuando varias economías del continente todavía no logran despegar con fuerza.
En el plano político, los líderes europeos llegaron a la cumbre de Bruselas pidiendo una salida a la guerra y una rápida desescalada. La jefa de la diplomacia de la Unión Europea, Kaja Kallas, advirtió que los ataques iraníes a infraestructuras energéticas en Qatar generan más caos y reclamó evitar una espiral mayor. El canciller alemán Friedrich Merz subrayó el efecto negativo que ya tienen los precios energéticos sobre la economía europea, mientras el presidente francés Emmanuel Macron pidió una moratoria sobre ataques a infraestructura y objetivos civiles. La señal es clara: para Europa, esta guerra ya dejó de ser un problema lejano.
Dentro de ese cuadro, España aparece mejor posicionada que buena parte de sus socios para absorber el golpe, sobre todo por el mayor peso de las energías renovables en su matriz eléctrica. Aunque el alza del gas internacional también la afecta, el impacto sobre la electricidad es relativamente más acotado porque una mayor proporción de su generación depende de eólica, hidráulica y otras fuentes no atadas directamente al gas. Ese diferencial no la vuelve inmune al shock, pero sí le da un escudo parcial frente a un escenario que castiga con más dureza a los sistemas más dependientes de combustibles fósiles importados. Esta conclusión surge como una inferencia razonable del distinto grado de exposición europea al gas y de la mayor vulnerabilidad de los países más atados al mercado internacional del GNL.
Lo que empieza a perfilarse, entonces, es un escenario conocido pero temido: más energía cara, más inflación y menos crecimiento. El continente ya había atravesado algo similar tras la invasión rusa a Ucrania; ahora, con el nuevo foco de inestabilidad en el Golfo, vuelve a enfrentarse al mismo dilema. La diferencia es que llega con menos margen político, con economías todavía débiles y con bancos centrales obligados a caminar por una cornisa cada vez más estrecha.



