Buenos Aires, 21 de marzo de 2026-Total News Agency-TNA- La guerra en Medio Oriente abrió un nuevo frente de presión sobre la economía mundial y dejó al petróleo, la inflación y las tasas de interés en el centro de todas las preocupaciones. En ese contexto, el presidente Donald Trump buscó instalar en las últimas horas un mensaje de control y de eventual alivio para los mercados energéticos, aunque el cuadro general sigue siendo de fuerte tensión. El Brent volvió a moverse por encima de los 110 dólares y el impacto del conflicto ya obligó a gobiernos, bancos centrales y operadores financieros a recalcular escenarios para el resto de 2026.
El punto central es que no aparece, en los registros públicos verificados hasta ahora, una frase textual de Trump afirmando de manera directa que “los bombardeos harán bajar el precio del petróleo”. Lo que sí surge con claridad es otra cosa: el mandatario se mostró sorprendido porque el petróleo y la nafta no hubieran reaccionado peor tras el inicio de la ofensiva, y al mismo tiempo su administración activó varias medidas para contener la suba energética, desde préstamos de crudo de la Reserva Estratégica hasta alivios temporales sobre cargamentos iraníes ya embarcados. Es decir, más que una promesa lineal de baja automática por los bombardeos, lo que se observa es un intento político de convencer al mercado de que Washington todavía puede evitar un desborde mayor de los precios.
En esa lógica también debe leerse otra decisión relevante de la Casa Blanca. Esta semana, Trump pidió a Israel que no profundizara ataques sobre infraestructura energética iraní luego del golpe sobre el gigantesco campo gasífero de South Pars, un episodio que sacudió todavía más los mercados. La señal fue concreta: seguir destruyendo instalaciones de gas y petróleo podía disparar un shock aún más severo sobre la oferta global. En paralelo, la administración estadounidense prestó más de 45 millones de barriles de la reserva de emergencia a petroleras y coordinó liberaciones adicionales con otros países, en una maniobra destinada justamente a enfriar la escalada del crudo.
Sin embargo, el mercado hoy parece más cerca del diagnóstico de prudencia que del optimismo. La guerra y el bloqueo efectivo del estrecho de Ormuz ya removieron del circuito una masa gigantesca de petróleo y gas, en una perturbación energética que varios analistas comparan, e incluso colocan por encima, de la crisis de 1973. El problema no es sólo el barril: también están bajo presión el GNL, los fertilizantes, el transporte marítimo y la logística global. Por eso, aun si el lunes hubiera una corrección técnica a la baja, como sugieren algunos economistas, el trasfondo seguiría siendo de oferta dañada, riesgo geopolítico extremo y volatilidad alta por un período más prolongado.
Ese shock ya empezó a filtrarse a la macroeconomía. El Banco Central Europeo elevó su proyección de inflación para 2026 al 2,6%, desde el 1,9% que estimaba en diciembre, y redujo sus previsiones de crecimiento, mientras en Europa y en otros mercados crece la idea de que la discusión ya no pasa por bajar tasas sino, eventualmente, por volver a endurecerlas si el encarecimiento energético se vuelve persistente. En el mismo sentido, los grandes bancos centrales adoptaron en los últimos días un tono más duro ante el riesgo de una inflación impulsada por la guerra.
En Estados Unidos la situación tampoco luce liviana. La nafta ya subió más de 30% desde el comienzo de la guerra y se encamina hacia los 4 dólares por galón, lo que explica por qué Trump quedó políticamente obligado a mostrar que está haciendo algo para contener el golpe sobre el bolsillo. Esa presión doméstica ayuda a entender sus mensajes contradictorios: por un lado endurece su postura militar frente a Irán y reclama apoyo a sus aliados; por otro, busca señales de descompresión energética para evitar que el conflicto le termine detonando inflación, consumo y humor social en la antesala de las legislativas.
Para la Argentina, el cuadro deja un efecto doble. Por el lado comercial, un petróleo alto y una mejora relativa en los términos de intercambio podrían aportar divisas y reforzar el superávit externo, especialmente si el país logra aprovechar su oferta energética. Pero por el lado financiero y macroeconómico el beneficio no es tan lineal: tasas globales más altas, inflación internacional persistente y mayor aversión al riesgo suelen pegar de lleno sobre economías emergentes que todavía necesitan bajar riesgo país y reconstruir acceso al crédito. El mundo puede premiar más a los exportadores de energía, pero también castigar con mayor dureza a quienes dependen del financiamiento externo. Esa tensión explica por qué un shock petrolero no se traduce automáticamente en una buena noticia.
En síntesis, las declaraciones y los movimientos de Trump muestran que la Casa Blanca está obsesionada con una idea: evitar que la guerra con Irán se convierta, además, en una crisis energética capaz de dañar la economía global y la política doméstica estadounidense. Pero el mercado, por ahora, sigue mirando más los misiles, el daño a la oferta y el cierre de Ormuz que los mensajes tranquilizadores. Por eso, aun cuando se vean correcciones puntuales en el precio del crudo, la tendencia de fondo sigue siendo la de una guerra que ya dejó un barril más caro, expectativas de inflación más altas y una discusión mundial sobre tasas que volvió a girar hacia arriba.





