Buenos Aires, 22 de marzo de 2026-Total News Agency-TNA- La crisis de Manuel Adorni dejó de ser un problema de pasillos, expedientes y operaciones cruzadas para transformarse en un desgaste político de superficie, de esos que el poder teme especialmente porque ya no se discuten sólo en la oposición o en los medios, sino también en la conversación cotidiana. En la Casa Rosada reconocen, aunque no siempre en voz alta, que el caso se volvió incómodo justamente porque atravesó el cerco oficialista y empezó a colarse en ámbitos donde la política suele aparecer de refilón. Ese dato explica buena parte de la inquietud que hoy rodea al jefe de Gabinete: no se trata sólo de las denuncias, sino del riesgo de que su figura termine encarnando, para una parte de la sociedad, aquello mismo que el mileísmo prometió venir a erradicar. Para colmo de males, en los mentideros vernaculos comenzó a circular una voz incómoda, José Luís “robo para la corona” Manzano, tendria ganas de volver a la política. ¿Junto a libertarios?
Por ahora, Javier Milei y Karina Milei eligieron sostenerlo. El Presidente lo defendió públicamente, habló de una “carnicería mediática” contra su Gobierno y evitó dar cualquier señal de desautorización. Pero en el oficialismo ya nadie se anima a decir con certeza que la situación esté cerrada. El blindaje político existe, aunque convive con otra realidad: el caso de Adorni acumula demasiados frentes al mismo tiempo y empieza a rayar el discurso moral del propio oficialismo. El viaje de su esposa Bettina Angeletti en el avión presidencial, el vuelo privado a Punta del Este, la investigación sobre quién financió esos traslados, la denuncia por la casa de Indio Cua y el escrutinio sobre la consultora +BE armaron una secuencia que le quita aire, lo pone a la defensiva y obliga al Gobierno a gastar energía en explicar lo que antes le alcanzaba con denunciar como casta ajena.
El problema más delicado para Adorni no es sólo judicial, sino simbólico. La Justicia Federal, con el juez Ariel Lijo, ya avanzó sobre facturas, movimientos bancarios, levantamiento del secreto fiscal y bancario de las firmas involucradas en el vuelo a Uruguay, además de registros del aeropuerto de San Fernando y pedidos de información a distintos organismos del Estado. En paralelo, la propiedad de Indio Cua inscripta a nombre de Angeletti abrió otro interrogante patrimonial sensible, porque el bien no surgía de manera pública en la declaración jurada del funcionario y volvió a colocar a la Oficina Anticorrupción en el centro de una discusión sobre transparencia que el Gobierno preferiría evitar. Nada de esto equivale todavía a una condena ni a una responsabilidad penal probada. Pero el solo cuadro acumulado ya tiene peso político propio.
A eso se suma un elemento que agrava la situación: la dificultad del propio Adorni para defenderse con la eficacia que antes mostraba como vocero. Su principal capital político era la capacidad de hablar, confrontar y ordenar el relato del Gobierno. Hoy aparece mucho más encerrado, con menos apariciones, menos reflejos y un margen de reacción más chico. En el poder, esa pérdida no es menor. Un funcionario que era útil para dar batalla pública empieza a volverse un problema si ya no puede responder con solvencia, si sus explicaciones no convencen o si cada entrevista deja nuevas dudas. En su caso, el deterioro se nota todavía más porque el oficialismo había hecho de la comunicación frontal una de sus principales herramientas.
Por eso, en los despachos oficiales comenzó a ponerse en marcha un operativo de supervivencia. La idea es sacarlo de la pura lógica defensiva, mostrarlo de nuevo en actividad, fotografiarlo con ministros y proyectar que sigue siendo parte del núcleo duro de gestión. Esa estrategia incluye un encuentro con Patricia Bullrich, en un gesto que busca apagar rumores de fractura y enfriar lecturas sobre competencia interna. Sin embargo, también es cierto que alrededor de la crisis de Adorni volvieron a agitarse tensiones más profundas dentro del oficialismo: el tironeo entre el esquema de Karina Milei y el universo de Santiago Caputo, las sospechas sobre filtraciones, la pelea por el control de áreas sensibles como la SIDE y la ARCA, y la sensación de que el Gobierno vuelve a reaccionar tarde frente a un costo autoinfligido.
Esa interna agranda el problema porque impide una respuesta ordenada. Mientras Karina Milei se recuesta en su mesa de confianza y busca mantener la disciplina, otros sectores del gabinete se mueven con cautela, temen quedar expuestos y prefieren el silencio antes que arriesgar una defensa cerrada de un funcionario hoy golpeado. En ese clima, ya circulan versiones sobre eventuales reemplazos o salidas, aunque ninguna aparece todavía cristalizada como decisión. Lo concreto es que el propio Gobierno modificó a comienzos de marzo el esquema de reemplazo interino en la Jefatura de Gabinete y dejó a Sandra Pettovello como primera en la línea de sucesión temporal, una señal administrativa que, aun si no implica un recambio inminente, muestra que en la cúspide del poder ya se piensa también en escenarios de contingencia.
La comparación con el antecedente de José Luis Espert, obligado a bajar su candidatura bonaerense en octubre de 2025 en medio de denuncias que terminaron haciéndose políticamente insostenibles, aparece cada vez más en las conversaciones reservadas del oficialismo. No son casos iguales, pero la lógica que asusta es la misma: el momento en que un dirigente pasa de ser defendible a convertirse en una carga demasiado pesada. Milei ya atravesó una situación así y terminó soltando la mano. En el entorno de Adorni insisten en que esta vez será distinto, porque existe entre él y los hermanos presidenciales una relación política y personal mucho más estrecha. Aun así, el antecedente quedó grabado y alimenta la pregunta que hoy nadie puede responder con seguridad: cuánto tiempo más puede sostenerse una defensa sin costos crecientes.
La sensibilidad oficial, además, se explica por un contexto económico y social menos cómodo que el del año pasado. El INDEC informó que el PBI creció 4,4% en 2025, pero también que la desocupación subió al 7,5% en el cuarto trimestre y que la inflación de enero y febrero se ubicó en 2,9% mensual en ambos casos. Son datos que no describen un derrumbe, pero sí un escenario más áspero, con un humor social menos paciente y menos margen para pedir indulgencia frente a errores propios. El Gobierno sigue celebrando la macro, pero la microeconomía se volvió más exigente y eso vuelve todavía más costosos los deslices que tocan el nervio ético del proyecto libertario.
En ese contexto, la situación de Adorni adquiere una dimensión mayor que la de un funcionario en apuros. Su crisis amenaza con dañar una de las bases narrativas más valiosas de Milei: la idea de que llegó para hacer exactamente lo contrario de la política tradicional. Cuando el jefe de Gabinete queda asociado a vuelos privados, explicaciones inconsistentes, bienes bajo sospecha y privilegios difíciles de justificar, la discusión deja de ser personal y se vuelve estructural. Ya no alcanza con decir que otros robaron más o que el kirchnerismo fue peor. La vara que el propio oficialismo impuso era otra. Y cuando esa vara se dobla, el daño no queda encerrado en el funcionario cuestionado: salpica a todo el proyecto.
Por ahora, Adorni sigue adentro. Tiene respaldo, contención y todavía una oportunidad de revertir la escena. Pero esa ventana no parece infinita. Si las causas avanzan, si aparecen nuevos datos comprometedores o si el escándalo sigue perforando la conversación pública, el Gobierno tendrá que decidir si lo sigue defendiendo a cualquier precio o si opta por sacrificarlo para preservar algo más importante: la credibilidad de su propio relato. En la política argentina, ese momento suele llegar más rápido de lo que el poder imagina.





