Bruselas/Washington, 22 de marzo de 2026-Total News Agency-TNA- La crisis del estrecho de Ormuz empezó a empujar a Occidente hacia una respuesta más coordinada. El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, confirmó que desde el jueves un grupo de 22 países, en su mayoría integrantes de la alianza atlántica, trabaja junto con Estados Unidos para evaluar medidas destinadas a garantizar que el paso marítimo vuelva a quedar libre para la navegación lo antes posible. La definición marca un cambio de clima: después de varios días de vacilaciones, reproches cruzados y reticencias europeas, comenzó a tomar forma una coalición más amplia para enfrentar el bloqueo parcial impuesto por Irán sobre una de las arterias energéticas más sensibles del planeta.
Según explicó Rutte, a ese núcleo de países de la OTAN se suman también Japón, Corea del Sur, Australia, Nueva Zelanda, Emiratos Árabes Unidos y Baréin. Lo que todavía no está definido es el cuándo, el cómo y el alcance exacto de esa eventual intervención. Por ahora, el secretario general evitó hablar de un operativo ya lanzado y se limitó a señalar que las capitales involucradas están trabajando sobre escenarios, tiempos y formas de acción posibles, mientras la campaña militar contra Irán sigue abierta y el riesgo de escalada regional permanece intacto.
El paso dado, aun con toda esa cautela, tiene importancia política por dos motivos. Primero, porque muestra que la presión de Donald Trump sobre sus aliados empezó a surtir efecto. En los últimos días el presidente estadounidense castigó con dureza a la OTAN, acusó a varios socios de cobardía y llegó a afirmar que, sin Estados Unidos, la alianza es un “tigre de papel”. Segundo, porque revela que el bloqueo iraní de Ormuz ya dejó de ser percibido como un problema exclusivo del Golfo o de la guerra entre Israel y Teherán: pasó a ser una amenaza directa para la seguridad energética global y, por lo tanto, para la estabilidad económica de buena parte del mundo.
La dimensión del problema explica la urgencia. Por el estrecho de Ormuz circula normalmente cerca de una quinta parte del petróleo y del gas natural licuado que consume el planeta. Desde que Irán comenzó a restringir el tránsito, centenares de buques quedaron inmovilizados o alteraron sus rutas, miles de marinos quedaron atrapados en la región y el mercado energético volvió a entrar en modo de crisis. El impacto ya se siente sobre los precios del crudo, del gas y del transporte marítimo, y amenaza con trasladarse otra vez a inflación, tasas de interés y costos productivos en Europa, Asia y América.
En ese marco, el movimiento anunciado por Rutte se apoya también en una secuencia diplomática previa. El G7 ya expresó su respaldo a la seguridad en Ormuz y a la protección del suministro energético global, mientras la Unión Europea había pedido días atrás la reapertura del estrecho y respaldado, con fuerte cautela, la disposición de algunos Estados a contribuir a la libertad de navegación. Lo novedoso ahora es que esa suma de apoyos dispersos empieza a convertirse en una coordinación más concreta, con un número definido de países dispuestos a trabajar sobre una salida operativa.
De todos modos, el cuadro sigue cargado de incertidumbre. Una cosa es firmar declaraciones, condenar a Irán y respaldar la reapertura del paso; otra muy distinta es comprometer medios navales, asumir riesgos militares y participar de una misión en una zona donde el régimen iraní ya demostró capacidad para minar rutas, hostigar buques y golpear infraestructura crítica. Por eso, aunque el anuncio de Rutte representa un avance, todavía no equivale a una solución inmediata. La coalición existe en formación, pero su traducción efectiva sobre el agua todavía está por verse.
Lo que sí queda claro es que el margen para la pasividad se achica. Irán convirtió a Ormuz en una herramienta de presión geopolítica y energética, y esa decisión terminó obligando a una reacción internacional que hace una semana parecía lejana. Si la coalición logra pasar del diagnóstico a la acción, el régimen iraní habrá conseguido exactamente lo contrario de lo que buscaba: unir a un bloque amplio de países alrededor de la necesidad de quitarle el control del principal cuello de botella energético del mundo. Si, en cambio, la respuesta vuelve a demorarse, el mensaje que quedará en pie será otro: que Teherán todavía puede condicionar a Occidente con amenazas, misiles y chantaje marítimo.





