Por Nicolás J. Portino González
(Especial para el desánimo general)
Asistimos, con la resignación de los que ya no esperan nada, al último “éxito” administrativo de la orga estatal española. Un simulacro de humanismo que, en la realidad efectiva —la única que cuenta—, no es más que la capitulación moral de una dirigencia con la psiquis estragada.
Lo de Noelia (la niña de los 25 abriles, el envase roto por la desidia) no es una conquista del derecho. Es el acta de defunción de un Estado que, ante la incapacidad de ejercer la justicia, decide administrar la muerte con la pulcritud de un escribano.
Hablemos de los neurológicamente rotos. Esa runfla de burócratas del Partido Socialista, seres de moqueta y sueldo asegurado que habitan un paisaje mental devastado. Son los adalides de una ideología que, a nivel global, ya ha probado su eficacia para la destrucción de lo humano bajo el celofán del progreso.
Estos muchachos, de mentes corrompidas por el dogma y el PowerPoint, cometieron el pecado original: enviaron a la víctima, con una negligencia que roza lo criminal, al sitio donde la jauría la esperaba para el desastre. Y ante el horror de la “manada”, ante el estrépito de su propio fracaso, ¿cuál fue la respuesta de la inteligencia degradada del Estado? ¿La cacería de los chacales? ¿La reparación absoluta? No, amigos. La respuesta fue el protocolo, la firma y la aguja.
Es de una ironía lacerante, casi borgeana. El Estado socialista, incapaz de atrapar y condenar a los violadores que siguen respirando el aire de la impunidad, se muestra eficientísimo para facilitarle el adiós a la víctima. Es la “solución final” del progresismo de cartón: si no podemos arreglar el desastre que provocamos, borremos al testigo del desastre.
Legislar para que una existencia se apague a los 25 años, mientras los verdugos brindan en la oscuridad, no es política. Es un crimen de lesa humanidad perpetrado desde los despachos oficiales. Una decisión tomada por mentes destrozadas que han decidido que es más barato el veneno que la justicia.
Noelia pidió morir con su “vestido más bonito”. El Estado, en cambio, se vistió con sus peores galas: las de la cobardía institucional.
Debería haber una ley, pero de las de verdad. Una que siente en el banquillo de la historia —y de la justicia penal— a cada uno de estos funcionarios que, con el alma seca y el cerebro en cortocircuito, decidieron que la vida de una ciudadana era un trámite descartable para ocultar su propia inutilidad.
España hoy no es más libre. Es un paisaje un poco más vacío, gobernado por los restos de una ideología que ya no sabe qué hacer con la vida, y por eso, se especializa en la gestión del silencio definitivo.
Continuará (aunque no hayamos aprendido nada).





