Washington, 31 de marzo de 2026-Total News Agency-TNA-. La guerra con Irán abrió en las últimas horas otro frente de preocupación en Washington: la posibilidad de que el régimen empuje una estrategia descentralizada de ataques con drones baratos, armados con componentes de origen chino y replicables fuera del campo de batalla tradicional. El alerta fue potenciado por declaraciones de Cameron Chell, directivo de Draganfly, quien advirtió que Teherán podría estar montando una red de fabricación improvisada de drones FPV en ámbitos civiles y que, en su visión, esa lógica podría inspirar o alimentar acciones de células o simpatizantes fuera de Irán, incluso en territorio estadounidense. Se trata, por ahora, de una advertencia experta y no de una confirmación operativa pública de ataques inminentes dentro de Estados Unidos, pero el tema ya escaló al centro del debate de seguridad.
El punto de fondo es que el régimen iraní ya no aparece sólo como un actor con misiles balísticos, drones de largo alcance y redes de proxies regionales, sino también como una potencia de guerra asimétrica capaz de adaptarse rápido a esquemas de producción fragmentados, baratos y difíciles de neutralizar. Reuters reportó a comienzos de marzo que Irán tiene capacidad industrial para producir alrededor de 10.000 drones por mes, mientras que informes oficiales y sanciones estadounidenses ya venían señalando que firmas de China y Hong Kong participaron en redes de aprovisionamiento de componentes para el programa iraní de UAV. A eso se suma un informe de la U.S.-China Economic and Security Review Commission, que remarcó que sensores, convertidores de voltaje y semiconductores chinos fueron hallados en drones iraníes usados por sus proxies regionales y también en aparatos exportados al eje militar ruso.
La preocupación no nace de la nada. El propio FBI mantiene publicada una evaluación en la que sostiene que las amenazas del régimen iraní y de sus socios terroristas pueden alcanzar territorio estadounidense y abarcan terrorismo, inteligencia clandestina, ciberataques, intentos de secuestro y operaciones contra infraestructura crítica. En la misma línea, Reuters informó el 3 de marzo que una evaluación del Departamento de Seguridad Interior consideró “probable” la amenaza de ataques dirigidos por Irán o sus proxies contra blancos en Estados Unidos, aunque al mismo tiempo estimó poco probable un ataque físico de gran escala en el corto plazo. Traducido: las agencias norteamericanas no están diciendo que haya una ofensiva masiva en marcha, pero sí que ven un riesgo persistente de represalias selectivas y de operaciones encubiertas.
En ese marco, el temor a los drones FPV viene creciendo porque son baratos, precisos, difíciles de detectar y mucho más fáciles de ensamblar que un sistema militar tradicional. Chell sostuvo que Irán podría intentar copiar el modelo de manufactura descentralizada visto en la guerra de Ucrania, donde talleres improvisados y cadenas de montaje artesanales permitieron multiplicar aparatos de ataque de bajo costo. También afirmó que las fronteras porosas y el flujo de piezas duales provenientes de China vuelven muy complejo cortar la cadena de abastecimiento. Otra vez, se trata de un análisis privado, no de una conclusión oficial cerrada, pero encaja con la preocupación creciente de Washington por un tipo de amenaza que no necesita grandes bases ni infraestructura centralizada para seguir funcionando.
La inquietud ganó espesor por lo que ya está ocurriendo en la región. Reuters reportó ataques con drones contra la Embajada de Estados Unidos en Bagdad y contra una instalación diplomática cercana al aeropuerto internacional de la capital iraquí, en una secuencia atribuida a milicias alineadas con Teherán. En paralelo, distintas publicaciones difundieron videos que supuestamente muestran ataques FPV contra material militar estadounidense en Iraq, material cuya autenticidad no fue confirmada de manera independiente por grandes agencias, pero que sirvió para reforzar la percepción de que la amenaza ya dejó de ser teórica en el teatro regional. El dato central es que la red de milicias proiraníes sigue activa y explorando formatos de ataque cada vez más baratos, más móviles y más difíciles de interceptar.
A esto se agrega otro ángulo incómodo en la política doméstica norteamericana: la discusión sobre cuántos nacionales iraníes ingresaron por la frontera sur durante los años previos y cuántos podrían haber quedado dentro del país. Fox News, citando una fuente jerárquica de CBP, reportó en 2025 que 1.504 iraníes fueron arrestados en la frontera sur entre los años fiscales 2021 y 2024 y que 729 fueron liberados dentro de Estados Unidos mientras seguían sus procesos migratorios. Ese dato es utilizado en sectores conservadores para alimentar la hipótesis de posibles “células durmientes”, aunque hasta ahora no hubo una confirmación pública oficial de que esas personas integren redes operativas terroristas. Sí existe, en cambio, un consenso de seguridad más amplio: el riesgo de infiltración o de activación de operativos encubiertos es un escenario que las agencias norteamericanas no descartan.
La conclusión que empieza a imponerse en Washington es que el problema iraní ya no se mide solamente por la cantidad de misiles que conserva el régimen, sino por su capacidad para mutar hacia formas de agresión mucho más difusas. Si Teherán logra sostener una red de abastecimiento con piezas chinas, producción fragmentada y brazos operativos indirectos, el desafío para Estados Unidos puede dejar de ser sólo militar y pasar a ser también policial, fronterizo, tecnológico y doméstico. Ahí está el verdadero temor: no una gran ofensiva convencional sobre suelo norteamericano, sino una guerra de desgaste, barata, dispersa y terrorista, capaz de golpear donde las defensas son más débiles.





