Jerusalén, 31 de marzo de 2026-Total News Agency-TNA-. Las FDI redoblaron en las últimas horas su ofensiva sobre la estructura militar e industrial del régimen iraní y aseguraron haber completado una nueva ola de ataques contra el corazón productivo del aparato bélico de Teherán. Según informó el propio Ejército israelí y recogieron agencias internacionales, la operación alcanzó 20 sitios de fabricación de armamento y al menos un centro de investigación y desarrollo en Irán, dentro de una campaña que ya no apunta solamente a lanzaderas o depósitos, sino a la cadena completa que permite producir, reparar y reconstituir misiles, drones y otros sistemas de combate.
El dato no es menor porque marca un cambio de profundidad en la lógica de los bombardeos. Ya no se trata sólo de destruir lo que Irán tiene desplegado o listo para disparar, sino de pegarle a la fábrica misma de su poder de fuego. Informes operativos y reportes especializados coinciden en que entre los blancos alcanzados hubo instalaciones dedicadas a componentes clave para distintos sistemas de armas, plantas para motores de vehículos aéreos no tripulados, un centro de investigación para piezas de misiles antitanque y sistemas antiaéreos de corto alcance, y una planta utilizada para fundir y cargar con explosivos las cabezas de guerra de misiles balísticos. En otras palabras, el golpe fue dirigido al esqueleto industrial que sostiene la capacidad iraní de seguir combatiendo.
En paralelo, las FDI también pusieron bajo la mira infraestructura con valor militar en la propia capital iraní. En una de las oleadas recientes, más de 80 aviones israelíes atacaron objetivos en Teherán y en otras áreas del centro del país. Entre los sitios golpeados apareció la Universidad Imam Hossein, principal casa de formación militar de la Guardia Revolucionaria Islámica, que según Israel venía siendo usada no sólo para entrenamiento de oficiales sino también como activo de emergencia y punto de concentración del aparato militar del régimen. A eso se sumaron depósitos de la unidad misilística iraní, búnkeres, infraestructura subterránea para almacenar misiles balísticos y centros de mando desde donde operaban cuadros jerárquicos.
La ofensiva se inscribe en una campaña más amplia. El propio Ejército israelí informó que, en el último día, lanzó municiones sobre más de 400 blancos de infraestructura militar en el oeste y centro de Irán, incluyendo lanzadores balísticos y otros sitios de producción de armamento. Y desde Washington también empezaron a blanquear la magnitud del esfuerzo: según fuentes als que accedio TNA, el Pentágono considera dañadas o destruidas más de dos tercios de las instalaciones iraníes vinculadas con la producción de misiles, drones, infraestructura naval y astilleros, aunque la inteligencia estadounidense admite que una parte importante del arsenal todavía no puede cuantificarse con precisión porque está enterrada en túneles o búnkeres.
Ese punto es central para entender por qué Israel insiste en martillar una y otra vez sobre complejos fabriles y centros de desarrollo. Aunque el daño es severo, analistas y reconstrucciones satelitales sostienen que el programa misilístico iraní no quedó aniquilado. Investigaciones recientes señalan que al menos cuatro grandes centros de manufactura y 29 bases de lanzamiento fueron alcanzados en las últimas semanas, con una caída fuerte en la capacidad de producir misiles de corto y mediano alcance. Pero también advierten que el régimen conserva lanzadores móviles, infraestructura subterránea y una conocida capacidad de reconstrucción. Dicho de forma más cruda: el objetivo israelí no sería tanto firmar una destrucción total inmediata, sino impedir que Teherán recomponga rápido su músculo ofensivo.
En ese marco, el ataque de las últimas 24 horas tiene una lectura política y militar clara. Israel muestra que sigue teniendo iniciativa sobre la capital iraní, que puede penetrar la retaguardia industrial del régimen y que está dispuesto a seguir escalando sobre nodos sensibles de investigación, ensamblaje y producción. Para el régimen iraní, el golpe duele por dos lados: por el daño material y por la señal de vulnerabilidad que deja en el centro mismo de Teherán, donde quedaron expuestas tanto las instalaciones militares visibles como parte de la infraestructura que durante años buscó camuflarse detrás de estructuras académicas, logísticas o subterráneas.




