Por Soldado Argentino
Darwin-Puerto Argentino-Islas Malvinas-2 de abril de 2026-Total News Agency-TNA- Había una vez una Corona británica que creyó que podía mandar fragatas, banderas y príncipes a las islas argentinas del Atlántico Sur y seguir caminando por la historia como si nada, no fue un picnic. En ese reino de uniformes, protocolos y mármoles, uno de sus hijos predilectos, el entonces príncipe Andrés, fue a la guerra de Malvinas como piloto de helicóptero de la Royal Navy. Pero el tiempo, que suele cobrar sin apuro, empezó a devolverle a esa casa real una factura amarga. Aquel príncipe guerrero terminó convertido en el símbolo más incómodo de la decadencia de los Windsor: primero cayó por su relación con el delincuente sexual Jeffrey Epstein; después perdió afiliaciones militares y patronazgos en 2022; más tarde acordó extrajudicialmente la demanda civil promovida por Virginia Giuffre sin admisión de responsabilidad; y este año quedó además bajo investigación por presunta “misconduct in public office”, al punto de que el propio Carlos III dijo que la ley debía seguir su curso. En cualquier otro relato eso sería un giro de ficción. En la historia de la monarquía británica, suena más a castigo.
Pero la maldición, en este cuento, no se detuvo en Andrés. Antes ya había dejado una herida inmensa y nunca del todo cerrada: la muerte de Lady Di. A casi tres décadas del choque en París, el episodio sigue siendo una de las sombras más pesadas sobre la monarquía. La investigación británica concluyó que no hubo conspiración para asesinarla, mientras que la pesquisa y el veredicto del jurado hablaron de “unlawful killing” por la conducción gravemente negligente del chofer y la persecución de paparazzi. Aun así, la muerte de Diana demolió buena parte del aura moral de la familia real y dejó detrás un reguero de sospechas, dolor público y desconfianza que nunca desapareció del todo. En los cuentos clásicos, la princesa muere y el reino llora. En este, con la muerte de Lady Di, también empezó a resquebrajarse la legitimidad sentimental de la Corona.
Después vinieron otros golpes. Harry y Meghan se fueron de la vida activa de la familia real y ya no regresaron al engranaje oficial; Carlos III anunció en 2024 que padece cáncer y desde entonces gobierna entre tratamientos y apariciones medidas; y la casa de Windsor sigue exhibiendo fisuras internas, reproches y silencios que ningún ceremonial consigue tapar. Fuera del palacio, el reino tampoco respira en paz: el Brexit, presentado como una epopeya soberanista, sigue pesando sobre una economía apagada y alejandola de la UE; y ahora el Reino Unido atraviesa un duro enfrentamiento con su principal aliado, Estados Unidos, al punto de que Londres decidió echar mano a la “soft power” monárquica y enviar a Carlos a una visita de Estado para suavizar el vínculo con Donald Trump en medio de desacuerdos sobre Irán, defensa y comercio. Dicho de otro modo: la familia se rompió, el rey enfermó, el príncipe caído arrastra a la institución y el país que ocupó Malvinas debe apelar a su monarca para remendar una relación transatlántica que ya no parece tan sólida, mientras tando el fundamentalismo religioso islámico va carcomiendo las entrañas de aquel viejo imperio.
Y así termina —o mejor dicho, sigue— este cuento que no es de hadas. Porque en esta versión del relato no hay magia, sino historia. No hay castillos encantados, sino una potencia colonial que todavía retiene por la fuerza unas islas argentinas. No hay príncipes luminosos, sino un excombatiente de Malvinas corroido por escándalos sexuales permanentes. No hay final feliz para la Corona mientras la usurpación continúe. En esta narración, la maldición no nació de un hechizo sino de una ocupación. Y seguirá pesando sobre la familia real, sobre la política británica y sobre esa vieja pretensión imperial de mandar sobre tierras ajenas hasta que Gran Bretaña devuelva lo que no le pertenece. Mientras tanto, en la vigilia del sur, las almas de los gloriosos soldados argentinos seguirán custodiando las Malvinas, recordándole al ocupante que la historia tarda, pero no olvida.





