Madrid-5 de abril de 2026-Total News Agency-TNA- Ursula von der Leyen hizo en París una admisión que hasta hace poco parecía impensada en la cúpula de Bruselas: Europa cometió un “error estratégico” al alejarse de la energía nuclear. Lo dijo en la segunda Cumbre de Energía Nuclear, con Emmanuel Macron como anfitrión y con el director general del OIEA, Rafael Mariano Grossi, entre los protagonistas de una jornada que dejó un mensaje político de fondo: frente a la crisis energética, la guerra en Oriente Medio, la pérdida de competitividad industrial y la presión de China y Estados Unidos, la Unión Europea ya no puede darse el lujo de seguir tratando al átomo como una reliquia incómoda del pasado.
La presidenta de la Comisión Europea respaldó su autocrítica con un dato demoledor: en 1990, cerca de un tercio de la electricidad europea provenía de centrales nucleares; hoy, esa participación cayó a alrededor del 15%. Para Von der Leyen, ese derrumbe no fue una fatalidad tecnológica ni una consecuencia inevitable del mercado, sino el resultado de una decisión política equivocada. Sin necesidad de nombrarla demasiado, la referencia de fondo fue Alemania, que clausuró sus últimos reactores en 2023 y terminó convertida en el emblema de una estrategia que priorizó el repliegue nuclear mientras aumentaba la vulnerabilidad del continente frente a combustibles fósiles importados y a precios energéticos estructuralmente altos.
El cambio de enfoque no es sólo doctrinario: viene acompañado de dinero, regulación y una nueva hoja de ruta. El anuncio central de la cumbre fue una estrategia europea para reactores modulares pequeños (SMR), con el objetivo de tener esa tecnología operativa a comienzos de la década de 2030. Von der Leyen prometió una garantía de 200 millones de euros para movilizar inversión privada en tecnologías nucleares innovadoras, con recursos provenientes del mercado europeo de carbono. A eso se suman “sandboxes” regulatorios transfronterizos para probar esquemas más ágiles de aprobación, cooperación entre Estados miembros para armonizar reglas y permisos, y una política industrial destinada a convertir a Europa en un polo de la próxima generación nuclear. La señal es clara: Bruselas quiere dejar de discutir si la energía nuclear debe volver y pasar a discutir cómo hacerlo rápido y con escala.
La nueva narrativa europea parte de una conclusión incómoda, pero cada vez más extendida: sin energía abundante, confiable y relativamente barata, el continente corre el riesgo de quedar atrás en industrias que definirán la próxima década, desde la robótica hasta la inteligencia artificial. Von der Leyen planteó que Europa sólo dispone de dos grandes fuentes domésticas de electricidad baja en carbono: las renovables y la nuclear, y sostuvo que el sistema más eficiente combina la estabilidad del átomo con la variabilidad de la eólica y la solar, apoyado por almacenamiento, gestión flexible de la demanda y redes mejor integradas. En esa mirada, la energía nuclear dejó de ser una discusión meramente ambiental o cultural para convertirse en una cuestión de soberanía, competitividad y seguridad estratégica.
El giro no ocurre en el vacío. La propia Comisión ya había actualizado sus reglas de ayudas estatales para facilitar apoyo al sector, y la cumbre de París sirvió también para reforzar el discurso de un ecosistema nuclear europeo con ambición global. Von der Leyen destacó que el continente cuenta con unos 500.000 trabajadores calificados en el sector, más que Estados Unidos y China, y la UE ya propuso más de 5.000 millones de euros en su próximo presupuesto para investigación en fusión, incluido ITER. Mientras tanto, otros países europeos que durante años miraron con distancia al átomo —como Dinamarca, Países Bajos o incluso sectores de la política alemana— empiezan a revisar posiciones. Del otro lado, Austria, Luxemburgo e Irlanda mantienen objeciones fuertes y los grupos ecologistas advierten que los SMR todavía no son una solución madura ni barata. La discusión, por lo tanto, está lejos de cerrarse, pero el clima político cambió.
En definitiva, lo que dejó la cumbre es un reconocimiento de alto voltaje: Europa pagó caro una retirada energética que debilitó su autonomía y elevó su exposición a crisis externas. Ahora intenta corregir el rumbo. La apuesta de Von der Leyen no implica abandonar las renovables, sino admitir que la transición europea no puede sostenerse sólo con voluntarismo verde y dependencia fósil importada. Después de años de dogmas, el bloque empieza a aceptar que la energía nuclear vuelve a ocupar un lugar central en la discusión sobre poder, industria y futuro. Y si ese cambio llega tarde o no, será una de las preguntas que marcarán la próxima década europea.





