Washington-11 de Abril de 2026-Total News Agency-TNA-. Estados Unidos dio este sábado un paso militar y político de alto impacto al meter dos destructores en el estrecho de Ormuz e iniciar las condiciones para un operativo de desminado sobre el principal cuello de botella energético del planeta. La maniobra fue confirmada por el Mando Central de Estados Unidos (CENTCOM), que informó que los destructores USS Frank E. Peterson y USS Michael Murphy transitaron el paso y comenzaron tareas dentro de una misión más amplia orientada a dejar libre de minas marítimas el corredor que había quedado condicionado por artefactos colocados previamente por la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán. Brad Cooper, jefe del CENTCOM, aseguró que ya empezó el proceso para establecer una nueva vía segura que será comunicada a la industria marítima para favorecer el libre flujo del comercio.
La señal no es menor. Ormuz no es un punto periférico sino uno de los centros neurálgicos del sistema energético global. Según la Administración de Información Energética de Estados Unidos (EIA), por allí pasó en el primer semestre de 2025 un promedio de 20,9 millones de barriles diarios, equivalentes a cerca del 20% del consumo mundial de líquidos del petróleo, además de más del 20% del comercio global de gas natural licuado. La propia EIA advierte que las rutas alternativas sólo pueden reemplazar una fracción de ese flujo: los oleoductos de Arabia Saudita y de los Emiratos Árabes Unidos ofrecen en conjunto cerca de 4,7 millones de barriles diarios de capacidad de bypass, muy lejos de compensar un cierre o una restricción prolongada.
En ese marco, la movida norteamericana tiene una doble lectura. Por un lado, busca restablecer navegación en un corredor que la guerra dejó semibloqueado y que disparó el precio del crudo, de los combustibles y de los seguros marítimos. Por otro, constituye una demostración de fuerza en plena negociación de alto nivel entre Washington y Teherán en Islamabad, donde ambas delegaciones sostuvieron este sábado el primer contacto directo de semejante jerarquía en más de una década y el más importante desde la revolución iraní de 1979. Allí, según Reuters y AP, el estrecho de Ormuz es uno de los puntos de mayor fricción: Irán exige control sobre el paso, reparaciones de guerra y otras concesiones, mientras Estados Unidos reclama libre navegación y restricciones permanentes sobre la capacidad nuclear iraní.
La respuesta iraní fue la esperable. Mientras CENTCOM sostuvo que sus buques transitaron el estrecho y comenzaron a preparar el terreno para remover minas, medios estatales iraníes negaron que los barcos estadounidenses hayan cruzado efectivamente el paso. Esa contradicción no es un detalle menor: muestra que la pulseada ya no es sólo naval sino también narrativa. Teherán intenta conservar una imagen de control sobre el estrecho, porque esa capacidad de estrangulamiento comercial es hoy una de sus pocas cartas de presión real frente a Estados Unidos y frente a buena parte del mundo. Pero la maniobra estadounidense del sábado apunta precisamente a erosionar esa palanca y a dejar en claro que Washington no está dispuesto a aceptar que el régimen islamista convierta una ruta internacional en un mecanismo de extorsión geopolítica.
La escena, además, empezó a mostrar consecuencias concretas en el tráfico marítimo. Datos citados por Reuters señalaron que tres superpetroleros lograron salir del Golfo este sábado utilizando el llamado “Hormuz Passage trial anchorage”, una ruta que evita la isla iraní de Larak. Fue la primera salida de grandes buques desde el alto el fuego entre Estados Unidos e Irán, y una señal de que el mercado intenta volver a moverse aun en un contexto de altísima fragilidad. Dos de esos buques transportan crudo destinado a China, confirmando otro dato estructural: el golpe sobre Ormuz no castiga tanto a Estados Unidos como a Asia, que absorbe la mayor parte del petróleo y del gas que pasan por esa vía.
Aun así, sería prematuro hablar de normalización. Las conversaciones en Pakistán siguen atravesadas por una profunda desconfianza, por exigencias incompatibles y por la continuidad de la guerra de Israel contra Hezbolá en Líbano, un frente que Irán pretende meter dentro del paquete negociador. En otras palabras, el desminado no garantiza paz: apenas intenta evitar que el daño económico global siga escalando mientras se discute el fondo del conflicto. Lo que sí dejó claro la jornada del sábado es que Estados Unidos decidió pasar de la presión verbal a una acción concreta sobre el agua. Y que el régimen iraní, aun cuando niegue el tránsito o intente mostrarse dueño del tablero, empezó a chocar con una realidad más incómoda: la comunidad internacional no puede tolerar indefinidamente que un corredor vital para la economía mundial quede rehén de minas, amenazas y peajes de guerra.




