Barcelona, 17 de abril de 2026-Total News Agency-TNA- Axel Kicillof volvió a pararse en el centro de una escena internacional que, lejos de ser neutra o meramente institucional, exhibe una preferencia política cada vez más nítida. En su paso por España, el gobernador bonaerense no sólo se mostró con la vicepresidenta Yolanda Díaz y con empresarios, sino que además quedó integrado al dispositivo de la Movilización Progresista Global, la cumbre impulsada en Barcelona por Pedro Sánchez y Luiz Inácio Lula da Silva para reagrupar a dirigentes de izquierda y enfrentar el avance de la derecha en el mundo. Allí se reunió también con el presidente de Colombia, Gustavo Petro, en una postal que difícilmente pueda leerse como casual.
El propio gobierno bonaerense confirmó que la primera escala del viaje incluyó una bilateral con Yolanda Díaz y un encuentro con representantes de sectores energético, tecnológico, alimenticio, de entretenimiento y fondos de inversión. Pero el dato político más relevante no pasó por esas reuniones económicas, sino por el encuadre general de la gira: Kicillof desembarcó en una usina internacional de líderes progresistas, en una cita concebida explícitamente para articular posiciones frente a la “ultraderecha internacional”, la misma expresión que después apareció en el contenido de su encuentro con Petro.
Desde ese escenario, Kicillof endureció su discurso contra Javier Milei y sostuvo que en el exterior “se ve un desplome de la economía argentina”, con caída de la demanda y ausencia del Estado. También insistió en que casi nadie cree ya en la “propaganda de éxito y estabilidad” del Gobierno nacional, y presentó a su administración bonaerense como parte de una red alternativa de vínculos internacionales junto a mandatarios como Lula, Claudia Sheinbaum, Pedro Sánchez y ahora también Gustavo Petro. La secuencia, más que diplomática, parece de posicionamiento: Kicillof busca volumen externo, pero lo hace dentro de un circuito claramente identificado con la izquierda iberoamericana.
Ese detalle no es menor porque el anfitrión español tampoco atraviesa un momento cualquiera. Pedro Sánchez acaba de regresar de China, donde profundizó la relación con Xi Jinping, firmó 19 acuerdos y reclamó un papel más activo de Pekín en la gobernanza global, en una apuesta que lo distingue dentro de una Europa cada vez más cautelosa frente al avance chino. La visita reforzó la imagen de una España que intenta jugar a varias puntas, pero que al mismo tiempo es observada con recelo por parte de socios occidentales por el nivel de acercamiento a China en medio de un contexto geopolítico delicado.
A esa discusión estratégica se suma además el desgaste doméstico del sanchismo. El entorno político y familiar del jefe del gobierno español sigue bajo presión judicial, y este mismo viernes la defensa de Begoña Gómez volvió a cuestionar el cierre acelerado de la investigación en la causa por presuntos delitos de malversación, tráfico de influencias, corrupción en los negocios y apropiación indebida. Sánchez no está acusado formalmente, pero el cuadro general alimenta un clima de erosión política que ya viene golpeando a su administración y que en el resto de Europa es seguido con atención.
En paralelo, la escala junto a Petro tampoco resulta inocente. El presidente colombiano participa en la misma cumbre progresista en Barcelona y anunció desde allí que viajará la semana próxima a Caracas para reunirse con Delcy Rodríguez, en otra señal de una política exterior que sigue privilegiando entendimientos con gobiernos y espacios ideológicamente afines. Sobre Petro pesan además controversias de alto voltaje: Reuters informó en marzo que su conducta apareció mencionada en investigaciones criminales en Estados Unidos vinculadas a narcotráfico y narco-terrorismo, aunque no es el foco principal de esos expedientes, no se presentaron cargos en su contra y el mandatario negó de forma tajante haber recibido dinero ilícito o haberse reunido con narcotraficantes.
En ese mapa también aparece el costado más controvertido de Gustavo Petro. Sobre el mandatario colombiano pesan cuestionamientos cada vez más duros por su relación política y negociadora con estructuras armadas como el ELN, las disidencias de las FARC y el Clan del Golfo, organizaciones sostenidas en gran parte por el narcotráfico y otras economías criminales. Informes de seguridad y relevamientos de Human Rights Watch citados por Reuters advirtieron que, durante su presidencia, esos grupos expandieron presencia territorial y capacidad operativa al calor de la fallida política de “paz total”. A ese cuadro se sumó en marzo otro dato explosivo: fiscales federales de Manhattan y Brooklyn examinan la conducta de Petro en pesquisas por narcotráfico y narcoterrorismo, ante sospechas sobre presuntas reuniones con traficantes y eventuales aportes de campaña. Petro negó de manera tajante esas versiones y, hasta el momento, no enfrenta cargos en Estados Unidos.
A eso se añade otro frente sensible en Colombia. La Corte Constitucional le ordenó esta semana al gobierno de Petro devolver fondos recaudados durante una emergencia económica declarada inconstitucional, un golpe que agrava la fragilidad fiscal de su administración. Y en materia de seguridad, su política de “paz total” y los antecedentes de diálogo con organizaciones armadas como el ELN siguen siendo blanco de fuertes críticas internas y externas. Es decir: Kicillof no sólo se fotografió con un aliado ideológico, sino con un dirigente sometido a fuertes cuestionamientos políticos, judiciales y de seguridad.
Con ese telón de fondo, la gira del gobernador bonaerense empieza a mostrar algo más profundo que una agenda de promoción provincial. La elección de interlocutores, el tono del discurso y el marco político de sus reuniones sugieren que Kicillof está buscando apoyos y validación en un corredor internacional definido por afinidades ideológicas antes que por pragmatismo geoeconómico. España de Sánchez, hoy volcada a un mayor entendimiento con China e Irán y atravesada por causas sensibles en su frente interno, y la Colombia de Petro, bajo escrutinio por sus controversias fiscales, de seguridad y por las investigaciones en Estados Unidos, aparecen así como estaciones naturales de una construcción política que mira menos al centro y mucho más al eje progresista regional e ibérico.
Para la Casa Rosada, la lectura es obvia: mientras el gobierno nacional intenta reinsertar a la Argentina en un esquema de alineamientos más nítidos con Occidente, Kicillof ensaya una diplomacia paralela con socios que confrontan precisamente con ese rumbo. Y para el tablero político doméstico, el mensaje también queda servido: el gobernador bonaerense ya no se limita a criticar a Milei desde el llano. Está empezando a mostrar, con nombres y fotos, cuál sería su mapa de alianzas si alguna vez le tocara saltar del territorio bonaerense al plano nacional.




