Por Darío Rosatti
Washington anuncia un acuerdo petrolero con Putin que, aun en su versión más amplia, podría representar poco más de 3.500 millones de dólares: el equivalente a unos pocos días del gasto militar ruso. El volumen tampoco alcanza para modificar sustancialmente el mercado energético internacional y existen serias dudas sobre la capacidad de Rusia para cumplir las entregas. Estados Unidos es el mayor productor mundial de petróleo y tiene alternativas de abastecimiento mucho más próximas. Entonces, ¿por qué Trump recurre a Moscú? La respuesta podría encontrarse menos en los barriles disponibles que en las elecciones legislativas del 3 de noviembre.
Buenos Aires – 13 Octubre 2026 – Total News Agency – TNA. El presidente estadounidense Donald Trump acaba de anunciar con considerable entusiasmo un acuerdo con Vladimir Putin para incorporar diésel ruso al mercado internacional, presentándolo como una contribución decisiva para contener la escalada de los precios de los combustibles. Sin embargo, cuando se analizan los volúmenes comprometidos, la capacidad real de refinación de Rusia, la producción petrolera estadounidense y las necesidades del mercado mundial, aparece una contradicción difícil de explicar exclusivamente desde la economía: el negocio anunciado es demasiado pequeño para modificar sustancialmente los precios, mientras que Moscú atraviesa serias dificultades para producir y exportar el combustible prometido.
Un negocio de 3.500 millones que apenas alcanza para unos días de guerra
La primera cuestión es el dinero. Algunas estimaciones sobre la versión ampliada del acuerdo sitúan su valor potencial en algo más de 3.500 millones de dólares, cifra que podría acercarse a los 3.700 millones si se concretaran todas las operaciones previstas. No se trata de dinero ya cobrado por Rusia, sino de una valoración hipotética sujeta a entregas, precios y capacidad productiva.
Para cualquier empresa semejante cantidad sería extraordinaria. Para Rusia, que sostiene una guerra de enorme intensidad desde febrero de 2022, representa una cifra mucho menos impresionante.
El presupuesto militar ruso proyectado para 2027 asciende a aproximadamente 202.000 millones de dólares anuales, equivalentes a unos 555 millones diarios. A ese ritmo, 3.500 millones de dólares representarían poco más de seis días de gasto militar. Incluso considerando las diferencias entre el presupuesto de defensa y el costo estrictamente atribuible a la guerra en Ucrania, el orden de magnitud demuestra que el acuerdo no constituye una solución financiera significativa para Putin.
Desde luego, Moscú no despreciaría esos ingresos, especialmente cuando afronta problemas presupuestarios y una economía condicionada por las sanciones. Pero presentar el negocio como un salvavidas económico para el Kremlin resultaría desproporcionado.
El factor Ormuz: los barriles rusos no alcanzan para cubrir el vacío
La segunda cuestión es todavía más importante: ¿cuánto petróleo o diésel agrega realmente Rusia al mercado y qué posibilidades existen de que esa cantidad consiga reducir los precios internacionales?
Trump anunció una entrega inicial de 300.000 toneladas de diésel, otras 500.000 toneladas durante noviembre y aproximadamente un millón adicional en una etapa posterior. También mencionó la posibilidad de incorporar otros tres millones de toneladas, condicionadas a la capacidad de producción rusa.
Las primeras 300.000 toneladas equivalen aproximadamente a 2,25 millones de barriles. Las primeras tres entregas, consideradas conjuntamente, representarían alrededor de 13,5 millones de barriles, distribuidos a lo largo de varios meses.
Para comprender la verdadera importancia de esas cantidades basta compararlas con lo que circulaba por el estrecho de Ormuz antes de la guerra con Irán.
Por ese paso marítimo transitaban alrededor de 20 a 21 millones de barriles diarios de petróleo y derivados, aproximadamente una quinta parte del consumo mundial. No eran 20.000 millones, sino unos 20 millones de barriles cada día, cifra suficientemente extraordinaria como para dimensionar el problema.
El primer cargamento prometido por Rusia equivale aproximadamente a dos horas y media del volumen que normalmente atravesaba Ormuz. Incluso las tres primeras entregas anunciadas, juntas, representarían menos de un día de aquel flujo energético, y además llegarían escalonadamente.
Existe una diferencia entre comparar volúmenes totales de petróleo y comparar exclusivamente diésel, pero la magnitud permite comprender por qué el acuerdo ruso difícilmente pueda compensar las alteraciones energéticas provocadas por la crisis del Golfo Pérsico.
La propia información energética estadounidense muestra que durante el segundo trimestre de 2026 el tránsito por Ormuz había descendido hasta aproximadamente 4,9 millones de barriles diarios, frente a más de 21 millones durante el último trimestre de 2025. Esa contracción explica buena parte de las tensiones que afectan al mercado internacional.
Pretender que unos pocos millones de barriles de diésel ruso, distribuidos durante varias semanas, puedan resolver una alteración de semejante magnitud resulta difícil de sostener.
La paradoja rusa: promete exportar diésel mientras necesita importarlo
La tercera cuestión se encuentra en la propia Rusia.
Los ataques ucranianos contra refinerías, depósitos y terminales petroleras han ocasionado importantes daños a la capacidad de procesamiento rusa. Desde hace meses, Moscú enfrenta interrupciones de producción, aumentos internos de precios y problemas para mantener el abastecimiento de determinados combustibles.
Las autoridades rusas incluso debieron adoptar medidas para restringir exportaciones y asegurar el suministro doméstico. La situación llegó al punto de que Rusia necesitó importar combustibles refinados para atender faltantes específicos, una paradoja extraordinaria para uno de los mayores productores de petróleo del planeta.
Debe distinguirse entre gasolina y diésel, porque los problemas de abastecimiento no son idénticos. Rusia todavía conserva excedentes de determinados destilados y asegura que podrá recuperar sus exportaciones. Pero una cosa es disponer de crudo y otra muy diferente es contar con refinerías plenamente operativas, instalaciones de almacenamiento, transporte disponible y capacidad logística para cumplir compromisos extraordinarios.
Los ataques ucranianos han destruido o inutilizado componentes industriales cuya sustitución resulta compleja, especialmente por las restricciones occidentales a la venta de tecnología y equipamiento para refinerías.
Por eso, el anuncio de Trump descansa sobre una promesa de suministro que Putin podría tener dificultades materiales para cumplir.
Y aquí aparece otra contradicción: mientras Rusia trata de recuperar su capacidad de refinación, Washington presiona a Volodímir Zelenski para que Ucrania deje de bombardear precisamente esas instalaciones.
Trump llegó a exigir públicamente que los ataques contra las refinerías rusas se interrumpieran, argumentando que perjudican el abastecimiento internacional y elevan los costos de agricultores, ganaderos y transportistas estadounidenses.
En otras palabras, el país invadido recibe presiones para dejar de atacar instalaciones económicas estratégicas del invasor, mientras Estados Unidos flexibiliza sanciones para que Rusia pueda comercializar nuevamente una parte de su producción.
Estados Unidos produce más petróleo que Arabia Saudita y tiene a Canadá como proveedor
La cuarta cuestión es por qué Washington necesita recurrir a Rusia cuando dispone de otras alternativas energéticas.
Estados Unidos es el mayor productor de petróleo del mundo desde 2018. Durante 2025 alcanzó un récord de aproximadamente 13,6 millones de barriles diarios, frente a los 9,6 millones producidos por Arabia Saudita. Para 2026, las proyecciones oficiales sitúan la producción estadounidense alrededor de 13,7 millones diarios.
Es decir, Estados Unidos produce aproximadamente un 40% más de petróleo que Arabia Saudita, una realidad que contradice cualquier interpretación simplista según la cual Washington depende necesariamente del crudo ruso para resolver su abastecimiento.
Por supuesto, producir petróleo no equivale automáticamente a disponer de diésel refinado. Las características del crudo, la capacidad de las refinerías, los costos de transporte y la distribución regional constituyen variables esenciales. Pero precisamente por eso la administración estadounidense debería explicar por qué considera más conveniente negociar con Putin que reorganizar sus propios flujos de refinación y comercialización.
A ello se agrega Canadá, un proveedor tradicional, cercano y estratégicamente integrado con la industria energética estadounidense.
En 2025, Estados Unidos importó de Canadá aproximadamente 3,9 millones de barriles diarios de petróleo crudo y 583.000 barriles diarios de productos petroleros. Además, Canadá ha sido históricamente el principal proveedor externo estadounidense de destilados.
Frente a semejante integración energética, cabe preguntarse si Washington agotó las posibilidades de incrementar intercambios con su vecino, optimizar la utilización de refinerías, mejorar la distribución interna o recurrir a otros proveedores antes de facilitar una operación comercial con Rusia.
También debería examinarse el papel de las exportaciones estadounidenses de productos refinados. Un país puede producir enormes cantidades de petróleo y, simultáneamente, registrar precios internos elevados cuando existen problemas de refinación, infraestructura, distribución o diferencias entre mercados regionales.
Por eso, la solución no consiste necesariamente en extraer más crudo, sino en administrar mejor la capacidad industrial y comercial disponible.
¿El verdadero objetivo podría estar en las elecciones del 3 de noviembre?
La quinta cuestión, probablemente decisiva, es el tiempo.
Las elecciones legislativas estadounidenses se celebrarán el 3 de noviembre, dentro de apenas tres semanas. Trump necesita demostrar a sus votantes que está tomando medidas para reducir los precios de los combustibles, especialmente el diésel, cuyo encarecimiento repercute sobre los costos de transporte, producción agrícola y distribución de mercaderías.
El problema es que los plazos del acuerdo ruso no coinciden con las urgencias electorales.
Una parte de las entregas está prevista para noviembre, cuando los estadounidenses ya estarán votando o habrán concurrido a las urnas. Otros cargamentos llegarían posteriormente, siempre que Rusia pueda producirlos y transportarlos.
Incluso los suministros anunciados como inmediatos requieren operaciones comerciales, disponibilidad de buques, seguros, carga, navegación, descarga y distribución.
Resulta extremadamente difícil que semejante circuito consiga producir una reducción significativa y sostenida de los precios antes del 3 de noviembre.
El anuncio sí puede provocar movimientos especulativos de corto plazo. Los mercados reaccionan a expectativas y declaraciones, y una promesa de mayor oferta puede impulsar temporalmente una baja de las cotizaciones, aun cuando el combustible todavía no haya llegado a destino.
De hecho, los precios de determinados contratos de diésel retrocedieron inmediatamente después de las declaraciones de Trump. Pero una reacción financiera inicial no equivale a una solución estructural del abastecimiento energético.
Los análisis especializados estiman que la flexibilización de sanciones sobre el diésel ruso podría reducir los precios internacionales apenas entre uno y dos dólares por barril. La dimensión de ese efecto contrasta con el impacto mucho mayor que podrían generar otras medidas, como la liberación coordinada de reservas estratégicas o la recuperación de los flujos energéticos interrumpidos en Medio Oriente.
La crisis internacional del combustible tiene sus principales antecedentes recientes en la guerra con Irán, la alteración de las rutas del Golfo Pérsico y los daños sufridos por instalaciones energéticas y de refinación. Ninguno de esos problemas desaparecerá porque Rusia consiga exportar unas toneladas adicionales de diésel.
En consecuencia, surge una hipótesis política que merece considerarse seriamente: Trump podría estar utilizando el anuncio de un acuerdo con Putin para instalar la expectativa de una próxima baja de los combustibles, aun cuando los volúmenes y los plazos hagan improbable un resultado económico significativo antes de las elecciones.
No sería necesario que llegaran todos los cargamentos para que el Presidente intentara obtener algún beneficio comunicacional. Bastaría con presentar el entendimiento como una demostración de iniciativa, atribuir eventuales bajas transitorias a su intervención y trasladar la responsabilidad de los precios elevados a factores externos no vinculados con sus decisiones.
De hecho, Trump ya comenzó a responsabilizar a Zelenski por los ataques a las refinerías rusas y sostuvo que Ucrania debería tener otro presidente, desplazando el debate desde las consecuencias de la guerra con Irán hacia las decisiones militares de Kiev.
El costo geopolítico de una solución energética que difícilmente llegue a tiempo
La operación presenta una llamativa asimetría. Rusia recibe una flexibilización de las restricciones comerciales, Estados Unidos anuncia una solución energética de resultados inciertos y Ucrania enfrenta nuevas presiones para limitar ataques que han provocado daños importantes a la industria petrolera de Moscú.
En el Congreso estadounidense, incluso legisladores republicanos cuestionaron el acuerdo. Doce senadores de ambos partidos reclamaron explicaciones y advirtieron que la medida contradice la política de sanciones contra Rusia, además de ofrecer un beneficio económico al Kremlin sin obtener compromisos equivalentes en materia de paz.
El verdadero problema para Trump no parece ser conseguir exclusivamente unos millones de barriles de diésel, sino administrar una crisis energética que amenaza con trasladarse al terreno electoral.
La comparación de las cifras conduce a una conclusión incómoda para la Casa Blanca: los eventuales 3.500 millones de dólares no transformarían las finanzas militares rusas; los volúmenes anunciados no compensan la reducción del suministro que atravesaba Ormuz; la capacidad rusa de refinación se encuentra deteriorada; Estados Unidos posee una extraordinaria producción petrolera y alternativas comerciales cercanas; y los tiempos de entrega difícilmente permitan modificar sustancialmente los precios antes de las elecciones.
Entonces, ¿qué está comprando realmente Trump: diésel ruso o una expectativa electoral de combustible más barato?
La respuesta podría encontrarse en una estrategia de comunicación política antes que en una solución económica. Un acuerdo presentado como extraordinario, anunciado por el propio Presidente y acompañado por la promesa de suministros abundantes puede influir sobre expectativas y titulares aun cuando sus efectos materiales sean reducidos. Pero aqui volvemos a Canadá. ¿Porque no adquirir “sus votos” en el pais vecino?
Hay, finalmente, un componente geopolítico que vuelve todavía más significativa la decisión estadounidense. El mayor problema energético reciente no surgió exclusivamente de la guerra de Ucrania, sino también de una confrontación con Irán en la que Washington tiene responsabilidad directa y cuyas consecuencias sobre Ormuz continúan afectando el mercado mundial.
Trump necesita mostrar que controla una situación que también contribuyó a desencadenar. Y para hacerlo ha decidido recurrir a Putin, precisamente cuando Ucrania estaba consiguiendo deteriorar una de las principales fuentes de ingresos y capacidad industrial de Rusia.
Tal vez el Kremlin obtenga algunos miles de millones adicionales y Washington consiga una breve reacción favorable de los mercados. Pero el combustible no aparece mágicamente por una declaración presidencial, las refinerías dañadas no se reconstruyen mediante acuerdos diplomáticos y los buques no recorren miles de kilómetros en función del calendario electoral estadounidense.
La verdadera incógnita no es cuánto diésel venderá Putin, sino por qué Trump necesita anunciar una solución que difícilmente llegará a tiempo. La respuesta puede estar menos relacionada con la oferta mundial de energía que con la necesidad de llegar al 3 de noviembre mostrando una victoria económica, aunque los barriles prometidos todavía no hayan llegado y las condiciones que provocaron la crisis permanezcan prácticamente intactas.
Dos preguntas que quedan girando:
¿Sera que Trump necesita culpar a Ucrania para que la responsabilidad no recaiga en la guerra en Irán que el inicio?
¿Habra otros acuerdos secretos con Putin que lo obligan a cuestionar a Ucrania y favorecer a Putin?
Darío Rosatti
Total News Agency combate las fake news, siempre te brindaremos fuentes.
Fuentes consultadas: Administración de Información Energética de Estados Unidos (EIA); Departamento del Tesoro de Estados Unidos, OFAC, Licencia General 135; Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo (SIPRI); Reuters, 9 al 13 de octubre de 2026; Financial Times; Associated Press; The Washington Post; Barron’s; The Guardian; Canada Energy Regulator; declaraciones de Donald Trump, Volodímir Zelenski y autoridades energéticas rusas.
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