Por Tomás Juárez Beltrán
¿Cómo puede ser que sean tan pocos los jueces que se atreven a ponerle límites a la corrupción que, de manera casi explícita, ocurre en algunos organismos del Estado? ¿Cómo puede ser que quienes ingresaron a la Justicia, después de acreditar conocimientos, antecedentes e idoneidad para ejercer una función tan importante, terminen tolerando tanta impunidad a la vista de todos?
La corrupción en la Argentina se ha convertido, en demasiados casos, en un secreto a voces. Todos hablan, todos sospechan, muchos conocen, pero son muy pocos los que se animan a ponerle el cascabel al gato. Y mientras tanto, los expedientes duermen, las causas se eternizan, los responsables encuentran la manera de eludir sus obligaciones y la sociedad termina acostumbrándose a lo que jamás debería aceptar como normal.
¿Hasta cuándo?
Así, los argentinos estaremos condenados a seguir siendo un país mediocre, empobrecido por sus propias contradicciones, donde las cuentas nunca cierran, donde las mentiras terminan transformándose en verdades y donde la corrupción parece enseñorearse por encima de la gente de bien. Esa gente que trabaja, que se rompe el traste todos los días para ganar un peso, mantener a su familia, educar a sus hijos y procurarles un futuro mejor.
Y entonces me pregunto: ¿no habrá jueces que, cuando se miran al espejo, se pregunten qué pueden hacer para cambiar todo esto? ¿No habrá dentro de la propia Justicia hombres y mujeres con la dignidad, el coraje y la independencia suficientes como para promover una verdadera autolimpieza de sus instituciones?
Porque no se trata solamente de condenar a los corruptos. Se trata también de recuperar la confianza de una sociedad que ha dejado de creer en quienes tienen la obligación de protegerla. Se trata de terminar con los privilegios, las complicidades, los silencios interesados y esa inexplicable tolerancia hacia quienes utilizan el Estado para beneficiarse personalmente.
Por supuesto que existen jueces honestos, independientes y valientes. Sería una injusticia desconocerlo. Pero precisamente por ellos, por quienes honran su función, resulta indispensable que sean cada vez más los que se animen a levantar la voz y enfrentar a quienes desprestigian a la institución a la que pertenecen.
¿No es posible que desde la propia Justicia surja una reacción de dignidad? ¿No es posible que los magistrados honestos se rebelen, dentro de la ley, contra la impunidad, la indiferencia y la corrupción que tanto daño le hacen al país?
Señores jueces: pónganle huevo.
Piensen en sus hijos, en sus nietos, en las generaciones que vienen detrás de ustedes. Piensen en el país que les estamos dejando. No permitan que la cobardía, la comodidad o el temor a enfrentar a los poderosos terminen siendo más fuertes que el compromiso que asumieron cuando juraron cumplir y hacer cumplir la Constitución y las leyes.
No les estamos pidiendo que hagan política, ni que condenen sin pruebas, ni que desconozcan las garantías de nadie. Les estamos pidiendo algo mucho más sencillo y mucho más importante: que hagan justicia. Que la hagan a tiempo, con independencia, con honestidad y, sobre todo, con coraje.
Porque una sociedad puede soportar muchas dificultades, incluso las económicas. Pero difícilmente pueda construir un futuro cuando pierde la confianza en sus instituciones y termina convencida de que la honestidad es una ingenuidad y la corrupción, una manera de progresar.
Señores jueces, den lo mejor de ustedes. La Justicia no es un lugar para cobardes.
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