Buenos Aires-20 de febrero de 2026-Total News Agency-TNA- En una semana de reacomodamientos dentro del espacio progresista español, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, reapareció con un tono combativo en un foro organizado por Moncloa sobre desigualdad y buscó marcar la agenda con un mensaje dirigido tanto hacia afuera como hacia adentro: reforzar el perfil social del Ejecutivo y, al mismo tiempo, arrinconar a un mosaico de fuerzas de izquierda que vuelve a exhibir fisuras, recelos y debates identitarios. El movimiento llegó en la antesala de un acto previsto para el sábado por los partidos reunidos en Sumar, en momentos en que distintos referentes empezaron a perfilar posiciones y a exponer diferencias de método, liderazgo y prioridades.
La intervención presidencial se produjo en unas jornadas celebradas por la mañana en el CSIC y con la participación de economistas de proyección internacional. Hubo un mensaje grabado de Joseph Stiglitz; Branko Milanovic se presentó con un nuevo libro bajo el brazo; y Gabriel Zucman puso el acento en el instrumento impositivo como vía para combatir la desigualdad, incluyendo su conocida propuesta de un gravamen mínimo global sobre grandes patrimonios. En ese marco, el Gobierno buscó colocar el tema de la desigualdad como eje central de relato y acción, con la intención de que el debate deje de girar exclusivamente sobre indicadores macro y se concentre en el impacto cotidiano en hogares y trabajadores.
Antes de la aparición del presidente, el ministro de Economía, Carlos Cuerpo, insistió en la narrativa de desempeño macro del Ejecutivo: creación de empleo, recuperación de renta disponible por hogar y un nivel de desigualdad que describió como el más bajo en dos décadas, aunque reconoció que el objetivo sigue lejos por la acumulación de crisis recientes. La presentación preparó el terreno para la entrada de Sánchez, que eligió un registro más áspero y político: definió la desigualdad como “el mayor de los retos” y un “riesgo para la democracia”, reclamó un “rearme moral” y calificó las cifras como “indignantes”. En el centro de su discurso instaló una expresión que repitió tres veces —“la trituradora de salarios”— para describir un conjunto de presiones que, a su juicio, deterioran la vida de la mayoría pese a la mejora de ciertos agregados.
El presidente apuntó a lo que denominó “poderes privados” que, según su planteo, “hurtan el proyecto vital” de las familias. Enumeró ejemplos que conectan con el malestar social: primas de seguros que se encarecen, hipotecas que suben con más rapidez que la remuneración del ahorro bancario y gastos cotidianos que erosionan ingresos. A ese cuadro le dio un encuadre político al señalar a “oligarcas de la desigualdad” y sostener que deben pagar más impuestos y pagar mejor a sus trabajadores, una formulación destinada a recuperar banderas clásicas de la izquierda y a responder a una crítica que persigue al Ejecutivo: el supuesto triunfalismo macro sin traducción micro.
La puesta en escena no se explicó solo por la agenda social. El discurso también se leyó como un movimiento táctico en la disputa por liderazgo dentro del campo progresista. Mientras sectores aliados y competidores discuten con frecuencia sobre identidades, pureza ideológica y jerarquías internas, Sánchez buscó ocupar el centro del ring con un mensaje nítido, apelando a símbolos de redistribución y a un antagonista reconocible. En ese contraste, el presidente intenta presentarse como el actor más confiable para quienes priorizan políticas materiales sobre debates de facción, en un momento en que la izquierda alternativa vuelve a mostrar más choques que abrazos.
Ese telón de fondo se vio reforzado por la semana política en Madrid: el líder de ERC, Oriol Junqueras, viajó para dejar claro —incluso en tono humorístico— que la opción de convergencia impulsada por Gabriel Rufián no prosperaría en su espacio, mientras el propio Rufián compartió un diálogo con Emilio Delgado en la Sala Galileo Galilei, un acto con alta convocatoria que desató reproches cruzados en X entre fuerzas amigas y rivales. Con el evento de Sumar en el horizonte inmediato, el presidente eligió intervenir entre actos y pases de factura para reposicionar al Gobierno en la conversación y condicionar el marco del debate: desigualdad, salarios y poder económico como antagonista, antes que discusiones internas de método.
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