Buenos aires-24 de Febrero de 2026-Total News Agency-TNA — Marcelo Gallardo llegó al River Camp el lunes por la tarde con una determinación tomada y una frase que, por su peso simbólico, cuesta escribir sin que se erice la piel del hincha: el jueves dirigirá su último partido como entrenador de River Plate y luego presentará su renuncia. A las 16.10, en Ezeiza, el DT entró al predio con el gesto de quien ya recorrió, puertas adentro, el tramo más difícil del camino: aceptar que el ciclo —su segundo ciclo— se había quebrado y que, por primera vez desde su regreso, no encontraba una forma honesta de sostener el mando.
La decisión no fue impulsiva. Se incubó durante horas de análisis y silencio después de la derrota 1-0 ante Vélez Sarsfield, en el José Amalfitani, un golpe que profundizó una racha negativa y dejó señales preocupantes en el rendimiento. En el club describen que lo que más impactó no fue solo el resultado, sino la manera: un primer tiempo en el que River fue superado desde la actitud y la intensidad, algo que para Gallardo funciona como alarma mayor. También pesó el registro reciente: una seguidilla de partidos sin el estándar competitivo que él mismo instaló como norma durante su era dorada.
En la intimidad, con su entorno más cercano, el entrenador maduró la conclusión que luego guardó hasta el momento preciso. No lo anunció en caliente ni lo filtró con terceros. Eligió el cara a cara con el plantel y el club. Antes de la práctica, reunió al grupo y comunicó lo esencial: dirigiría el encuentro del jueves frente a Banfield y, después, daría un paso al costado. La escena, cuentan, fue de impacto inmediato, sin estridencias, con palabras medidas y un silencio espeso que suele aparecer cuando una noticia excede lo deportivo y toca el corazón identitario de una institución.
La dirigencia reaccionó rápido. Enzo Francescoli, en su rol de Director Deportivo, se acercó al predio para llevarle al técnico un mensaje de respaldo y contención. Hasta ese momento, la comunicación directa con el presidente Stefano Di Carlo no se había activado. Cuando Francescoli se enteró de la determinación, elevó la novedad a la conducción política y allí se encendieron las alarmas: Di Carlo se trasladó al River Camp esa misma tarde-noche y mantuvo una reunión extensa con el entrenador. El presidente, que fue uno de los principales impulsores del regreso de Gallardo y quien encabezó la renovación contractual sellada a fines de 2025, intentó convencerlo de continuar. No lo logró. El DT ya había cerrado su decisión por dentro: no se trataba de negociar condiciones, sino de asumir un límite.
Con el clima de expectativa creciendo minuto a minuto, Gallardo eligió hablarle directamente al hincha. Lo hizo con un video breve, de tono íntimo, en el que se le quebró más de una vez la voz. “Intentaré ser breve”, anticipó, como si supiera que las despedidas se vuelven más difíciles cuanto más se explican. Reconoció el dolor por no poder cumplir los objetivos, agradeció el amor “recíproco” con la gente y dejó un deseo que sonó a legado: que River encuentre pronto resultados que le permitan seguir engrandeciendo el lugar de “institución modelo” que, a su entender, el club consolidó en los últimos años.
El partido de despedida será el jueves 26 de febrero, desde las 19.30, en el Monumental, ante Banfield, por el Torneo Apertura. Si el final ya es inevitable, en Núñez buscan que sea, al menos, a la altura del vínculo emocional que el entrenador construyó con el público. Nadie ignora que, más allá del desenlace de esta etapa, su figura quedó grabada en la historia grande por la cosecha de 14 títulos en su ciclo anterior, un punto de referencia que vuelve exigente cualquier continuidad y, al mismo tiempo, vuelve más cruel la comparación cuando el presente no acompaña.
En números, esta segunda etapa quedará marcada por la distancia con aquella versión triunfal: 85 partidos, con 35 victorias, 32 empates y 18 derrotas, una efectividad que el propio entrenador consideró insuficiente para el tamaño del desafío. En paralelo, el contexto deportivo se endureció con lesiones y ausencias en puestos sensibles, un factor que condicionó planificación y funcionamiento en un semestre de presión constante.
Mientras el hincha procesa la noticia, el club ya se mueve en modo sucesión. En el radar aparecen perfiles con recorrido y estilos distintos, con algunos nombres que ganaron fuerza en las últimas horas: Eduardo Coudet y Santiago Solari figuran entre los más mencionados; también asoman alternativas como Hernán Crespo, y se repite —aunque con obstáculos concretos— el consenso interno que despierta Pablo Aimar, hoy ligado al cuerpo técnico de la selección argentina. En cualquier caso, la búsqueda no será solo táctica: River necesitará un conductor capaz de ordenar un vestuario, sostener la exigencia y, sobre todo, convivir con la sombra inevitable de quien dejó una vara histórica.
El jueves, en el Monumental, habrá un último gesto compartido: Gallardo con su saco de DT por última vez, y la gente con ese aplauso que mezcla gratitud, tristeza y una pregunta que quedará flotando: cómo se sigue después de que se va el hombre que cambió la época.
Fuentes consultadas: Infobae; La Nación; Olé; AS; TyC Sports; sitio oficial de River Plate; DSPORTS.





