Madrid-14 de Marzo de 2026-Total News Agency-TNA- La interna de Vox en el Ayuntamiento de Madrid sumó este sábado un nuevo capítulo de alto voltaje con la expulsión de Ignacio Ansaldo, concejal, fundador de la fuerza y titular del carné de afiliado número uno. Cercano a Javier Ortega Smith y alineado con el sector que resiste la reconfiguración impulsada por la conducción nacional, Ansaldo confirmó su salida con un mensaje breve pero elocuente en redes sociales: “Hoy me han echado de mi partido”. La frase, cargada de decepción, terminó de exhibir la profundidad de una fractura que ya dejó de ser un conflicto disciplinario para convertirse en una crisis política abierta dentro del espacio que lidera Santiago Abascal.
La expulsión de Ansaldo no llega de manera aislada. Se produce después de la suspensión cautelar de militancia que Vox le había impuesto el 23 de febrero, el mismo día en que adoptó una medida similar contra la portavoz adjunta del grupo municipal, Carla Toscano, también próxima a Ortega Smith. Apenas unos días antes, el propio Ortega Smith había sido apartado provisionalmente por negarse a acatar la resolución del Comité Ejecutivo Nacional (CEN) que ordenaba su relevo como portavoz municipal en Madrid. La decisión fue luego endurecida: el 6 de marzo, el Comité de Garantías resolvió su expulsión definitiva por una “infracción muy grave”, al considerar que impidió la ejecución del cambio de portavocía.
Con ese movimiento, la dirección nacional designó a Arantxa Cabello como nueva portavoz y reordenó un grupo municipal de apenas cinco integrantes, donde desde entonces la división quedó completamente expuesta. De un lado se alinearon Cabello y el secretario general del grupo, Fernando Martínez Vidal. Del otro permanecieron Ansaldo y Toscano, que siguieron mostrando lealtad política y personal hacia Ortega Smith. Lo que en un comienzo pareció una pulseada por cargos terminó revelando algo más profundo: una disputa por el control interno, el estilo de conducción y el margen de autonomía de referentes históricos dentro de un partido construido con una lógica fuertemente vertical.
La salida de Ansaldo tiene además un peso simbólico singular. No se trata de un dirigente periférico ni de un recién llegado. Su condición de fundador y de afiliado número uno lo convierte en una figura de fuerte valor identitario dentro del universo de Vox. Que una figura así termine expulsada en medio de un enfrentamiento con la cúpula marca hasta qué punto la conducción de Abascal está dispuesta a cerrar filas aun al costo de romper con nombres que estuvieron desde el arranque del proyecto. En la práctica, la señal hacia adentro del partido es nítida: no habrá espacio para la disidencia organizada, mucho menos si se expresa en un ámbito tan visible como el consistorio madrileño.
Mientras tanto, Ortega Smith decidió judicializar y politizar su pelea. En los últimos días presentó una denuncia ante la Agencia Española de Protección de Datos contra el CEN y el Comité de Garantías, al sostener que hubo una filtración que vulneró la confidencialidad del expediente sancionador. En declaraciones públicas, denunció que desde la dirección le exigieron que se “hiciera el harakiri” renunciando como portavoz municipal, como si hubiera cometido una falta que, según él, nunca existió. También anticipó que agotará las vías internas, aunque desconfía del resultado porque considera que los órganos que deben revisar su caso actúan como juez y parte.
El conflicto, lejos de apagarse, parece profundizarse. La expulsión de Ansaldo agrega más tensión a una secuencia que ya compromete la cohesión del grupo municipal en Madrid y que amenaza con proyectarse al resto de la estructura partidaria. La dirección de Vox busca mostrar orden y disciplina. Pero cada nueva sanción, cada nueva ruptura y cada nueva denuncia pública exponen también otra cara: la de un partido atravesado por purgas, recelos y una lucha interna que ya dejó heridas difíciles de cerrar.




