Teherán-15 de Marzo de 2026-Total News Agency-TNA-. La guerra abierta entre Irán, Estados Unidos e Israel sumó este domingo un nuevo y delicado capítulo con la continuidad de ataques iraníes sobre países del Golfo Pérsico, apenas un día después de los bombardeos estadounidenses contra infraestructuras energéticas en la isla de Kharg, el principal nodo de exportación petrolera iraní. La nueva oleada incluyó misiles y drones dirigidos contra zonas de Baréin, Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos, en un escenario cada vez más explosivo que ya no se limita a una represalia puntual, sino que empieza a mostrar una estrategia iraní de ampliación regional del conflicto.
Las autoridades de Arabia Saudita informaron que sus sistemas de defensa interceptaron y destruyeron diez drones sobre Riad y la región oriental del reino, mientras Baréin reportó una larga secuencia de intercepciones desde el inicio de la escalada, con centenares de misiles y drones neutralizados y víctimas fatales ya registradas en su territorio. En Emiratos Árabes Unidos, la tensión creció todavía más luego de que cayeran restos de un dron interceptado en la zona de Fujairah, provocando un incendio en una instalación energética, un dato especialmente sensible por tratarse de uno de los puntos neurálgicos del comercio petrolero regional.
El punto de quiebre fue la amenaza iraní del sábado contra tres puertos emiratíes de primer orden: Jebel Ali, Khalifa y Fujairah. Teherán justificó esa advertencia al acusar a Estados Unidos de utilizar territorio o infraestructura emiratí para facilitar el ataque sobre Kharg, una afirmación que EAU y otros países del Golfo rechazaron de plano. Desde Abu Dabi se insistió en que ni el territorio ni el espacio aéreo emiratí fueron habilitados para operaciones ofensivas contra Irán, mientras el asesor presidencial Anwar Gargash cuestionó con dureza la lógica iraní y advirtió sobre una política errática y peligrosa.
La gravedad del episodio no reside sólo en los proyectiles lanzados, sino en el mensaje político y estratégico que deja Irán: por primera vez en esta fase de la guerra amenaza de forma explícita activos no estadounidenses ubicados en países vecinos, ampliando el radio de castigo sobre economías que hasta aquí buscaban mantener un delicado equilibrio entre la alianza con Washington y la necesidad de evitar una guerra directa con la república islámica. Esa decisión coloca a los países del Golfo frente a un dilema severo: seguir respaldando la arquitectura de seguridad occidental en la región, pero pagando ahora un costo militar y económico cada vez más alto.
El impacto sobre la energía mundial ya es contundente. Fujairah, donde se reanudaron las cargas de crudo tras el incendio, es un nodo estratégico porque opera fuera del Estrecho de Ormuz y funciona como una de las principales plataformas logísticas y de almacenamiento de productos refinados en Medio Oriente. Su afectación, aunque parcial, encendió todavía más las alarmas de un mercado que ya venía golpeado por la caída de producción regional y por la práctica parálisis del tránsito marítimo en Ormuz. Distintos reportes señalan que el conflicto ya recortó millones de barriles diarios de oferta y disparó los precios del petróleo más de un 40% en lo que va del mes, en una señal de que el shock dejó de ser preventivo para volverse real.
Sobre ese cuadro se montó el pedido del presidente Donald Trump a sus aliados para que envíen buques de guerra con el objetivo de mantener “abierto y seguro” el Estrecho de Ormuz, paso por donde circula cerca de una quinta parte del petróleo y del gas natural licuado comercializado por mar en el mundo. Trump mencionó de manera expresa a China, Francia, Japón, Corea del Sur y el Reino Unido, entre otros países, como potenciales contribuyentes a una fuerza de protección marítima. La respuesta, por ahora, fue cautelosa: algunas capitales admitieron conversaciones y evaluación de opciones, pero todavía sin compromisos contundentes que aseguren una operación multinacional inmediata.
Desde Teherán, la respuesta llegó de la mano del canciller Abbas Araghchi, quien instó a los vecinos a “expulsar a los agresores extranjeros” y despreció el llamamiento de Trump. Al mismo tiempo, el mando militar conjunto iraní reiteró que atacará infraestructuras petroleras, económicas y energéticas vinculadas a Estados Unidos en toda la región si la infraestructura energética de la república islámica vuelve a ser alcanzada. En otras palabras, Irán dejó planteada una doctrina de represalia ampliada que apunta menos a una victoria militar convencional que a infligir dolor económico sistémico sobre quienes considera parte del dispositivo ofensivo occidental.
El trasfondo humanitario también se agrava. Según Naciones Unidas, hasta 3,2 millones de personas podrían haber sido desplazadas dentro de Irán desde el inicio de la guerra el 28 de febrero, mientras el saldo de muertos sigue creciendo en distintos frentes regionales, incluidos Irán, Líbano, Israel y posiciones estadounidenses. A esto se suma el refuerzo militar de Washington, que ya desplegó nuevas capacidades navales y unos 2.500 marines en la región, en medio de una dinámica que empuja a todo el sistema regional hacia un umbral de mayor confrontación.
En este contexto, el conflicto dejó de ser solamente una guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán. Lo que está en juego ahora es la estabilidad del Golfo, la seguridad del comercio energético global y la posibilidad cada vez menos teórica de que un enfrentamiento regional termine convirtiéndose en una crisis internacional de dimensiones mucho más difíciles de contener. Mientras las capitales del Golfo interceptan drones y misiles sobre sus cielos, el resto del mundo empieza a comprobar que cualquier chispa en Ormuz puede repercutir, casi de inmediato, en los surtidores, en la inflación y en la seguridad estratégica de varias regiones al mismo tiempo.





