Washington-24 de marzo de 2026-Total News Agency-TNA- Una cadena de muertes y desapariciones de científicos, ingenieros y ex funcionarios vinculados a áreas sensibles de investigación en Estados Unidos volvió a encender alarmas en círculos de defensa, inteligencia y tecnología, aunque por ahora no existe evidencia pública concluyente de una operación coordinada de sabotaje o espionaje contra personal estratégico. La inquietud creció en los últimos días por la circulación de versiones que hablan de “tres científicos muertos y dos desaparecidos” ligados a programas militares, pero la revisión de fuentes oficiales y medios confiables muestra un cuadro más complejo, donde se mezclan hechos reales, nombres mal citados y especulaciones todavía no probadas.
El caso más documentado y sensible es el del general retirado William Neil McCasland, ex mayor general de la Fuerza Aérea y antiguo comandante del Air Force Research Laboratory, con paso por el sitio de investigación de Kirtland y por funciones de adquisiciones espaciales y programas especiales del Pentágono. ABC News informó que desapareció el 27 de febrero de su casa de Albuquerque, que su teléfono quedó en el domicilio y que el FBI colabora en la búsqueda. El sheriff del condado de Bernalillo sostuvo, sin embargo, que hasta ahora no apareció nada que sugiera un hecho “nefasto” o claramente criminal, aunque el caso sigue abierto y sin resolución.
La desaparición de McCasland reactivó, además, otra historia previa: la de Monica Reza, ingeniera aeroespacial desaparecida en junio de 2025 mientras hacía senderismo en el área del Angeles National Forest, en California. Newsweek señaló que ambos compartieron antecedentes profesionales en proyectos vinculados a materiales avanzados para la industria aeroespacial, pero también remarcó que las autoridades no encontraron hasta ahora pruebas de una conexión concreta entre los dos expedientes. La propia oficina del sheriff, citada por ese medio, dijo que se analiza si existe algún vínculo, pero dejó en claro que no hay conclusiones firmes.
Sobre esa base real empezaron a montarse relatos mucho más dramáticos. Un artículo de IBTimes UK publicado este martes agrupó en un mismo paquete varias muertes y desapariciones de personas asociadas, de un modo u otro, al universo científico o tecnológico estadounidense. Pero ese mismo texto admite que no existe confirmación oficial de una conexión entre los casos y advierte que muchas de las teorías que circulan en internet son especulativas y no están respaldadas por evidencia verificada. Esa precisión es clave porque el texto aportado inicialmente mezcla datos incorrectos o no corroborados —como los nombres John McCasland, Elena Reza, Robert Thompson o David Albuquerque— que no aparecieron confirmados en la cobertura confiable revisada.
Entre los casos reales que sí alimentaron el clima de sospecha figura el del físico Nuno F. G. Loureiro, profesor del MIT y director del Plasma Science and Fusion Center, asesinado a tiros en diciembre de 2025 en Massachusetts. La Associated Press informó entonces que las autoridades no habían establecido un móvil ligado a secretos militares ni a proyectos de defensa, y que el FBI incluso dijo no ver conexión entre ese crimen y otro ataque ocurrido días antes en Brown University. Es decir: se trató de un homicidio gravísimo contra un científico de enorme prestigio, pero no de una prueba de un plan sistemático contra investigadores de defensa.
Algo similar ocurre con la muerte del astrónomo Carl Grillmair, investigador de Caltech y del centro IPAC, fallecido en febrero. Caltech confirmó su deceso y medios estadounidenses reportaron la detención de un sospechoso por el crimen. Tampoco allí emergió, al menos por ahora, un hilo conductor que lo ate a un sabotaje contra la seguridad nacional estadounidense. Su caso, como el de Loureiro, pasó a formar parte del clima de inquietud general, pero no valida por sí solo la hipótesis de una cacería coordinada contra expertos con acceso a información clasificada.
Lo que sí parece indiscutible es otra cosa: en Estados Unidos existe una sensibilidad creciente ante cualquier incidente que roce a personal ligado a investigación aeroespacial, laboratorios avanzados, materiales críticos o programas de defensa. La desaparición sin explicación de McCasland, el antecedente no resuelto de Reza y la muerte violenta de científicos reconocidos generaron un terreno ideal para que proliferen hipótesis de espionaje, represalias o filtraciones. Pero, al mismo tiempo, los propios reportes más serios insisten en la cautela: hoy no hay pruebas públicas de una red de asesinatos selectivos, ni confirmación de que las muertes y desapariciones respondan a una misma mano.
Así, el verdadero cuadro hasta este martes combina dos planos. Uno, el de los hechos: desapariciones y asesinatos reales que afectan a personas con trayectorias de alto nivel en ciencia y defensa. Otro, el del relato: una ola de versiones que intenta fundir todos esos expedientes en una sola trama oscura sin que la evidencia disponible haya llegado aún a ese punto. En tiempos de guerra tecnológica, tensión con potencias rivales y obsesión por la superioridad militar, esa diferencia no es menor. Porque en materia de seguridad nacional, el ruido también puede convertirse en arma.





