Bruselas-24 de marzo de 2026-Total News Agency-TNA- La Unión Europea atraviesa una de sus crisis de confianza más delicadas desde el inicio de la guerra en Ucrania después de que una investigación periodística afirmara que el ministro de Exteriores húngaro, Péter Szijjártó, transmitió durante años a Moscú detalles reservados de reuniones del Consejo de la UE. La revelación golpeó de lleno en el corazón político de Bruselas porque no se trata ya sólo de la conocida cercanía de Viktor Orbán con Vladimir Putin, sino de la sospecha de que un Estado miembro pudo haber actuado como canal de información sensible hacia el Kremlin en plena confrontación entre Europa y Rusia.
Según la investigación citada por varios medios europeos y norteamericanos, Szijjártó habría informado en forma reiterada a su par ruso, Serguéi Lavrov, sobre discusiones internas mantenidas a puertas cerradas por los Veintisiete, incluso durante pausas de reuniones en Bruselas. El gobierno húngaro rechazó la acusación y la calificó como “fake news”, pero el propio canciller admitió después que mantiene contactos regulares con Lavrov aun durante encuentros privados de la UE, una explicación que lejos de apagar el incendio terminó reforzando la alarma política en el bloque.
La reacción comunitaria fue inmediata. La Comisión Europea pidió a Budapest aclaraciones urgentes y describió como “preocupantes” los reportes sobre filtraciones a Rusia. En paralelo, desde Polonia se habló abiertamente de traición. El primer ministro Donald Tusk sostuvo que en Varsovia hacía tiempo que sospechaban que Hungría compartía información con Moscú, una afirmación demoledora porque proviene de uno de los gobiernos más comprometidos con la defensa de Ucrania y con la línea dura frente al Kremlin. En el clima actual de la UE, la sola idea de que un socio europeo pueda haber funcionado como oído y boca de Putin dentro de las instituciones comunes es vista como una deslealtad de una gravedad extraordinaria.
El escándalo no cayó en terreno neutro. Hungría ya venía profundamente aislada por su bloqueo a un préstamo europeo de 90.000 millones de euros para Ucrania y por su resistencia a nuevas sanciones contra Rusia. En los últimos días, líderes europeos como Ursula von der Leyen, Antonio Costa y varios jefes de gobierno cargaron contra Orbán por frenar decisiones estratégicas del bloque en nombre de una disputa energética y de su vieja política de entendimiento con Moscú. Por eso, en Bruselas muchos leen esta nueva denuncia no como una anomalía, sino como la expresión más cruda de una conducta que desde hace tiempo erosiona la unidad europea desde adentro.
La dimensión política del caso se agrava además por el contexto electoral húngaro. A pocas semanas de los comicios del 12 de abril, el opositor Péter Magyar prometió investigar el episodio como posible acto de “traición”, mientras Orbán ordenó una pesquisa sobre un supuesto espionaje al teléfono de su canciller, intentando desplazar el foco hacia una operación externa. Pero esa maniobra defensiva no cambió el núcleo del problema: la sospecha de que Rusia pudo acceder, gracias a un gobierno aliado dentro de la UE y la OTAN, a deliberaciones reservadas del bloque en uno de los momentos más tensos de la guerra.
Para la Unión Europea, el daño ya está hecho aunque la acusación siga siendo negada por Budapest. Si se confirma, el caso no sólo exhibiría una gravísima filtración de seguridad: probaría que el Kremlin contó con una ventana interna en el propio edificio europeo mientras el resto del bloque intentaba sostener sanciones, ayuda financiera y respaldo militar a Kiev. En una Europa que busca contener a la potencia invasora rusa y preservar una respuesta común frente a Putin, esa conducta sería mucho más que una indisciplina diplomática. Sería, lisa y llanamente, una traición política al proyecto europeo.





