Washington/Teherán, 25 de marzo de 2026-Total News Agency-TNA-La Casa Blanca elevó este miércoles al máximo su tono contra Irán y dejó en claro que el presidente Donald Trump está dispuesto a profundizar la ofensiva militar si Teherán no acepta el esquema de alto el fuego que impulsa Washington. La advertencia la formuló la portavoz presidencial Karoline Leavitt, quien aseguró que si la república islámica no asume “la realidad del momento actual” y no comprende que, según la visión estadounidense, ha sido derrotada militarmente, recibirá golpes todavía más duros. La frase más resonante de la jornada fue la que resumió el nuevo mensaje de presión: Trump “está preparado para desatar el infierno”.
El endurecimiento verbal llegó en un momento en que la diplomacia sigue abierta, aunque envuelta en contradicciones y mensajes cruzados. Leavitt insistió en que las conversaciones con Irán continúan y que siguen siendo “productivas”, aun cuando desde el lado iraní la narrativa pública va en otra dirección. La vocera también admitió que hay “elementos de verdad” en las versiones sobre un plan de 15 puntos impulsado por la administración republicana, pero evitó convalidar todos los detalles que circularon en medios internacionales. Esa doble línea, amenaza máxima y negociación simultánea, exhibe la estrategia de Washington: combinar presión militar, intimidación política y canales abiertos para forzar una salida favorable a sus condiciones.
Del lado iraní, la reacción fue de abierta dureza. Reuters informó que el canciller Abbas Araqchi sostuvo que Irán está revisando la propuesta estadounidense, pero aclaró que el intercambio de mensajes a través de mediadores “no significa negociaciones con Estados Unidos”. Esa declaración se complementó con la posición difundida por la televisión estatal Press TV, que presentó la respuesta inicial iraní como negativa y acompañada por una contrapropuesta propia. Según esa versión, Teherán exige el cese de los ataques y asesinatos de sus altos funcionarios, garantías de que no habrá una nueva guerra, reparaciones por los daños sufridos, el fin de las hostilidades en todos los frentes y el reconocimiento del ejercicio de su soberanía sobre el estrecho de Ormuz.
Detrás de esa pulseada asoma un problema más profundo: no sólo cuesta acercar posiciones, sino también definir con precisión quién tiene hoy la última palabra en Teherán. En las últimas 48 horas, Reuters advirtió que la postura iraní se endureció de manera marcada desde que comenzó la guerra y que el peso del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica crece sobre cualquier eventual negociación. En ese marco, las exigencias iraníes chocan casi de frente con los objetivos de Trump, que según diversas filtraciones incluyen alivio de sanciones a cambio de retrocesos en el programa nuclear, límites al desarrollo misilístico, restricciones al apoyo a aliados regionales y garantías de reapertura plena de Ormuz. Para Teherán, aceptar ese paquete equivaldría a resignar algunas de sus principales herramientas de poder y disuasión.
La mediación también se volvió más compleja. Pakistán, Turquía y Egipto aparecen entre los países que transmiten mensajes entre las partes o intentan acercar posiciones, pero sin lograr todavía una mesa directa. Desde Ankara, un dirigente del oficialismo de Recep Tayyip Erdogan reconoció que Turquía está jugando un papel de canal entre Irán y Estados Unidos, mientras el conflicto sigue sacudiendo al mercado energético y a la seguridad regional. De hecho, la sola difusión del plan estadounidense provocó una baja del petróleo y una leve mejora bursátil, señal de que los inversores perciben que todavía existe una pequeña ventana para desactivar la guerra. Pero esa posibilidad convive con una realidad mucho más áspera: Washington amenaza con un castigo mayor, Irán endurece sus condiciones y la paz sigue dependiendo de interlocutores indirectos en una región donde cualquier error de cálculo puede volver a incendiar todo.





