Buenos Aires, 30 de marzo de 2026-Total News Agency-TNA- El Gobierno recibió este lunes un golpe fuerte en uno de los cambios que más celebraba como bandera propia. El juez Raúl Horacio Ojeda, a cargo del Juzgado Nacional del Trabajo N° 63, hizo lugar a una cautelar presentada por la CGT y suspendió 82 artículos de la ley de modernización laboral, la 27.802, promulgada el 6 de marzo. No se trata de un detalle menor ni de una corrección marginal: lo que quedó frenado toca el corazón mismo de la reforma libertaria en materia laboral y vuelve a poner en escena una pelea de fondo entre la visión del oficialismo y la resistencia de un sector del fuero laboral a cambiar reglas que llevan años alimentando la litigiosidad. ¿Pero, de donde viene el Juez Ojeda? “Por sus fallos lo conocereis” o mas bien por quienes lo apoyan.

Raúl Ojeda, juez nacional del Trabajo de la Capital Federal, fue asesor en el Ministerio de Trabajo durante el segundo mandato de Cristina Fernández de Kirchner, bajo la órbita del entonces ministro Carlos Tomada. Su designación en la magistratura contó, según distintas versiones, con el respaldo de su exsuegra con vinculos en Madres y Abuelas de Plaza de Mayo.
El fallo de Ojeda no suspendió sólo un artículo aislado sino una porción muy amplia de la norma. Quedaron en pausa el Fondo de Asistencia Laboral (FAL), las restricciones al derecho de huelga, la derogación de la ley de teletrabajo, la nueva situación de los trabajadores de plataformas, cambios sobre indemnizaciones, reglas sobre tercerización, presunciones de fraude laboral, límites a asambleas y tutela sindical, entre otros puntos sensibles. El magistrado justificó la cautelar por el “peligro en la demora” y advirtió que poner en marcha esos mecanismos antes de una sentencia de fondo podría generar daños irreparables e inseguridad jurídica. El Gobierno todavía puede apelar, pero por ahora la reforma quedó seriamente herida en sede judicial.
En la Casa Rosada y en sectores empresarios la lectura es bastante más política que técnica. Ven este fallo como una señal de que el fuero laboral sigue resistiéndose a desmontar lo que desde hace años denuncian como la “industria del juicio”: un esquema de alta litigiosidad, costos imprevisibles y resoluciones que, según esa mirada, terminan beneficiando a estudios jurídicos, peritos y estructuras con poder de presión y lobby. No es casual que el propio secretario de Trabajo, Julio Cordero, hubiera defendido la reforma diciendo que apuntaba “de raíz” contra ese problema y que el FAL buscaba precisamente evitar que cada despido se transformara en un conflicto judicial interminable.
Esa idea no aparece sólo en el discurso oficial. Un informe periodístico de Ámbito señaló que en la UART calculan que en 2025 se llegó a unas 134.000 causas por accidentes y enfermedades laborales y que uno de los objetivos de la reforma era recortar incentivos que empujan esa litigiosidad, entre ellos el viejo esquema de honorarios periciales atados al monto final de las demandas. En otras palabras, para el Gobierno y para parte del sector privado, la reforma no era sólo una ley laboral: era también un intento de achicar un negocio judicial que se fue consolidando al calor de juicios, intereses, pericias y criterios muchas veces difíciles de anticipar para cualquier empresa.
Del otro lado, claro, no todos compran esa descripción. El camarista Mario Fera dijo hace pocos días que la “industria del juicio” es un eslogan “nunca comprobado” y sostuvo que el problema pasa más por la indexación de créditos, las multas y las tasas de interés que por una supuesta conspiración estructural del sistema. Pero justamente ahí está el nudo de la discusión. Mientras una parte de la Justicia y del sindicalismo sostiene que la reforma avanzaba sobre derechos adquiridos, el oficialismo interpreta que cada freno judicial confirma la resistencia de un fuero que, en los hechos, se mueve con enorme incomodidad cada vez que se intenta bajar el volumen de la litigiosidad laboral.
La figura de Ojeda también alimentó lecturas políticas. LA NACION recordó que el juez es magistrado laboral desde 2012 y que antes fue jefe de asesores del exministro de Trabajo Carlos Tomada, dato que en el Gobierno no pasó inadvertido. No cambia el contenido jurídico del fallo, pero sí explica por qué en el oficialismo ven la resolución como algo más que una decisión cautelar: la leen como parte de una cultura judicial y política que se resiste a convalidar cambios que buscaban quitar discrecionalidad, bajar costos y ordenar el mapa de los juicios laborales.
Lo concreto es que la reforma que Javier Milei había mostrado como uno de sus logros legislativos más importantes ya entró en una zona de turbulencia seria. La ley sigue vigente en el resto de sus capítulos, pero el núcleo más conflictivo quedó trabado y la batalla ahora se muda a los tribunales. Ahí se va a jugar mucho más que una discusión técnica sobre derecho del trabajo. Lo que se discute, en el fondo, es si la Argentina avanza hacia un sistema más previsible para contratar y despedir, o si el viejo andamiaje de juicios, cautelares, interpretaciones expansivas y actores con fuerte capacidad de presión vuelve a imponer sus tiempos. Y eso, para el Gobierno, equivale a una pésima noticia: significa que el fuero laboral todavía no está dispuesto a soltar una caja y un poder que hace años giran alrededor de la litigiosidad.





