Buenos Aires-19 de abril de 2026-Total News Agency-TNA- El salto de la inflación de marzo al 3,4% cayó como un baldazo incómodo para la Casa Rosada, obligó a Javier Milei a pedir otra vez “paciencia” y reabrió una pregunta que en la Argentina nunca termina de irse: si el proceso de desinflación se frenó de verdad o si todavía hay margen para que el índice vuelva a bajar en los próximos meses.
El dato del INDEC no fue bueno para el relato oficial, sobre todo porque llegó después de varios meses en los que el Gobierno había hecho de la baja de precios su principal bandera. En marzo pesaron con fuerza los aumentos regulados, que treparon 5,1%, y también se sintieron con claridad el arranque de clases, el ajuste en transporte y combustibles y la presión persistente sobre alimentos. La división que más subió fue Educación, con 12,1%, seguida por Transporte, con 4,1%, mientras Alimentos y bebidas no alcohólicas volvió a ser la de mayor incidencia en casi todas las regiones del país, empujada sobre todo por carnes. En números gruesos, la inflación acumuló 9,4% en el primer trimestre y quedó en 32,6% interanual. No es una explosión como las de otros años, pero sí una señal de que el sendero descendente perdió nitidez.
Ese es el punto central. La primera etapa del plan de Milei había logrado una desinflación muy marcada, pero ahora aparecen señales de fatiga. El propio índice muestra que el problema no fue sólo estacional: el IPC núcleo, que suele mirarse para medir la inercia más dura, avanzó 3,2%, apenas por debajo del nivel general. Dicho en criollo, no se trató únicamente del “ruido” de marzo. Hay una inflación más pegajosa, más resistente, que no termina de ceder al ritmo que esperaba el oficialismo.
En esa discusión entra de lleno el frente cambiario. Distintas consultoras sostienen que una parte de la desinflación inicial se apoyó en licuación de ingresos, tasas altas y un tipo de cambio real apreciado, un combo que ayudó a enfriar precios, pero que también empezó a mostrar límites. En el mercado ya se instaló la idea de que el dólar barato, útil como ancla durante un tramo, puede convertirse en problema si no logra convivir con acumulación genuina de reservas y con una inflación que siga bajando. No por casualidad, el REM del Banco Central volvió a corregir al alza sus pronósticos para 2026 y mostró que los analistas siguen esperando desaceleración, sí, pero bastante más lenta de la que imaginaban meses atrás.
Ahora bien, que marzo haya sido malo no significa necesariamente que el proceso esté roto. El Gobierno todavía apuesta a que abril muestre una baja. La lógica oficial es conocida: con la cosecha gruesa entrando, más oferta de divisas, un dólar relativamente contenido y el efecto base de algunos aumentos fuertes ya absorbidos en marzo, el índice podría volver a recostarse un escalón más abajo. De hecho, antes de conocerse el dato del INDEC, el REM proyectaba 2,6% para abril y 2,3% para mayo. El problema es que esa expectativa convive con una economía donde los servicios siguen corriendo, los regulados no desaparecen y el contexto internacional volvió a ponerse más áspero por la tensión energética global.
Ahí aparece otro dato que el oficialismo no puede mirar de costado. El FMI, al cerrar el acuerdo técnico de la segunda revisión del programa con la Argentina, mejoró su evaluación sobre reservas y respaldo político al plan económico, pero al mismo tiempo elevó su pronóstico de inflación para 2026 a 30,4% y recortó la previsión de crecimiento a 3,5%. Es una forma elegante de decir que el rumbo sigue en pie, pero ya no avanza con la comodidad que el Gobierno exhibía cuando la desinflación parecía un tobogán.
Por eso, la respuesta a la pregunta de si la inflación puede volver a bajar es sí, pero con una advertencia grande. Puede bajar, incluso probablemente baje algo en abril, pero otra cosa muy distinta es que vuelva a caer con la velocidad de la primera etapa del ajuste. El Gobierno todavía tiene a favor el superávit, un mayor orden monetario y una economía menos desquiciada que la heredada. Lo que ya no tiene es margen para vender cualquier mejora marginal como si el problema estuviera resuelto. Marzo dejó claro que el ancla funciona, pero también que ya no alcanza con repetirla como consigna. La inflación cedió, sí; ahora falta demostrar que también puede seguir cediendo sin volver a cargarle todo el costo al bolsillo de la gente.




