Šiauliai, 21 de abril de 2026-Total News Agency-TNA- La OTAN volvió a activar su dispositivo aéreo en el flanco oriental e interceptó una formación de bombarderos y cazas rusos que sobrevoló aguas neutrales del mar Báltico, en una maniobra que reavivó la tensión con Moscú en una zona cada vez más sensible para la seguridad europea. La operación involucró aviones de Francia, Suecia, Finlandia, Polonia, Dinamarca y Rumania, y funcionó como una señal clara de vigilancia y respuesta frente a otra demostración de músculo militar ruso cerca del espacio aéreo aliado.
La formación detectada incluyó dos bombarderos supersónicos Tu-22M3 y alrededor de diez cazas Su-30 y Su-35, según informó el destacamento francés desplegado en Lituania. Desde la base aérea de Šiauliai, dos Rafale franceses armados con misiles aire-aire despegaron de inmediato dentro de la misión de policía aérea del Báltico, en vigor desde que Lituania, Letonia y Estonia ingresaron a la alianza en 2004. La escena no fue menor: un periodista de The Associated Press presente en la base vio cómo las tripulaciones francesas, ya en alerta, corrieron hacia los hangares, encendieron motores y quedaron listas para despegar en cuestión de minutos.
Del lado ruso, el Ministerio de Defensa sostuvo que el vuelo estaba programado, que se desarrolló sobre aguas neutrales y que cumplió las normas internacionales sobre uso del espacio aéreo. También afirmó que la misión se extendió por más de cuatro horas y admitió que, en parte del trayecto, los bombarderos fueron acompañados por cazas de países extranjeros. Pero ese encuadre formal no alcanza para disipar la preocupación occidental. Para la OTAN, el problema no pasa solo por dónde vuelan esos aparatos, sino por el patrón persistente con el que Rusia opera en la región: sin transpondedores, sin planes de vuelo claros y, muchas veces, sin comunicación con los controladores civiles.
Ese punto quedó reforzado por el propio Ministerio de Defensa de Lituania, que informó que entre el 13 y el 19 de abril los cazas de la misión de policía aérea del Báltico fueron activados cuatro veces en respuesta a violaciones de las reglas internacionales de vuelo. En ese lapso, la alianza identificó e interceptó aeronaves rusas como aviones de inteligencia IL-20, transportes An-26 y cazas Su-30SM que volaban por espacio aéreo internacional con transpondedores apagados, sin plan de vuelo previo y sin mantener comunicación radial con los centros regionales de control. Dicho más simple: no siempre cruzan una frontera, pero sí vuelan de un modo que complica la identificación inmediata y eleva el riesgo para la aviación civil y militar de la zona.
La preocupación aliada no es nueva. Incluso antes de la invasión rusa a Ucrania, la OTAN ya interceptaba alrededor de 300 aeronaves rusas por año, la mayoría en el norte de Europa y especialmente en las rutas que conectan con el enclave ruso de Kaliningrado. Ese territorio, incrustado entre Polonia y Lituania, se transformó desde hace años en una pieza clave de presión militar de Moscú sobre el Báltico. Por eso, cada vez que despegan bombarderos estratégicos escoltados por cazas, la lectura en las capitales aliadas es la misma: aunque el vuelo ocurra sobre aguas neutrales, se trata de una demostración calculada de presencia, presión y capacidad de escalada.
La maniobra de este lunes, además, se produjo lejos de los focos hoy concentrados en Medio Oriente, pero recordó que el frente europeo sigue cargado de fricción y que Rusia no deja de tensar las costuras de la seguridad continental. En el este de Europa se interpreta que estas salidas aéreas buscan probar tiempos de reacción, mantener presión psicológica sobre el ala oriental de la alianza y reforzar la idea de que el Kremlin conserva capacidad para abrir o recalentar escenarios de amenaza donde le convenga. La respuesta aliada, con aviones de seis países acompañando y vigilando la misión rusa, buscó precisamente transmitir el mensaje contrario: que el Báltico sigue bajo observación permanente y que ninguna exhibición de fuerza rusa pasará sin seguimiento.
En definitiva, más allá de la discusión técnica sobre si hubo o no violación de espacio soberano, el episodio volvió a mostrar el método ruso en una de las zonas más delicadas de Europa: empujar hasta el límite, operar en gris y obligar a la OTAN a reaccionar. Y mientras siga la guerra en Ucrania y el Kremlin mantenga su política de presión militar sobre sus vecinos, el mar Báltico seguirá siendo uno de los tableros donde esa pulseada se juega casi a diario.



