Buenos Aires-22 de abril de 2026-Total News Agency-TNA- La Argentina logró en 2025 una baja relevante en los indicadores más duros de pobreza infantil, pero el alivio estadístico no alcanza para disimular el tamaño de la tragedia social: más de la mitad de los niños y adolescentes del país continúa viviendo en hogares pobres, casi tres de cada diez padecen inseguridad alimentaria y una porción alarmante sigue dependiendo de la asistencia para poder comer. El nuevo informe de la Universidad Católica Argentina (UCA) confirmó una mejora respecto de 2024, aunque también dejó una advertencia que golpea de lleno al sistema político: el problema de fondo no se resolvió y la deuda social con la infancia sigue abierta.

El trabajo del Observatorio de la Deuda Social Argentina ubicó la pobreza infantil en 53,6% durante 2025, por debajo del 60,5% de 2024 y lejos del pico reciente que se había registrado en 2023. También mostró una baja de la indigencia al 10,7%, después de haber trepado a 17,7% el año anterior. El dato permite hablar de un retroceso de la emergencia extrema, pero no de una salida real. La propia UCA subrayó que el nivel de pobreza infantil sigue muy por encima del registrado en 2010 y de los mejores años de la década pasada. En otras palabras, hubo una mejora coyuntural, pero sobre una estructura social que permanece profundamente dañada.

La situación se vuelve todavía más áspera cuando se pasa del ingreso a la mesa familiar. El informe indicó que el 28,8% de los niños y adolescentes sufrió inseguridad alimentaria en 2025 y que el 13,2% atravesó su forma severa, es decir, situaciones de privación alimentaria más graves. Aun con una mejora respecto del año previo, el cuadro sigue siendo demoledor. La asistencia alimentaria, además, alcanzó un récord de 64,8%, lo que equivale a decir que casi dos de cada tres chicos reciben alimentos gratuitos del Estado o de organizaciones comunitarias. Esa cifra, más que una señal de contención exitosa, expone la magnitud de la dependencia social que consolidó la crisis.
El deterioro no se agota en el hambre. El estudio también mostró que la cobertura de transferencias monetarias como la AUH alcanzó al 42,5% de los menores, con una caída frente a 2024. El dato preocupa porque la red de protección se achica mientras la pobreza sigue afectando a más de la mitad de la infancia. La UCA remarcó que esa cobertura llega mayoritariamente a quienes más la necesitan, pero no a todos, y deja afuera a sectores pobres que no logran entrar al sistema. La consecuencia es una brecha cada vez más visible entre la cantidad de chicos pobres y la cantidad de chicos efectivamente cubiertos por programas de transferencia de ingresos.

El mapa de carencias se completa con otros indicadores que retratan una precariedad persistente. Según el informe, 19,8% de los chicos dejó de asistir al médico, al odontólogo o a ambos por motivos económicos; 18,1% vive en viviendas precarias; 20,9% lo hace en condiciones de hacinamiento; 42% reside en hogares sin saneamiento adecuado; y 37,5% padece privaciones en vestimenta. No se trata sólo de falta de ingresos: se trata de una infancia atravesada por déficits materiales, sanitarios y habitacionales que condicionan el desarrollo y consolidan una desigualdad difícil de revertir después.
Uno de los datos más contundentes del relevamiento vuelve a poner el foco sobre el Conurbano Bonaerense, donde la pobreza infantil llegó al 62,7% y la indigencia al 16,1%, muy por encima de los registros de la Ciudad de Buenos Aires. Esa diferencia territorial muestra que la infancia argentina no vive una sola crisis, sino varias al mismo tiempo: una crisis nacional, otra social y otra geográfica. El lugar donde nace un chico en la Argentina de hoy sigue definiendo con brutal claridad sus posibilidades de alimentación, educación, salud y futuro.

El informe también invita a una lectura incómoda sobre la dirigencia. La baja de la pobreza infantil en 2025 ofrece un respiro y evita una foto todavía peor, pero no habilita triunfalismos. La mitad de la infancia argentina sigue presa de la pobreza, la asistencia alimentaria se volvió estructural y los déficits básicos persisten aun después de la mejora. La discusión de fondo, entonces, ya no pasa sólo por contener la urgencia, sino por reconstruir trabajo adulto, ingresos sostenibles y servicios básicos en serio. Sin eso, cualquier mejora seguirá siendo parcial, frágil y reversible.





