Washington, 28 de abril-Total News Agency-TNA- Estados Unidos analiza la última propuesta de Irán para reabrir el estrecho de Ormuz, en medio de una crisis energética global que ya golpea el precio del petróleo, encarece los combustibles y vuelve a mostrar el enorme poder de daño que conserva el régimen de Teherán sobre una de las rutas marítimas más sensibles del planeta.
La oferta iraní llega en un momento de máxima tensión. El paso por Ormuz, clave para el tránsito internacional de hidrocarburos, permanece prácticamente paralizado desde el inicio de la guerra en Oriente Medio, con efectos directos sobre el abastecimiento, los fletes marítimos, las aseguradoras y el precio final de la energía. Para Washington, la reapertura del estrecho es una prioridad, pero aceptar condiciones de Irán sin resolver el fondo nuclear y militar del conflicto podría significar una concesión estratégica peligrosa.
Según trascendió en medios internacionales, la administración de Donald Trump recibió con frialdad la propuesta iraní. Teherán pretende reabrir Ormuz si Estados Unidos levanta su bloqueo, pero al mismo tiempo busca postergar las conversaciones sobre su programa nuclear. Esa condición aparece como el principal punto de choque, porque Washington considera que la cuestión nuclear no puede quedar fuera de una negociación integral.
El secretario de Estado, Marco Rubio, dejó en claro en las últimas horas que Estados Unidos no está dispuesto a separar la seguridad energética global del problema central: el avance del régimen iraní, su capacidad de presión militar y su red de aliados armados en la región. En otras palabras, Ormuz no es solo una vía comercial; es también una herramienta de chantaje geopolítico utilizada por Irán cada vez que aumenta la presión internacional.
El impacto económico ya se siente. El petróleo Brent volvió a operar por encima de los 111 dólares por barril, impulsado por el temor a que la interrupción en Ormuz se prolongue. En Estados Unidos, el precio promedio de la nafta llegó a 4,18 dólares por galón, el nivel más alto desde 2022. Para las economías occidentales, el riesgo es claro: más energía cara, más inflación, más presión sobre transporte, alimentos, fertilizantes e industria.
La crisis también produjo un cimbronazo dentro del propio mundo petrolero. Emiratos Árabes Unidos anunció que abandonará la OPEP y la alianza OPEP+ desde el 1° de mayo, una decisión que debilita al cartel liderado de hecho por Arabia Saudita y marca una señal de autonomía frente a las cuotas de producción. Abu Dabi busca proteger su interés nacional y quedar en condiciones de aumentar su producción cuando el tránsito por Ormuz vuelva a normalizarse.
La salida emiratí puede tener un efecto doble. En el corto plazo, no alcanza para compensar la parálisis del estrecho. Pero a mediano plazo, si Emiratos produce por fuera de las restricciones de la OPEP, podría aportar más oferta y aliviar parte de la presión sobre los precios. Para Estados Unidos y sus aliados, esa movida aparece como una oportunidad para reducir el poder de los carteles petroleros y ampliar la competencia en un mercado históricamente condicionado por acuerdos políticos.
Mientras tanto, la tregua en el terreno sigue siendo frágil. Las conversaciones entre Washington y Teherán no muestran avances decisivos y el régimen iraní insiste en que Estados Unidos no está en condiciones de “dictar su política” a otros países. Sin embargo, la realidad económica global muestra otra cosa: cuando el chantaje dé Irán amenaza o bloquea Ormuz, el costo lo pagan consumidores, empresas y Estados de todo el mundo.
La administración Trump enfrenta así una decisión compleja: avanzar hacia una reapertura rápida para bajar la presión energética o mantener una línea dura que obligue a Irán a negociar no solo el paso marítimo, sino también su programa nuclear y su maquinaria regional de desestabilización. En esa pulseada, Ormuz vuelve a ser mucho más que un estrecho: es el termómetro de una crisis donde energía, seguridad y poder global se cruzan en el punto más caliente del mapa.





