Buenos Aires, 13 de mayo de 2026-Total News Agency-TNA- La mesa política del Gobierno volvió a mostrar que la tensión interna en La Libertad Avanza ya no es un ruido de pasillo, sino un problema de conducción. En una reunión realizada en la Casa Rosada, en paralelo a la masiva marcha universitaria que ocupó la Plaza de Mayo, el oficialismo intentó ordenar su agenda legislativa, pero terminó dejando expuestas tres señales difíciles de disimular: Patricia Bullrich se retiró antes de tiempo, Santiago Caputo no participó del encuentro y la situación judicial y política de Manuel Adorni volvió a incomodar al gabinete.
La reunión se extendió por más de dos horas y tuvo como eje formal el repaso de los proyectos legislativos que el Gobierno busca enviar al Congreso, además de la agenda en Diputados y Senado. Pero el clima político estuvo lejos de una mesa de coordinación aceitada. La ausencia de Santiago Caputo, asesor presidencial y uno de los hombres de mayor influencia en el ecosistema libertario, fue interpretada dentro y fuera del oficialismo como un dato de peso, más allá de que desde la Presidencia de la Nación se aclaró que había avisado previamente que no asistiría por “temas de agenda”.
En política, las ausencias hablan. Y la de Caputo se produjo en un momento especialmente sensible: debilitado en su disputa interna con Karina Milei, con áreas de influencia bajo observación y con el avance de sectores del karinismo sobre espacios estratégicos. El mismo día, el diputado libertario Sebastián Pareja, hombre de confianza de la secretaria general de la Presidencia, quedó al frente de la Comisión Bicameral de Fiscalización de los Organismos y Actividades de Inteligencia, el órgano parlamentario encargado de controlar a la SIDE y sus gastos reservados.
Ese movimiento no fue menor. La SIDE se encuentra bajo la órbita política de Santiago Caputo, por lo que la llegada de Pareja a la presidencia de la bicameral fue leída como una jugada de Karina Milei para mirar de cerca una zona sensible del poder. En un Gobierno donde las disputas internas suelen resolverse en silencio, el avance sobre una comisión con capacidad de control sobre inteligencia encendió todas las alarmas.
La otra postal incómoda fue la salida anticipada de Patricia Bullrich, jefa del bloque oficialista en el Senado. La ex ministra de Seguridad debió retirarse hacia otra reunión en la Cámara alta, pero su partida se produjo en medio de crecientes diferencias con el núcleo duro de la Casa Rosada. Quienes siguen de cerca la interna oficialista destacaron que la senadora venía de reconocer públicamente que en la última reunión de Gabinete hubo un cruce áspero con Javier Milei, a quien describió con una frase cuidadosamente elegida: “El Presidente tiene una emocionalidad importante”.
La definición de Bullrich intentó bajar el tono, pero terminó confirmando que el clima fue tenso. La discusión se habría originado por el caso Adorni, luego de que la senadora planteara la necesidad de que el jefe de Gabinete adelantara su declaración jurada para disipar dudas frente a las investigaciones judiciales y el desgaste político que atraviesa. Milei, en cambio, decidió blindarlo y dejó claro que no piensa entregar a uno de sus funcionarios más cercanos por presión opositora o mediática.
La defensa presidencial de Adorni ya se transformó en un punto de fricción dentro del oficialismo. Para el Presidente, el jefe de Gabinete es un hombre de confianza y víctima de una ofensiva política. Para otros sectores libertarios y aliados, la situación empieza a impactar sobre el discurso anticorrupción del Gobierno, sobre la agenda legislativa y sobre la relación con bloques que resultan indispensables para aprobar leyes.
En la mesa política, Adorni volvió a estar presente no sólo como participante, sino como problema de fondo. Expuso sobre el listado de normas que el Gobierno planea remitir al Congreso, unas diez iniciativas adicionales a la agenda ya en circulación. Sin embargo, la discusión política quedó cruzada por su propia situación y por el costo que implica para el oficialismo sostenerlo mientras la oposición impulsa pedidos de interpelación y amenazas de moción de censura.
El encuentro también se desarrolló mientras la marcha universitaria colmaba la Plaza de Mayo, otro factor que aumentó la incomodidad. Las movilizaciones por la educación pública son especialmente sensibles para el Gobierno porque combinan reclamos genuinos, alto impacto social y utilización política por parte de gremios, la izquierda, sectores radicales y el peronismo. Aun cuando el oficialismo intenta presentar esas protestas como parte de una ofensiva organizada, sabe que la universidad pública conserva una legitimidad transversal que excede a los aparatos partidarios.
En ese contexto, la reunión en Casa Rosada no pudo ofrecer una imagen de unidad. De hecho, no hubo foto oficial. El detalle no es menor: cuando un Gobierno evita mostrar la mesa completa, suele ser porque la postal puede decir más de lo que conviene. El ánimo interno no está para exhibiciones de cohesión mientras se acumulan tensiones por Adorni, por la relación con Bullrich, por el lugar de Caputo y por el peso creciente de Karina Milei.
La secretaria general de la Presidencia volvió a marcar presencia en la interna con otro tema central: la reforma electoral. Según fuentes parlamentarias y políticas, Karina Milei presionó para que el proyecto se trate en forma integral en el Senado, incluyendo Ficha Limpia y la eliminación de las PASO, pese a que Bullrich y parte de los aliados advertían que no están garantizados los votos para avanzar con todo el paquete.
La reforma electoral es una de las apuestas estratégicas del Gobierno. Incluye cambios destinados a modificar el sistema de competencia política antes de 2027, con la eliminación de las primarias obligatorias como eje de mayor disputa. El oficialismo sostiene que las PASO son un gasto innecesario y una herramienta de la casta. Sus críticos, incluso dentro del universo dialoguista, advierten que eliminarlas puede favorecer al partido de gobierno y complicar el armado de coaliciones opositoras.
Bullrich habría insistido en que el Gobierno no cuenta con los votos suficientes para eliminar las PASO, pero Karina Milei se mantuvo firme. Esa diferencia resume un problema mayor: el karinismo privilegia la decisión política y la acumulación de poder; el sector más parlamentario del oficialismo mira los números, los aliados y los costos. Cuando esas dos lógicas chocan, la mesa deja de ser un ámbito de coordinación y se convierte en una zona de tensión.
En la reunión también participaron los primos Martín Menem y Lule Menem, el ministro de Economía Luis “Toto” Caputo, el ministro del Interior Diego Santilli y el secretario de Asuntos Estratégicos Ignacio Devitt. La presencia de esos nombres muestra que el oficialismo intentó ordenar simultáneamente el frente legislativo, político y económico, pero la agenda real estuvo atravesada por internas que ya condicionan la gestión.
El rol de Martín Menem es particularmente sensible. Como presidente de la Cámara de Diputados, debe administrar una agenda legislativa exigente en un recinto donde el oficialismo no tiene mayoría propia. La tensión por Adorni complica negociaciones clave, como la Ley Hojarasca impulsada por Federico Sturzenegger, y obliga al Gobierno a elegir dónde gastar capital político: si en blindar al jefe de Gabinete o en conseguir votos para reformas.
El problema para Milei es que la crisis interna coincide con un momento de creciente presión externa. La marcha universitaria mostró volumen callejero; las encuestas registran malhumor social; el caso Adorni golpea el relato de transparencia; la relación con el PRO atraviesa roces; y el Congreso se vuelve cada vez más difícil de manejar. En ese marco, cualquier fisura dentro del oficialismo adquiere una dimensión mayor.
La relación con Bullrich es uno de los puntos a seguir. La senadora fue decisiva para el triunfo de Milei en el balotaje de 2023, cuando trasladó buena parte de su capital político al acuerdo con el libertario. Pero esa sociedad, que nació de la necesidad común de derrotar al kirchnerismo, hoy enfrenta tensiones evidentes. Bullrich quiere preservar su autoridad política y su perfil de orden; Milei exige lealtad total en los momentos críticos; y Adorni aparece como el nombre que vuelve a tensar esa convivencia.
El jefe de Gabinete intentó bajarle el tono al cruce con una frase amable hacia la senadora, al definirla como “una fenómena”. Pero en la política argentina los elogios públicos no siempre alcanzan para tapar los malestares privados. La cuestión de fondo sigue abierta: si la presión judicial y mediática sobre Adorni crece, el Gobierno deberá decidir si insiste en blindarlo o si admite que el costo de sostenerlo empieza a afectar otros frentes.
La ausencia de Santiago Caputo, el avance de Karina Milei, la salida anticipada de Bullrich y el peso del caso Adorni conforman una escena incómoda para un oficialismo que suele presentarse como compacto, vertical y disciplinado. La realidad muestra algo más complejo: una coalición gobernante joven, con pocos cuadros, muchos liderazgos superpuestos y una dependencia extrema de la conducción presidencial.
Para la línea editorial de derecha, el cuadro merece una lectura sobria. El Gobierno mantiene un rumbo económico que muchos sectores consideran necesario para dejar atrás años de populismo, gasto descontrolado y privilegios corporativos. Pero ningún programa de reformas sobrevive si el poder se consume en internas, personalismos y errores comunicacionales. La motosierra puede ordenar cuentas; no ordena automáticamente una mesa política.
La reunión del martes dejó una señal clara: el oficialismo necesita coordinación real, no sólo obediencia. Necesita cuidar a sus aliados, elegir mejor sus batallas y evitar que cada crisis personal se transforme en una crisis institucional. Milei conserva liderazgo, pero el liderazgo también se mide por la capacidad de administrar tensiones sin que todo termine en una pulseada de poder.
Por ahora, la mesa política existe, pero está lejos de funcionar como un mecanismo de armonía. La ausencia de foto fue, tal vez, la mejor metáfora. En un Gobierno donde todos dicen estar alineados, nadie quiso mostrar demasiado cómo estaban sentados.





