Jerusalén, 17 de mayo de 2026-Total News Agency-TNA- Israel y Estados Unidos estarían preparando una posible reanudación de operaciones militares contra Irán, en medio del estancamiento de las negociaciones de paz, la falta de avances sobre el programa nuclear iraní y nuevas advertencias de Teherán, que prometió una respuesta “más contundente y severa” ante cualquier nueva agresión.
Según reportes del diario israelí Yedioth Ahronoth, el Ejército de Israel se encuentra en estado de máxima alerta ante la posibilidad de retomar ataques contra objetivos iraníes. El gobierno de Benjamin Netanyahu aguardaría una decisión final del presidente estadounidense Donald Trump, quien habría llegado a la conclusión de que el régimen de los ayatolás no está dispuesto a aceptar las condiciones exigidas por Washington para poner fin a la guerra.
La situación se agravó después de que medios estadounidenses informaran que el Pentágono comenzó preparativos intensos para una eventual reanudación de la campaña militar. El argumento central de la administración norteamericana sería que los objetivos originales de la ofensiva no fueron plenamente alcanzados, especialmente en lo referido al programa nuclear de Teherán, la capacidad misilística iraní y el control efectivo del Estrecho de Ormuz, paso estratégico por el que circula una parte sustancial del comercio energético mundial.
La advertencia iraní llegó de inmediato. El portavoz de las Fuerzas Armadas de Irán, general de brigada Abolfazl Shekarchi, afirmó que cualquier nueva acción militar de Estados Unidos recibirá una respuesta “más contundente y severa”, con escenarios que calificó como “sorpresivos y devastadores”. El mensaje buscó elevar el costo político y militar de una nueva ofensiva, pero también dejó claro que el régimen iraní no piensa mostrar debilidad en la mesa de negociación.
La crisis ocurre en un momento de extrema fragilidad diplomática. Las conversaciones impulsadas para sostener una tregua o salida negociada quedaron prácticamente paralizadas. Trump rechazó la última propuesta iraní y la calificó como inaceptable, mientras funcionarios de su administración aseguran que Irán no ha dado garantías suficientes sobre su programa nuclear ni sobre la reapertura plena y segura del Estrecho de Ormuz.
Para Israel, el problema es existencial. El gobierno israelí sostiene desde hace años que no permitirá que Irán obtenga armas nucleares, porque considera que un régimen que financia, arma y dirige redes como Hezbolá, Hamás, milicias chiitas en Irak, grupos en Siria y hutíes en Yemen no puede tener capacidad atómica. En esa lógica, la diplomacia sólo tiene valor si desmantela de manera verificable la amenaza nuclear y misilística iraní.
El antecedente inmediato es la guerra abierta entre Estados Unidos, Israel e Irán, que dejó al régimen de Teherán golpeado, pero no necesariamente neutralizado. Informes militares estadounidenses aseguran que la capacidad naval iraní fue severamente degradada y que buena parte de la infraestructura militar y de defensa industrial del país quedó afectada. Sin embargo, la evaluación de Washington parece indicar que aún quedan blancos estratégicos y capacidades críticas que podrían justificar una nueva ronda de ataques.
El Estrecho de Ormuz aparece como uno de los puntos más sensibles. Irán ha utilizado históricamente esa vía marítima como herramienta de presión contra Occidente y contra sus vecinos del Golfo. Su cierre o control selectivo golpea el precio del petróleo, amenaza el suministro energético global y pone en riesgo exportaciones clave. Por eso, Estados Unidos busca garantizar la libre navegación, mientras China y otros actores internacionales también presionan para evitar un colapso del comercio energético.
La reciente cumbre entre Trump y Xi Jinping en Beijing también estuvo atravesada por este tema. El presidente estadounidense afirmó que Xi compartía la necesidad de que Irán no tenga armas nucleares y de normalizar el tránsito por Ormuz. Pero China, principal comprador de energía iraní y socio estratégico de Teherán, evitó aparecer subordinada a la estrategia norteamericana. Beijing pidió terminar la guerra y reabrir el paso marítimo, pero no se comprometió públicamente a ejercer una presión directa y visible sobre el régimen iraní.
Ese dato es importante porque Trump necesitaba volver de China con algo más que gestos diplomáticos. En el frente iraní, no obtuvo una concesión clara de Xi ni una mediación decisiva. La consecuencia es que Washington vuelve a mirar la opción militar como herramienta de presión. Para la Casa Blanca, la amenaza de nuevos ataques puede servir para forzar a Teherán a aceptar condiciones más duras. Para Irán, en cambio, ceder bajo presión sería una humillación interna frente a la Guardia Revolucionaria y los sectores más radicalizados del régimen.
En Israel, la lectura es todavía más dura. La conducción política y militar entiende que cualquier pausa prolongada puede permitir a Irán reconstruir capacidades, dispersar activos, mover científicos, ocultar material sensible y reactivar redes de ataque regional. Por eso, el estado de máxima alerta del ejército israelí no debe interpretarse como una simple medida defensiva, sino como preparación para un eventual nuevo ciclo de operaciones de precisión.
La posibilidad de una nueva ofensiva también se conecta con el frente libanés y palestino. Israel viene atacando objetivos de Hezbolá en el sur de Líbano y eliminó recientemente a Izz al Din Al Haddad, jefe militar de Hamás en Gaza. Esa secuencia muestra una estrategia más amplia: impedir que el eje iraní recupere capacidad ofensiva después de los golpes recibidos. Teherán no sólo es un Estado enemigo para Israel; es el centro de una red regional de organizaciones armadas que operan como brazos indirectos del régimen.
La guerra en Gaza, además, sigue marcada por el ataque terrorista de Hamás del 7 de octubre de 2023, cuando más de 1.200 personas fueron asesinadas en Israel y más de 250 fueron secuestradas. Desde entonces, Israel sostiene que no puede permitir que las organizaciones respaldadas por Irán reconstruyan su poder militar bajo la cobertura de treguas, pausas humanitarias o negociaciones inconclusas.
El riesgo, sin embargo, es una escalada regional de gran escala. Si Estados Unidos e Israel vuelven a atacar objetivos iraníes, Teherán podría responder con misiles, drones, ataques contra bases estadounidenses, acciones contra buques en el Golfo, sabotajes energéticos o activación de sus proxies en Líbano, Irak, Siria y Yemen. Esa respuesta podría arrastrar nuevamente a la región a una guerra más amplia, con impacto inmediato sobre petróleo, transporte marítimo, inflación global y seguridad internacional.
La advertencia de Shekarchi apunta precisamente a ese escenario. El régimen iraní quiere convencer a Washington de que un nuevo ataque no será quirúrgico ni aislado, sino el inicio de una fase más peligrosa. Pero también sabe que su margen se redujo. Las operaciones previas dañaron capacidades militares, la presión económica se mantiene y el cierre o manipulación de Ormuz genera rechazo incluso entre países que no quieren alinearse plenamente con Estados Unidos.
Para Trump, la decisión es compleja. Si no actúa, puede ser acusado de permitir que Irán gane tiempo y preserve capacidades nucleares. Si actúa, corre el riesgo de una guerra prolongada, costosa y políticamente difícil de sostener. El presidente estadounidense ya enfrenta críticas internas por el costo de la campaña militar y por el uso de recursos estratégicos en Medio Oriente. Según reportes internacionales, el costo de la guerra contra Irán ya se mide en decenas de miles de millones de dólares.
La administración norteamericana también debe cuidar sus reservas de municiones, interceptores y sistemas defensivos. La guerra moderna contra Irán no se limita a bombardear instalaciones: implica defender bases, proteger aliados, interceptar drones, asegurar rutas marítimas y sostener presencia naval en una región de altísimo riesgo. Cada día de tensión consume recursos, logística y capital político.
Desde una mirada occidental y de seguridad, el punto central sigue siendo el mismo: Irán no puede convertirse en una potencia nuclear militar ni usar el terrorismo regional como escudo para negociar impunidad. La experiencia de las últimas décadas muestra que cada concesión no verificada permitió a Teherán ganar tiempo, financiar proxies y sostener una estrategia de presión permanente contra Israel, países árabes moderados y fuerzas estadounidenses.
La vía diplomática todavía no está completamente muerta, pero está debilitada. Para que funcione, Irán debería aceptar controles reales, garantías verificables y compromisos concretos sobre su programa nuclear y su conducta regional. Hasta ahora, según la lectura de Washington y Jerusalén, esas condiciones no aparecen sobre la mesa.
Por eso, la región vuelve a quedar suspendida entre dos escenarios: una negociación de último minuto o una nueva ola de ataques. Israel está listo. Estados Unidos prepara opciones. Irán amenaza con una respuesta devastadora. Y el mundo observa con preocupación porque cualquier chispa en Ormuz, Teherán, Líbano o el Golfo puede encender otra etapa de una guerra que nunca terminó del todo.
La decisión final quedará en manos de Trump. Si ordena reanudar las hostilidades, el objetivo será mostrar que Estados Unidos e Israel no aceptarán un acuerdo débil ni una tregua que deje intacto el corazón del programa nuclear iraní. Si demora, buscará mantener presión militar sin cerrar la puerta a una salida negociada. En ambos casos, el mensaje ya fue enviado: Irán vuelve a estar bajo amenaza directa y la paciencia occidental parece estar llegando a su límite.





