Moscú – 19 Junio 2026 – Total News Agency – TNA-. La economía rusa, que durante los primeros años de la invasión a Ucrania sorprendió por su capacidad para resistir sanciones, aislamiento financiero y presión militar, comienza a mostrar señales de agotamiento estructural. El gasto bélico, el deterioro fiscal, la caída de los ingresos petroleros, el encarecimiento de la deuda interna y la creciente dependencia de China colocan a Moscú frente a un escenario que analistas europeos ya describen como el posible “fin del juego” para la economía de guerra de Vladimir Putin.
A primera vista, Rusia todavía exhibe indicadores que podrían parecer sólidos: bajo desempleo, deuda pública reducida y años recientes de crecimiento superior al de varias economías europeas. Pero esa fotografía estática oculta una película mucho más preocupante. El PIB se estanca, la inflación sigue presionando, el déficit se ensancha, los colchones financieros se reducen y el petróleo —la fuente decisiva de divisas del Kremlin— empezó a caer tras el acuerdo entre Estados Unidos e Irán para reabrir el estrecho de Ormuz.
El diagnóstico más duro surge de un informe del Kiel Institute for the World Economy y del Stockholm Institute of Transition Economics, titulado “Endgame: The State of the Russian Economy”. El trabajo sostiene que, cuatro años después de la invasión a gran escala de Ucrania, la economía rusa no colapsó, pero sus bases estructurales “se erosionaron rápido” y los contornos de una verdadera fase final económica empiezan a aparecer.
Los economistas Torbjörn Becker y Moritz Schularick advierten que el crecimiento prácticamente se detuvo y que los amortiguadores fiscales fueron consumidos en gran medida. El informe señala que los aumentos temporales del precio del petróleo derivados de la guerra en el Golfo apenas ofrecieron alivios fiscales pasajeros, porque los ataques ucranianos contra infraestructura energética —a los que denomina “sanciones con drones”— afectaron volúmenes exportables y capacidad de refinación.
El texto base analizado también remarca que la economía rusa se contrajo 0,3% en el primer trimestre de 2026, pese a un aumento interanual del gasto público de 44% en marzo. El propio Gobierno ruso rebajó su previsión de crecimiento anual a apenas 0,4%, una cifra que los autores consideran incluso optimista por la escasez de mano de obra, los cuellos de botella productivos y las dudas sobre la fiabilidad de los datos oficiales.
El frente fiscal es uno de los puntos más delicados. Según datos citados por Interfax, el déficit presupuestario ruso trepó a 4,58 billones de rublos en el primer trimestre de 2026, equivalente al 1,9% del PIB, superando en apenas tres meses buena parte de los objetivos previstos para todo el año. Los ingresos totales cayeron 8,2% interanual y los ingresos por petróleo y gas se desplomaron 45,4%, hasta 1,443 billones de rublos.
La caída del petróleo agrava el cuadro. El acuerdo entre Washington y Teherán, que abrió la puerta a la normalización gradual del tráfico por Ormuz, llevó al Brent hacia una pérdida semanal cercana al 9%, con precios en torno a los US$79,61 por barril. Los bancos advierten que la recuperación completa de los flujos petroleros tomará meses, pero el mercado ya empezó a descontar más oferta y menos prima de guerra.
Para Rusia, cada dólar menos en el barril importa. El Kremlin necesita colocar su crudo con descuentos por las sanciones occidentales, depende de una flota paralela de petroleros para sortear restricciones y enfrenta ataques ucranianos que golpean refinerías, depósitos y puertos. Durante algunos meses, el encarecimiento del petróleo por la crisis de Irán funcionó como salvavidas. Ahora, con el precio en baja, ese salvavidas empieza a parecerse a una soga al cuello.
El problema se vuelve más serio porque los fondos de reserva ya no ofrecen el mismo margen. El Fondo Nacional de Riqueza, diseñado para amortiguar shocks petroleros, equivalía al 6,5% del PIB al comienzo de la guerra. Para abril de 2026, sus activos líquidos habían caído al 1,8% del PIB, según el análisis citado en el texto base. Los datos de mercado también muestran que los activos líquidos del fondo se redujeron a 3,62 billones de rublos en abril de 2026, desde 3,889 billones en marzo.
El Kremlin, cada vez más aislado de los mercados internacionales de capital, recurre a deuda interna para financiar la guerra. Aunque la deuda pública rusa sigue siendo baja en términos comparativos —en torno al 16,5% del PIB— el costo de sostenerla aumenta rápidamente. Cálculos citados por Bloomberg Economics estiman que Rusia deberá destinar al menos 15% del PIB al pago de intereses durante la próxima década, una carga equivalente a casi toda su deuda pública actual.
La combinación es peligrosa: deuda pequeña, pero cara; déficit creciente; ingresos petroleros débiles; y un Banco Central obligado a mantener tasas altas para contener la inflación. El Banco de Rusia llegó a llevar la tasa de interés al 21% a fines de 2024. Aunque luego la redujo, la tasa sigue en niveles reales positivos y restrictivos, alrededor del 14%, en un intento de frenar una inflación que se mantiene pegajosa en la zona del 5% al 6%.
Esa medicina monetaria encarece el crédito y asfixia a la economía civil. Mientras la industria militar absorbe recursos, mano de obra y financiamiento, sectores no bélicos enfrentan falta de inversión, costos financieros elevados y pérdida de productividad. El informe del Kiel Institute define esa situación como una mezcla insostenible de política fiscal expansiva y política monetaria restrictiva, típica de economías emergentes bajo estrés macroeconómico.
Otro punto sensible es la deuda oculta fuera de las cuentas oficiales. Según el análisis incluido en el texto base, la deuda empresarial aumentó en 34 billones de rublos desde el inicio de la guerra, aproximadamente el doble del déficit acumulado del Estado en el mismo período. Muchas empresas estratégicas sobreviven con crédito bancario, mientras crece el volumen de préstamos problemáticos y algunos grandes bancos se acercan a niveles preocupantes de capitalización.
La fragilidad también tiene una dimensión geopolítica: China. Lo que comenzó como una asociación estratégica contra Occidente se transforma cada vez más en una relación asimétrica. Beijing representa alrededor del 35% del comercio exterior ruso y, según el informe citado, suministra tres cuartas partes del aumento registrado en componentes militares críticos desde el inicio de la guerra. Rusia vende materias primas con descuentos y compra bienes chinos con márgenes elevados, en una relación donde el poder de negociación se desplaza de manera creciente hacia Pekín.
En la práctica, el país que pretendía desafiar el orden occidental corre el riesgo de convertirse en un proveedor cautivo de recursos para China, con menor acceso a tecnología occidental, menor capacidad de diversificación y una economía civil subordinada al esfuerzo militar.
La reapertura de Ormuz puede agregar otro giro estratégico. Si la crisis con Irán se calma, la guerra de Ucrania volverá a ocupar el centro de la agenda occidental. La administración Trump, que venía mostrando impaciencia por los escasos avances en las negociaciones con Putin, podría redoblar sanciones contra el complejo petrolero ruso, especialmente si el precio internacional del crudo cae lo suficiente como para reducir el costo político de endurecer medidas.
Analistas como Robin Brooks, de Brookings Institution, incluso plantean la posibilidad de avanzar contra la flota clandestina rusa de petroleros o imponer restricciones más agresivas al comercio marítimo de crudo. La idea es simple: si el bloqueo petrolero sobre Irán forzó a Teherán a negociar, una presión más contundente sobre las exportaciones rusas podría empujar al Kremlin hacia una negociación real.
El riesgo para Moscú no es necesariamente un colapso inmediato. Es algo más lento y, por eso mismo, más corrosivo: una economía militarizada que consume sus reservas, se endeuda caro, depende de China, pierde ingresos energéticos y sacrifica inversión civil para sostener una guerra sin final claro.
Algunos analistas comparan el escenario con un posible “momento Vietnam” para Rusia: una guerra prolongada que termina contaminando la economía, elevando la inflación, tensionando las cuentas públicas y abriendo una herida social difícil de cerrar. Rusia no es Estados Unidos en los años 70, y su sistema político reprime la protesta con mayor dureza. Pero incluso en sociedades apáticas o controladas, el deterioro económico acumulado puede convertirse en un factor político imprevisible.
La conclusión del informe europeo es contundente: la situación macroeconómica actual de Rusia “no es sostenible”. Con el Fondo Nacional de Riqueza reducido, la economía civil estancada, el sistema financiero bajo presión, la deuda encarecida y el petróleo en retroceso, la capacidad de Putin para sostener el esfuerzo bélico depende cada vez más de variables que no controla: precios internacionales, sanciones occidentales, ataques ucranianos, paciencia china y humor social interno.
Rusia no está quebrada. Pero el margen se estrecha. Y cuanto más se prolongue la guerra, más cerca estará Moscú de descubrir que la resistencia económica también tiene un límite.





