Kiev – 4 de julio de 2026 – Total News Agency – TNA – Ucrania volvió a llevar la guerra al corazón económico de Rusia con un nuevo ataque de largo alcance contra infraestructura petrolera en San Petersburgo, la ciudad natal de Vladimir Putin y uno de los principales centros industriales, portuarios y simbólicos del país.
El golpe alcanzó una terminal petrolera ubicada en el distrito Kirovsky, sobre el mar Báltico, y fue confirmado por autoridades rusas, que admitieron daños en instalaciones energéticas aunque intentaron minimizar el impacto operativo. Según el gobernador de San Petersburgo, Alexander Beglov, las defensas aéreas rusas derribaron decenas de drones ucranianos en la ciudad y en la región de Leningrado, aunque el ataque logró impactar objetivos vinculados al flujo de combustibles.
Desde Kiev, el presidente Volodimir Zelensky reivindicó la operación como parte de las denominadas “sanciones de largo alcance” contra la maquinaria bélica rusa. El mandatario sostuvo que las fuerzas ucranianas atacaron infraestructura portuaria petrolera que, según su gobierno, genera recursos para financiar la invasión. También señaló que hubo impactos sobre Kronstadt, una isla estratégica frente a San Petersburgo donde se encuentra una importante base naval rusa.
El ataque forma parte de una campaña cada vez más sistemática de Ucrania contra refinerías, depósitos, oleoductos, terminales marítimas y nodos logísticos de Rusia. A diferencia de las primeras etapas de la guerra, cuando Kiev concentraba sus respuestas en el frente terrestre y en objetivos militares inmediatos, la actual estrategia busca erosionar la capacidad económica, logística y energética del Kremlin desde la retaguardia profunda.
De acuerdo con datos difundidos por el Estado Mayor de las Fuerzas Armadas de Ucrania, los ataques acumulados contra la infraestructura petrolera rusa habrían dejado fuera de servicio cerca del 42,7% de la capacidad teórica de refinación del país. La cifra, publicada por medios ucranianos sobre la base del reporte militar, no fue verificada de manera independiente por fuentes rusas, pero coincide con evaluaciones occidentales que advierten un deterioro creciente del sistema refinador ruso.
El dato es significativo porque la refinación de crudo no solo abastece al mercado civil ruso. También sostiene la movilidad de blindados, camiones, generadores, aviación táctica, transporte ferroviario y maquinaria militar. En una guerra de desgaste, el combustible se convierte en un insumo tan sensible como la munición. Cada planta dañada, cada terminal incendiada y cada interrupción en la cadena logística obliga a Moscú a redistribuir recursos, reforzar defensas internas y asumir mayores costos de reparación y transporte.
La presión sobre el sector energético ruso ya había sido reconocida por fuentes de mercado. Un informe de Reuters indicó en mayo que casi todas las grandes refinerías del centro de Rusia habían detenido o reducido producción tras una serie de ataques ucranianos. La capacidad combinada de las plantas afectadas superaba los 83 millones de toneladas anuales, equivalente a aproximadamente una cuarta parte de la capacidad total de refinación rusa. Esas instalaciones representaban más del 30% de la producción rusa de nafta y cerca del 25% del diésel.
Entre las refinerías golpeadas en los últimos meses aparecen instalaciones estratégicas como Kirishi, en el oeste ruso; la refinería de Moscú; plantas en Nizhni Nóvgorod, Riazán y Yaroslavl; además de terminales y depósitos vinculados al transporte marítimo y fluvial. La refinería Kirishi, una de las mayores del país, con capacidad cercana a los 20 millones de toneladas anuales, había quedado totalmente paralizada desde comienzos de mayo, según fuentes citadas por Reuters.
El golpe contra San Petersburgo tiene, además, un fuerte componente político. No se trata de una zona fronteriza ni de una instalación aislada en regiones periféricas. Es la segunda ciudad más importante de Rusia, un centro portuario clave sobre el Báltico y un símbolo del poder ruso. Al llevar drones hasta esa región, Ucrania expone vulnerabilidades en la defensa aérea rusa y envía un mensaje directo: la retaguardia del Kremlin ya no está fuera del alcance de Kiev.
La respuesta pública rusa combinó reconocimiento parcial y relativización. Putin intentó presentar los ataques como incidentes “no críticos”, mientras la propaganda oficial buscó desplazar la atención hacia supuestos avances en el frente oriental ucraniano. Sin embargo, el volumen de drones empleados, la repetición de ataques contra refinerías y la necesidad de defender simultáneamente bases militares, depósitos energéticos y grandes ciudades revelan un desgaste creciente del dispositivo defensivo ruso.
Para Ucrania, la campaña contra el petróleo ruso persigue varios objetivos al mismo tiempo: reducir ingresos fiscales, complicar el abastecimiento interno, elevar el costo de la guerra, debilitar la logística militar y forzar al Kremlin a destinar sistemas antiaéreos lejos del frente. En la práctica, Kiev busca trasladar a territorio ruso parte de los costos que Moscú impuso durante años sobre ciudades, centrales eléctricas, puertos, redes ferroviarias y población civil ucraniana.
El nuevo ataque también ocurre en un momento de guerra prolongada, sin señales claras de negociación efectiva y con ambos países intentando modificar el equilibrio mediante presión militar y económica. Mientras Rusia mantiene su ofensiva terrestre en el este de Ucrania, Kiev apuesta a compensar la diferencia de tamaño y recursos con tecnología de drones, inteligencia de largo alcance y golpes selectivos sobre activos de alto valor.
La terminal petrolera de San Petersburgo se suma así a una lista creciente de blancos que muestran una evolución estratégica del conflicto: la guerra ya no se define únicamente por trincheras, artillería y avances territoriales limitados, sino también por la capacidad de destruir o paralizar los sistemas que permiten sostener el esfuerzo bélico. En ese terreno, el petróleo ruso se convirtió en uno de los objetivos prioritarios de Ucrania.





