Por Daniel Romero
El choque con Israel en Siria, el cierre progresivo del frente kurdo, la consolidación turca en el norte de Chipre, la doctrina de la “Patria Azul” y la construcción de una alianza defensiva con Pakistán y Arabia Saudita dibujan algo mayor que la política exterior personal de Recep Tayyip Erdogan. Turquía parece avanzar hacia una autonomía estratégica destinada a recuperar influencia sobre buena parte del antiguo espacio otomano. El interrogante para Occidente es inquietante: ¿qué ocurre cuando una potencia protegida por la OTAN comienza a construir un sistema de poder que podría terminar enfrentándose con intereses esenciales de la propia Alianza?
Buenos Aires – 29 de agosto de 2026 – Total News Agency – TNA – Durante décadas Turquía fue considerada uno de los grandes activos estratégicos de Occidente. Controlaba los estrechos que comunican el mar Negro con el Mediterráneo, contenía a la Unión Soviética, alojaba instalaciones militares estadounidenses, protegía el flanco sudoriental europeo y disponía de uno de los mayores ejércitos de la OTAN. Tal vez haya llegado el momento de preguntarse si aquello que Occidente consideró durante setenta años una pieza fundamental de su seguridad puede transformarse también en uno de sus grandes problemas futuros.
El interrogante no surge solamente de la personalidad de Recep Tayyip Erdogan, de sus frecuentes enfrentamientos con gobiernos occidentales o de su hostilidad creciente hacia Israel. Aparece cuando se observan simultáneamente varias piezas que, vistas de manera aislada, parecen episodios diferentes pero que juntas conforman un dibujo mucho más inquietante: Siria, los kurdos, Chipre, el Mediterráneo oriental, Libia, Qatar, Somalia, Pakistán, Arabia Saudita, la creciente industria militar turca y la doctrina conocida como Mavi Vatan, o “Patria Azul”. Detrás de todo ello emerge una Turquía que ya no parece conformarse con ser la frontera oriental de Europa y aspira a convertirse nuevamente en el centro político, militar y económico de un espacio que durante siglos estuvo organizado alrededor de Constantinopla.
Eso no significa que Erdogan tenga guardado en algún cajón un mapa con las antiguas fronteras del Imperio Otomano esperando reconstruirlas literalmente. Semejante interpretación sería demasiado sencilla. Lo que sí existe es una política visible de recuperación de influencia sobre antiguos espacios otomanos mediante presencia militar, comercio, infraestructura, religión, energía, inteligencia, industria de defensa y alianzas políticas. A esa concepción se la ha denominado repetidamente neo-otomanismo, aunque el verdadero problema para Occidente no reside en cómo se la denomine sino en el poder efectivo que Turquía está acumulando.
El episodio que encendió nuevamente las alarmas ocurrió en Siria. El 18 de agosto, aviones israelíes atacaron la base aérea siria de Abu al-Duhur después de que Israel afirmara haber detectado preparativos para un eventual despliegue militar turco que consideraría una amenaza directa para su seguridad. Ankara negó que proyectara instalar allí una base permanente, pero reconoció la existencia de cooperación militar con el nuevo gobierno sirio en materia de entrenamiento, transferencia de conocimientos y reconstrucción de capacidades militares. La escalada llevó al ministro israelí de Defensa, Israel Katz, a advertir públicamente a Erdogan contra lo que denominó “aventuras peligrosas en Siria”, mientras Turquía calificó los ataques israelíes como imprudentes y Estados Unidos comenzó a trabajar en mecanismos específicos de desconflicción para impedir que dos importantes potencias militares regionales terminen enfrentándose directamente sobre territorio sirio.
La dimensión histórica de semejante escenario resulta extraordinaria. Durante la década de 1990 Israel y Turquía fueron prácticamente socios militares: aviones israelíes utilizaban el enorme espacio aéreo turco para entrenamiento, Israel modernizaba aeronaves y blindados de Ankara y existía una profunda cooperación tecnológica, militar y de inteligencia. Treinta años después, Israel bombardea una instalación siria porque teme que allí pueda desplegarse el mismo ejército turco que alguna vez consideró un socio estratégico. Cuando gobernaba Bashar al-Assad, la preocupación israelí era que Irán y Hezbollah utilizaran Siria como plataforma avanzada contra su territorio; desplazado aquel sistema, Jerusalén observa ahora la posibilidad de que parte del vacío sea ocupado por una Turquía mucho más poderosa en términos convencionales, dotada de una Fuerza Aérea moderna, drones, marina, misiles, industria militar propia y, además, miembro de la OTAN.
En ese tablero, la cuestión kurda puede convertirse en una de las grandes llaves estratégicas. Durante cuatro décadas Turquía estuvo obligada a destinar enormes recursos militares, económicos y políticos al conflicto con el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), una insurgencia iniciada en 1984 que dejó más de 40.000 muertos. Pero la situación cambió radicalmente: en febrero de 2025, Abdullah Öcalan, histórico jefe encarcelado del PKK, pidió abandonar las armas y disolver la organización, y en mayo de ese año el grupo anunció el final de su lucha armada. Este agosto, el Parlamento turco avanzó además con instrumentos jurídicos destinados a establecer condiciones para el desarme y la reintegración de antiguos integrantes.
Al mismo tiempo ocurrió algo todavía más importante en Siria. Las Fuerzas Democráticas Sirias (SDF), cuyo principal componente militar era kurdo y que durante años constituyeron el gran aliado terrestre de Estados Unidos contra Estado Islámico, aceptaron integrarse en las nuevas estructuras estatales sirias. Ankara considera a las YPG, columna vertebral kurda de las SDF, una extensión siria del PKK y precisamente para impedir la formación de una entidad kurda autónoma continua sobre su frontera meridional intervino militarmente varias veces en Siria. Si Erdogan consigue simultáneamente neutralizar al PKK dentro de Turquía y eliminar una estructura militar kurda independiente al sur de la frontera, libera una cantidad considerable de recursos políticos y militares para proyectar poder hacia Siria, Irak, el Mediterráneo oriental y el mundo árabe.
Israel comprende perfectamente el valor estratégico de los kurdos. Durante décadas mantuvo relaciones estrechas con sectores kurdos, especialmente en Irak, dentro de la denominada doctrina de las alianzas periféricas, orientada a construir vínculos con pueblos y Estados no árabes situados alrededor de sus adversarios. Frente a una Siria crecientemente vinculada con Turquía, tanto los kurdos como los drusos pueden adquirir valor como contrapesos frente a un poder central excesivamente influido por Ankara. Desde la perspectiva turca, en cambio, Israel podría estar interesado en impedir la consolidación de una Siria centralizada, militarmente reconstruida y aliada con Turquía mediante el mantenimiento de importantes grados de autonomía de esas minorías. Las dos concepciones comienzan así a resultar incompatibles: Ankara necesita una Siria unificada y amistosa; Israel necesita que esa reconstrucción no coloque una nueva potencia militar hostil demasiado cerca de sus fronteras. Abu al-Duhur puede haber sido apenas la primera gran manifestación visible de esa colisión.
El otro gran mapa que Erdogan nunca perdió de vista es Chipre. Turquía controla militarmente el norte de la isla desde 1974 y allí funciona la denominada República Turca del Norte de Chipre, reconocida únicamente por Ankara. La actual política turca ya no se limita a buscar una reunificación negociada bajo los parámetros tradicionales: Erdogan sostiene abiertamente la fórmula de dos Estados y pretende convertir la división existente sobre el terreno en una realidad política internacionalmente aceptada. Todo indicaría una política consistente para consolidar definitivamente el territorio septentrional dentro de la esfera estratégica turca.
Chipre tampoco puede analizarse como una cuestión aislada. Forma parte de la competencia por el Mediterráneo oriental, sus recursos energéticos, rutas marítimas, cables submarinos y zonas económicas exclusivas, donde se cruzan los intereses de Turquía, Grecia, Chipre e Israel. Allí adquiere significado la doctrina de la Patria Azul, que considera amplios sectores marítimos circundantes como espacios esenciales para la seguridad y la soberanía turcas. Cuando se observan simultáneamente el norte chipriota, las disputas con Grecia, el acuerdo marítimo con Libia y la expansión naval de Ankara, la nostalgia otomana deja de parecer una simple cuestión retórica para transformarse en geografía estratégica.
Pero tal vez el movimiento que Occidente debería estudiar con mayor atención sea la construcción de un eje defensivo entre Turquía, Pakistán y Arabia Saudita, basado en una lógica de asistencia colectiva semejante conceptualmente a la que sostiene el Artículo 5 de la OTAN. La combinación es extraordinaria: Turquía aporta uno de los mayores ejércitos de la Alianza Atlántica y una industria militar que crece aceleradamente; Arabia Saudita aporta enormes recursos financieros y una capacidad gigantesca de adquisición de armamento; y Pakistán incorpora un elemento que ninguno de los otros posee: armas nucleares. El acercamiento despertó además interés en otros países musulmanes, entre ellos Bangladesh, y aunque todavía resulte prematuro describir esa estructura como una “OTAN musulmana”, sería igualmente imprudente ignorar el embrión de una arquitectura estratégica diferente, especialmente cuando uno de sus protagonistas pertenece simultáneamente a la verdadera OTAN.
Ahí aparece una cuestión jurídica y política que Bruselas tarde o temprano deberá estudiar. El Artículo 8 del Tratado del Atlántico Norte establece que sus miembros se comprometen a no asumir obligaciones internacionales incompatibles con el propio tratado. ¿Esto transforma automáticamente él entendimiento entre Ankara, Islamabad y Riad en incompatible con la OTAN? Habrá que verlo, pero plantea interrogantes formidables: qué ocurriría si Pakistán entrara en una guerra y reclamara asistencia militar turca, cómo reaccionaría Ankara si Arabia Saudita se enfrentara con un Estado respaldado por potencias occidentales o qué sucedería si una escalada entre Turquía e Israel terminara involucrando directamente fuerzas turcas desplegadas en Siria. Ya no se trata de hipótesis puramente académicas cuando Israel acaba de bombardear una instalación precisamente por la posibilidad de que Turquía proyectara allí presencia militar.
Occidente ya tuvo anteriormente una demostración del grado de autonomía estratégica que Erdogan está dispuesto a ejercer. Turquía compró a Rusia el sistema antiaéreo S-400 pese a las advertencias estadounidenses, y Washington respondió expulsándola del programa del caza F-35 e imponiendo sanciones por considerar que el sistema ruso podía comprometer tecnología sensible del avión más avanzado de la OTAN. Pocos aliados habrían podido atravesar una crisis semejante sin sufrir consecuencias mucho mayores, pero Turquía posee un recurso que Occidente necesita desesperadamente: geografía. Controla el acceso marítimo entre el Mediterráneo y el mar Negro, limita con Siria, Irak, Irán, Georgia, Armenia y Bulgaria, se encuentra frente a Ucrania y Rusia, aloja la estratégica base de Incirlik, posee decenas de millones de habitantes, enormes Fuerzas Armadas y una industria de defensa crecientemente autónoma que hasta ahora juega o ¿jugaba? a fovor de Occidente. Sacarla del sistema occidental resultaría extraordinariamente costoso, Erdogan lo sabe y esa certeza explica buena parte de su capacidad para jugar simultáneamente sobre múltiples tableros.
Ese punto permite comprender quizás el principal error conceptual que podría cometer Occidente: Turquía no necesita abandonar la OTAN para desarrollar un proyecto estratégico independiente. Incluso puede ocurrir exactamente lo contrario. La posición óptima para Ankara podría consistir en permanecer dentro de la Alianza, conservar la garantía occidental frente a amenazas exteriores, mantener interoperabilidad militar, beneficiarse del entrenamiento, inteligencia y tecnología atlántica, continuar siendo imprescindible para Europa y, simultáneamente, desarrollar sus propios aliados, sistemas de armas, bases, rutas energéticas y zonas de influencia. El resultado sería una potencia protegida por una alianza occidental pero no necesariamente alineada con Occidente en todos sus objetivos fundamentales.
Erdogan parece mirar, además, un mapa mucho más antiguo que la propia OTAN. El Imperio Otomano desapareció formalmente hace más de un siglo, pero la geografía sobre la que ejerció influencia continúa existiendo: Balcanes, Cáucaso, Siria, Irak, Mediterráneo oriental, Chipre, norte de África y península Arábiga. Turquía no necesita volver a colocar la bandera otomana sobre esos territorios para recuperar influencia sobre ellos. Las grandes potencias del siglo XXI no necesariamente conquistan provincias; pueden construir dependencias mediante bases, puertos, acuerdos de defensa, corredores energéticos, drones, servicios de inteligencia, empresas, redes religiosas, entrenamiento militar y gobiernos aliados. Un imperio moderno puede no necesitar gobernadores otomanos: le alcanza con disponer de suficiente influencia para que las decisiones relevantes tomadas alrededor de Turquía no puedan adoptarse contra Turquía.
Durante décadas, Occidente temió principalmente que Ankara terminara acercándose demasiado a Moscú. Quizás aquella preocupación fuera demasiado pequeña. El desafío mayor puede terminar siendo una Turquía que no pertenezca verdaderamente ni a Rusia ni a Occidente porque haya adquirido suficiente poder para organizar su propio espacio estratégico: capaz de hablar simultáneamente con Moscú y Washington, integrar la OTAN mientras desarrolla compromisos defensivos con Pakistán y Arabia Saudita, negociar con Europa mientras disputa espacios marítimos con Grecia y Chipre, combatir organizaciones kurdas respaldadas durante años por Estados Unidos e intervenir en Siria mientras Washington debe impedir que choque militarmente con Israel.
La paradoja resulta formidable. Occidente podría descubrir que el verdadero problema no era perder a Turquía, sino conservarla dentro de la OTAN mientras Turquía dejaba progresivamente de ser occidental en términos estratégicos. No estamos todavía ante un enemigo de la Alianza Atlántica y sería irresponsable afirmarlo; estamos ante algo quizá más difícil de administrar: un aliado poderoso cuyos intereses comienzan a recorrer caminos propios y que está acumulando herramientas militares, industriales, diplomáticas y territoriales suficientes para transformar esa autonomía en poder efectivo.
Por eso el ataque israelí contra Abu al-Duhur merece ser observado mucho más allá de Siria. Puede haber sido uno de los primeros episodios visibles de una confrontación regional mayor. Israel parece haber comprendido que, después de contener durante décadas la expansión iraní hacia el Mediterráneo, podría enfrentarse ahora a otra potencia interesada en ocupar parte del espacio dejado vacante. Pero existe una diferencia fundamental que cambia toda la ecuación: Irán estaba fuera del sistema occidental; Turquía está dentro. Y si alguna vez la expansión estratégica de Ankara entra abiertamente en contradicción con intereses esenciales de Europa, Israel o Estados Unidos, la pregunta ya no será solamente cómo contener a Erdogan, sino qué hace Occidente cuando la potencia que debe contener es, al mismo tiempo, uno de los ejércitos que juró defender.
Fuentes consultadas: Reuters; OTAN; antecedentes sobre Turquía, Israel, Siria, PKK, SDF, Chipre, Pakistán y Arabia Saudita.
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