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Se devela el misterio: Malvinas, Magallanes y Ushuaia, el tablero que Trump podría estar dispuesto a cambiar

1 septiembre, 2026
Se devela el misterio: Malvinas, Magallanes y Ushuaia, el tablero que Trump podría estar dispuesto a cambiar
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Por Daniel Romero

Las palabras de Donald Trump acerca de que Estados Unidos está revisando su posición sobre las Islas Malvinas pueden terminar siendo apenas otra manifestación de su imprevisible diplomacia personal o convertirse en el comienzo de una modificación geopolítica de enorme profundidad para la Argentina. Todavía no sabemos cuál de las dos posibilidades prevalecerá. Pero cometeríamos un error si analizáramos lo que está sucediendo exclusivamente desde la perspectiva de la histórica controversia entre Buenos Aires y Londres. Detrás de Malvinas aparecen el Atlántico Sur, la Antártida, China, el estrecho de Magallanes, el pasaje de Drake y una cuestión que las guerras de los últimos años devolvieron brutalmente a las mesas de planificación estratégica: qué ocurre cuando un estrecho se cierra y una buena parte del comercio mundial tiene que buscar otra ruta.

Trump confirmó el 31 de agosto que está revisando la posición estadounidense respecto de Malvinas, sin anticipar cuál será el resultado. No es un detalle menor. Meses antes había trascendido que dentro del Pentágono se había contemplado revisar la posición norteamericana como una de las posibles medidas de presión sobre el Reino Unido por diferencias relacionadas con la guerra contra Irán. Por eso resulta prematuro asegurar que Washington reconocerá la soberanía argentina, pero también parece ingenuo reducir las palabras de Trump a una improvisación sin consecuencias.

Conviene aclarar primero qué significa la tantas veces mencionada “neutralidad” estadounidense. Washington reconoce desde hace décadas que el Reino Unido ejerce la administración de facto de las islas, pero no reconoce la soberanía británica como una cuestión definitivamente resuelta ni adopta la reivindicación argentina. Su posición formal ha sido mantenerse neutral sobre las reclamaciones de soberanía y respaldar una solución pacífica mediante negociaciones. Documentos del propio Departamento de Estado son inequívocos al respecto: Estados Unidos reconoce la administración británica de facto pero no toma posición sobre las reclamaciones soberanas de ninguna de las partes. Esa diferencia jurídica y diplomática es fundamental.

Incluso durante la guerra de 1982, cuando Washington terminó auxiliando militarmente al Reino Unido, documentos posteriormente desclasificados muestran que la administración estadounidense diferenciaba su rechazo a la utilización de la fuerza de la cuestión de soberanía. Una directiva estratégica estadounidense posterior a la guerra establecía expresamente que Washington debía continuar neutral sobre la soberanía y favorecer negociaciones, mediación u otros mecanismos pacíficos.

Por eso Trump dispone de varios escalones antes de llegar al reconocimiento pleno de la soberanía argentina. Estados Unidos podría reafirmar con mucha mayor contundencia que existe una controversia pendiente; podría reclamar públicamente negociaciones entre Londres y Buenos Aires; podría ofrecerse como mediador; podría comenzar a respaldar posiciones argentinas en organismos internacionales o podría introducir una fórmula que reconozca determinados derechos históricos argentinos sin pronunciarse todavía sobre la soberanía definitiva. Cualquiera de esas alternativas modificaría el tablero después de décadas de inmovilidad.

Pero existe otra posibilidad que merece ser examinada: que Malvinas forme parte de una negociación estratégica mucho mayor entre Estados Unidos y la Argentina.

Washington está revisando su relación con América Latina en momentos en que considera a China su principal competidor global. La administración Trump observa puertos, minerales críticos, telecomunicaciones, satélites, pesca de altura, infraestructura energética y rutas marítimas bajo una misma lógica de competencia estratégica. Argentina, por su parte, posee una combinación extraordinaria: Vaca Muerta, litio, cobre, alimentos, una enorme plataforma marítima, acceso al Atlántico Sur y una de las principales puertas naturales hacia la Antártida.

La cooperación militar entre ambos países ya dejó de ser puramente protocolar. En 2026 se realizó Daga Atlántica, el primer ejercicio combinado de Fuerzas de Operaciones Especiales de Argentina y Estados Unidos en territorio nacional, con más de 350 efectivos involucrados. Paralelamente se ampliaron acuerdos logísticos y tecnológicos, incluida la posibilidad de abastecimiento recíproco de combustible y cooperación en sistemas aéreos no tripulados y contramedidas. Washington participa además en programas de modernización mediante Foreign Military Sales, dentro de los cuales aparecen los F-16 y otros sistemas destinados a recuperar capacidades argentinas deterioradas durante décadas.

Es allí donde Ushuaia entra en escena.

Durante demasiado tiempo los argentinos hemos observado esa ciudad principalmente como un destino turístico, una plataforma antártica o la capital de Tierra del Fuego. Para cualquier estratega naval, sin embargo, el mapa muestra otra cosa. Ushuaia está colocada junto al sistema de comunicaciones marítimas que vincula el Atlántico con el Pacífico por el extremo austral de América y frente a la proyección hacia la Antártida. La propia Armada Argentina define la importancia del Área Naval Austral por la custodia de los pasos bioceánicos y la proyección hacia el continente antártico. El Estado argentino caracteriza además al puerto de Ushuaia como un nodo estratégico para la logística antártica.

Aquí debemos observar lo ocurrido en el mundo antes de volver a mirar el mapa.

Más del 80 por ciento del comercio mundial por volumen se transporta por vía marítima. En pocos años vimos cómo una combinación de guerra, terrorismo, tensiones geopolíticas y fenómenos climáticos alteró sucesivamente el Mar Negro, el Mar Rojo, Suez y Panamá. Durante 2026, el cierre de Ormuz durante más de cien días produjo consecuencias sobre energía, alimentos, transporte y finanzas que continuaron incluso después de su reapertura. Naciones Unidas viene advirtiendo que la concentración del comercio mundial en un pequeño número de puntos de estrangulamiento constituye una vulnerabilidad sistémica.

La conclusión estratégica debería resultar evidente: los estrechos vuelven a importar.

Cuando Suez se vuelve peligroso, los barcos rodean África. Cuando Panamá pierde capacidad por sequía o eventualmente quedara inutilizado por una crisis militar, el comercio y las fuerzas navales necesitan alternativas. En el hemisferio americano, esa alternativa se encuentra en el extremo austral: estrecho de Magallanes, cabo de Hornos y pasaje de Drake.

No se trata de una especulación novedosa. La literatura estratégica naval estadounidense ha considerado durante décadas que la vulnerabilidad del canal de Panamá obliga a conservar una alternativa bioceánica austral. Estudios militares norteamericanos señalaron expresamente al estrecho de Magallanes como ruta sustitutiva ante una eventual interrupción de Panamá. Un análisis contemporáneo del Center for Strategic and International Studies calcula que una interrupción del canal podría obligar a determinadas rutas marítimas estadounidenses a sumar entre diez y veintidós días utilizando Magallanes, y recuerda que alrededor del 40 por ciento del tráfico estadounidense de contenedores atraviesa Panamá.

De pronto, Ushuaia deja de parecer una ciudad situada en el fin del mundo. Puede convertirse exactamente en lo contrario: un puerto situado frente a una de las regiones que conecta dos mundos.

Naturalmente, Ushuaia no controla el estrecho de Magallanes, que se encuentra bajo soberanía chilena. Esta precisión geográfica y jurídica es indispensable. Pero un sistema logístico, naval y aeronaval argentino moderno en Tierra del Fuego ofrecería proximidad inmediata al conjunto formado por Magallanes, cabo de Hornos, canal Beagle y pasaje de Drake. Es decir, a las alternativas australes para comunicar Atlántico y Pacífico y simultáneamente a la principal puerta sudamericana hacia la Antártida.

Para Estados Unidos existe, además, un componente adicional: China.

Una de las principales preocupaciones de Washington en América Latina es evitar que Beijing consiga posiciones capaces de proporcionar información, influencia o eventualmente servicios logísticos sobre infraestructuras críticas y corredores estratégicos. Esa preocupación alcanza al canal de Panamá, a los puertos sudamericanos, a las estaciones espaciales, a las telecomunicaciones y también a las enormes flotas pesqueras chinas que operan frente al Atlántico Sur. El Pentágono ha definido a Argentina como un actor relevante para la seguridad regional y sigue particularmente las actividades de las flotas de aguas distantes en la zona.

Imaginemos entonces otro escenario.

Una Argentina fuertemente asociada con Estados Unidos desarrolla, con financiamiento y tecnología norteamericana, un gran complejo portuario y logístico en Ushuaia. Ese complejo conserva íntegramente la soberanía argentina, pero dispone de capacidad de reparación, abastecimiento, combustible, vigilancia marítima, búsqueda y rescate, operaciones antárticas y eventualmente apoyo logístico interoperable con países aliados. Argentina obtiene infraestructura que necesita desesperadamente; Estados Unidos obtiene un socio confiable en uno de los vértices geográficos más importantes del hemisferio.

No sería necesario instalar una “base estadounidense”, expresión que inevitablemente generaría resistencia política y que ni siquiera constituye la fórmula más conveniente para nuestros intereses. Mucho más inteligente sería construir una gran base y puerto argentinos, financiados y equipados mediante cooperación estratégica internacional, capaces de brindar servicios logísticos a fuerzas amigas mediante acuerdos específicos y bajo jurisdicción nacional. Argentina fortalecería así su soberanía efectiva en el extremo austral en lugar de cederla.

Precisamente aquí aparece Malvinas.

Si Washington comienza a considerar a Argentina como socio fundamental para la seguridad del Atlántico Sur, los pasos bioceánicos australes y la proyección antártica, mantener indefinidamente una política que en la práctica congela la controversia de Malvinas puede empezar a resultar menos funcional para los intereses estadounidenses.

Durante décadas predominó otra ecuación. El Reino Unido era uno de los aliados militares más confiables de Washington y las islas ofrecían una extraordinaria plataforma británica en el Atlántico Sur. Estados Unidos podía permitirse la neutralidad jurídica porque estratégicamente el statu quo no le generaba inconvenientes. La pregunta que debería formularse hoy es si esa ecuación está comenzando a cambiar.

Argentina podría ofrecer algo que Londres no puede ofrecer desde Malvinas: territorio continental sudamericano, proximidad simultánea a los dos océanos, acceso terrestre y aéreo, recursos energéticos y minerales, infraestructura sobre el continente, asociación regional y una extensa fachada sobre el Atlántico Sur.

Eso no significa que Washington vaya a sacrificar su histórica relación con Gran Bretaña. Sería una conclusión demasiado apresurada. Pero Trump ha demostrado que concibe las alianzas de una manera transaccional. Para él, las relaciones históricas pesan menos que la utilidad presente. Si considera que Londres no acompaña suficientemente determinados objetivos estadounidenses y que Buenos Aires puede convertirse en una pieza útil para contener a China en Sudamérica, Malvinas podría adquirir valor como instrumento de negociación.

Existen entonces varios escenarios. El más espectacular sería un reconocimiento estadounidense de la soberanía argentina, aunque parece también el más difícil por el impacto inmediato sobre Londres. Más probable sería una política escalonada: reconocimiento inequívoco de la existencia de una disputa, exhortación a negociar, mediación estadounidense y presión diplomática creciente sobre el Reino Unido. Una tercera posibilidad consiste en que no exista inicialmente ninguna modificación jurídica sustancial, pero sí un acuerdo estratégico mucho más amplio con Argentina que fortalezca su posición internacional y modifique gradualmente la relación de fuerzas en el Atlántico Sur.

No debe descartarse tampoco que Trump utilice el tema simplemente como mecanismo de presión sobre los británicos y luego retroceda. Argentina debe contemplar esa eventualidad porque una política exterior seria no puede construirse sobre simpatías personales ni sobre declaraciones circunstanciales de ningún presidente extranjero.

La oportunidad, sin embargo, existe.

Argentina debería evitar la tentación de pedir solamente una declaración sobre Malvinas y aprovechar esta ventana para plantear algo mucho más ambicioso: una política integral del Atlántico Sur.

Eso significa recuperar capacidades navales y aéreas, desarrollar Ushuaia, fortalecer la presencia antártica, vigilar nuestra Zona Económica Exclusiva, explotar responsablemente nuestros recursos, aumentar la cooperación con Chile sobre los pasos australes, construir infraestructura logística y convertir al extremo sur argentino en un nodo que resulte indispensable para Occidente.

Hay además una dimensión particularmente interesante en la relación con Chile. El estrecho de Magallanes pertenece a Chile y cualquier arquitectura seria de seguridad marítima austral debería incluir a Santiago. Argentina y Chile ya realizan desde hace más de dos décadas la Patrulla Antártica Naval Combinada, demostrando que existe una base concreta para ampliar la cooperación. Una coordinación estratégica entre Argentina, Chile y Estados Unidos podría ofrecer a Occidente una estructura de seguridad y asistencia marítima alrededor del extremo austral sin alterar soberanías nacionales. El papael de Estados Unidos en la región se fortaleceria dentro de una misma estructura “Las Americas”.

La geografía, tantas veces considerada una condena argentina, podría finalmente convertirse en un activo.

El mundo de 2026 está aprendiendo nuevamente una antigua lección naval: quien domina exclusivamente las rutas más cortas puede quedar prisionero de ellas cuando comienza una guerra. Suez, Ormuz, Bab el-Mandeb y Panamá han demostrado distintas formas de vulnerabilidad. Cuando esas puertas se cierran o se vuelven inseguras, los mapas se agrandan y reaparecen rutas que parecían secundarias.

Entonces vuelven Magallanes, el cabo de Hornos y Drake.

Y junto a ellos aparecen Tierra del Fuego, Ushuaia, la Antártida y Malvinas.

Por eso quizás la pregunta más importante no sea solamente qué anunciará Javier Milei el jueves ni si Donald Trump cambiará una frase de la diplomacia estadounidense. La verdadera cuestión es si estamos frente al comienzo de una transformación de la arquitectura estratégica del Atlántico Sur.

Si así fuera, Argentina tendría delante suyo una oportunidad excepcional. No debería limitarse a contemplarla ni cambiar soberanía por favores. Debería hacer exactamente lo contrario: utilizar su extraordinaria posición geográfica para acumular poder nacional, infraestructura, alianzas y capacidad de negociación.

Porque en geopolítica los mapas no cambian.

Lo que cambia, repentinamente, es el valor de cada lugar que aparece en ellos.

Fuentes consultadas: Departamento de Estado de los Estados Unidos; Reuters; Ministerio de Defensa de la República Argentina; Armada Argentina; Agencia Nacional de Puertos y Navegación; UNCTAD; U.S. Naval Institute; Center for Strategic and International Studies.

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