Por RR
Navitas y Rockhopper aseguran que seguirán adelante con una inversión superior a los US$2.000 millones pese a las nuevas sanciones argentinas, aunque perforar frente a Malvinas puede resultar hasta catorce veces más caro que hacerlo en Vaca Muerta. La decisión abre una pregunta inevitable: si las petroleras existen para ganar dinero, ¿qué rentabilidad esperan obtener para asumir semejante costo y riesgo? El interrogante cobra mayor dimensión después de que SLB, Halliburton y Baker Hughes, tres gigantes mundiales de servicios petroleros, cerraran la puerta a cualquier participación en las islas. ¿Sea Lion es una operación a medida de Malvinas, solo con el fin de perpetuar la invasión de Reino Unido?
Buenos Aires – 7 Septiembre 2026 – Total News Agency – TNA-Hay una pregunta económica que comienza a sobrevolar el proyecto Sea Lion y que las declaraciones de sus operadores no terminan de disipar: ¿por qué una compañía petrolera invertiría miles de millones de dólares para extraer crudo en una región remota, sometida a una disputa internacional de soberanía y donde perforar un pozo puede costar hasta catorce veces más que en Vaca Muerta, cuando existen en el mundo alternativas geológicamente atractivas, más accesibles y políticamente menos expuestas?
La cuestión tomó otra dimensión después de que el presidente Javier Milei endureciera las sanciones contra las empresas que intervengan en la explotación de hidrocarburos alrededor de las Islas Malvinas. El proyecto está encabezado por la israelí Navitas Petroleum, con el 65%, y la británica Rockhopper Exploration, con el 35%, que ratificaron su intención de mantener el cronograma y producir el primer barril durante 2028. Sea Lion ya superó la decisión final de inversión y su primera etapa contempla alrededor de US$2.100 millones hasta completar el desarrollo, una señal de que las compañías consideran que existe allí un negocio suficientemente importante como para justificar la exposición financiera y política.
Pero la comparación de costos resulta difícil de ignorar. Según estimaciones del sector recopiladas en la Argentina, perforar un pozo en Vaca Muerta demanda aproximadamente US$10 millones a US$20 millones, mientras que un pozo offshore de las características requeridas frente a Malvinas puede costar entre US$70 millones y US$140 millones. Distancia, logística marítima, infraestructura, clima y operación en un territorio cuya soberanía está en disputa explican buena parte de esa diferencia.
La aparente contradicción tiene, sin embargo, una explicación económica que permite entender por qué Navitas y Rockhopper continúan apostando al proyecto. El costo de perforación de cada pozo no equivale por sí solo al costo de producir cada barril durante toda la vida del yacimiento. Sea Lion contiene una enorme masa de recursos recuperables y está diseñado para producir durante décadas mediante una infraestructura que, una vez instalada, distribuiría la inversión inicial sobre cientos de millones de barriles.
Los números utilizados por Rockhopper muestran con claridad cuál es la apuesta empresarial. La compañía calculó anteriormente para el desarrollo un costo de capital inferior a US$10 por barril y costos operativos inferiores a US$20 durante la vida del proyecto, y estimó un punto de equilibrio de producción cercano a US$24 por barril para determinadas fases. También proyectó para la sociedad integrada con Navitas un valor presente neto superior a US$4.000 millones con un Brent de US$77. Es allí donde aparece la respuesta parcial al interrogante: las empresas creen que el enorme desembolso inicial puede transformarse después en una explotación altamente rentable si mantienen volumen, producción prolongada y precios internacionales suficientes.
Sea Lion tampoco se plantea como una sola inversión gigantesca ejecutada simultáneamente. El desarrollo fue dividido en etapas. La primera prevé 11 pozos submarinos conectados a un buque flotante de producción, almacenamiento y descarga —FPSO— con capacidad aproximada de 55.000 barriles diarios. Una segunda fase incorporaría otros doce pozos, mientras Navitas estudia desarrollos posteriores capaces de elevar significativamente la capacidad total del complejo. Esa secuencia permite repartir capital, comenzar a recuperar inversiones y financiar ampliaciones con el propio flujo del yacimiento.
El problema para las compañías es que la ecuación ya no depende exclusivamente de geología, precio del petróleo y eficiencia técnica. La decisión de Milei agregó un costo potencial que difícilmente pueda expresarse simplemente en dólares por pozo: el acceso a los grandes proveedores internacionales.
SLB —la antigua Schlumberger—, Halliburton y Baker Hughes, tres de las empresas de servicios petroleros más poderosas del planeta, comunicaron que no participarán de actividades hidrocarburíferas en Malvinas ni en sus aguas circundantes. Las tres tienen operaciones e intereses considerablemente mayores en la Argentina continental que los que podría ofrecer Sea Lion y optaron por preservar esas posiciones. Ninguna participaba actualmente del proyecto, pero su decisión elimina la posibilidad de recurrir a ellas para futuras contrataciones y constituye una primera demostración concreta de hasta dónde puede llegar la capacidad de presión argentina.
Ese punto puede resultar más importante que una sanción administrativa aislada. Un desarrollo offshore necesita tecnología de perforación, terminación de pozos, infraestructura submarina, mantenimiento, logística y equipos altamente especializados. Cuanto menor sea el universo de grandes contratistas dispuestos a trabajar, mayor puede ser el costo exigido por quienes sí acepten hacerlo y mayor también el riesgo técnico que deberá asumir el operador.
La documentación disponible muestra otro elemento llamativo. De cuatro grandes contratos vinculados con la primera etapa, sólo aparece públicamente identificada como contraparte Bluewater Energy Services, propietaria del FPSO Aoka Mizu, mientras las contrapartes de los contratos de perforación, servicios de terminación e infraestructura submarina no fueron identificadas públicamente en la información recopilada. ¿Las empresas aún no identificadas poseen operaciones en la Argentina continantal?
Y allí aparece el verdadero frente de batalla económico abierto por Buenos Aires. Sea Lion puede resultar rentable sobre una planilla financiera aun con enormes costos individuales de perforación porque la escala de reservas distribuye esos desembolsos durante décadas. Pero esa ecuación presupone acceso continuo a capital, tecnología, buques, aseguradoras, contratistas, proveedores y mercados internacionales. Cada compañía que decida privilegiar sus negocios en la Argentina continental antes que participar en Malvinas modifica esa ecuación.
Además, la dimensión estratégica de Sea Lion no debe confundirse con la de los grandes gigantes petroleros offshore. Su producción inicial prevista, de unos 50.000 a 55.000 barriles diarios, resulta pequeña frente a proyectos de Brasil, Guyana, Arabia Saudita o Noruega. Pero para una población inferior a 4.000 habitantes en las islas tiene otra dimensión: distintos cálculos proyectan ingresos fiscales por miles de millones de dólares durante varias décadas, capaces de modificar profundamente su estructura financiera. Entonces.
Por eso la insistencia de Navitas y Rockhopper probablemente deba observarse desde dos perspectivas simultáneas. Existe un negocio petrolero que las compañías consideran rentable y al que ya destinaron capital, compromisos financieros y años de preparación; pero también existe una explotación que podría proporcionar a la administración británica de las islas una fuente extraordinaria de ingresos y consolidar económicamente su presencia en un territorio cuya soberanía pertenece Argentina y ahora lo reclama también, via sanciones.
Las sanciones anunciadas por Milei apuntan precisamente a alterar la primera de esas ecuaciones para afectar la segunda. Si SLB, Halliburton y Baker Hughes concluyeron que Sea Lion no justifica poner en riesgo negocios mucho mayores en la Argentina, Navitas deberá demostrar ahora que puede conseguir capital, tecnología y proveedores suficientes para que un proyecto a 220 kilómetros de Malvinas, sometido a creciente presión argentina y con una inversión multimillonaria, continúe ofreciendo el beneficio económico que prometió a sus accionistas.
Fuentes consultadas: Navitas Petroleum; Rockhopper Exploration; Reuters; SLB; Halliburton; Baker Hughes; Agencia Noticias Argentinas; información sectorial y documentación económica del proyecto Sea Lion.
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