
La revolución de la imprenta llevó, entre otras tantas cosas, a liberar la lectura del control de la Iglesia y en cierto modo del Estado. Nacido en Bassiano, una villa de los Estados Pontificios, en 1451, Aldo Manuzio (Manucio, en la grafía moderna), a los 18 años fue a ver el trabajo de los impresores de libros y quedó fascinado, quiso hacer eso. Como maestro había sido tutor de los príncipes de Capri y Alberto Pío, uno de ellos, le dio el lugar y el dinero para comenzar un taller de impresión. Manuzio a partir de ahí tuvo que competir con los otros talleres que se dedican a la “attivita di stamperia”, a imprimir libros. Manuzio contaba con una generosa educación en latín y griego en Roma y Ferrara, algo que lo llevó a transformar el mundo de las publicaciones, creando el nicho de las que dan valor tanto al autor como a la obra, y buscan hacer del libro un objeto artístico, teniendo el libro de principio a fin a su cuidado. Con “El sueño de Polifilo” publicó con sus 200 grabados, la primera novela gráfica. Manuzio inventó la profesión del editor moderno (como lo señala Ana Mosqueda, protectora de esta edición) convirtiéndose en el primer editor de culto, a quien Erasmo, entre otros, buscó para que publicara sus obras. Empezó dirigiéndose a un público selecto con clásicos griegos cuando no habían entrado en circulación. Hizo del prólogo un lugar de encuentro con quien abría sus libros, abriendo lo que Tiziana Plebani denomina “un pacto con los lectores”. Allí les cuenta por qué eligió esa obra, las peripecias de su impresión, se lamentó de los problemas económicos y sus proyectos. El humanista renacentista estableció un diálogo abierto. Esto hizo que, por caso, Bartolomeo d’Alviano lo animara a imprimir obras en formato menor para tenerlas a mano más fácilmente durante las campañas militares, lo que llevó a Manuzio a inventar (500 años atrás) el libro de bolsillo, como antes había inventado el marketing editorial, teniendo en cuenta su público objetivo y cómo estimular la demanda. Cuando se casó con la hija del tipógrafo y editor Andrea Torresano, que había mutado en inversor, se convirtió en su socio e hizo, a disgusto de Manuzio, de la editorial una empresa con el foco puesto en el negocio. Aun así el hijo de Manuzio, ya como director, buscó mantener la impronta aldeana del lema “Festina lente” (apúrate lentamente). Las cartas prologales de Manuzio muestran al humanista que busca “publicar buenos libros para perfeccionamiento de los estudios y de las cualidades humanas” y al renacentista capaz de hacer que filosofía y literatura se vuelvan, a la vez, objeto de culto y producto de mercado.





