
Mariana Travacio: Lo que me pasa es que esas voces me reclaman. Esta novela empezó porque un día leí una entrevista a una maestra rural que tenía el fraseo que ahora tiene Lina, la protagonista de “Quebrada”. Me enamoré de la cadencia, de la gramática de esa voz, y como siempre me ocurre empecé tirando del hilo de esa voz y surgió la historia. Cuando se tiene la voz de un personaje se tiene todo, cómo es, cómo puede pensar, las cosas que puede hacer, Borges dice que cuando se tiene la voz se tiene su destino. En lo que escribo la gramática de las voces, el modo de hablar, me lleva a construir determinados universos y no otros.
P.: Por la forma de sus relatos se la relaciona con Rulfo, pero también se lo podría hacer con Cormac McCarthy o Coetzee.
M.T.: Ocurre que se establecen como mapas. Uno escribe porque establece un diálogo con cosas que uno ha leído, y las relaciones terminan siendo inevitables porque las lecturas terminan quedando como un murmullo en la cabeza. Y cuando se está componiendo una historia, un personaje, un universo, aun inconscientemente se va sirviendo de todos esos murmullos, de todas esas lecturas que a uno le quedaron.
P.: “Quebrada” comienza con dos búsquedas amorosas, la de una madre por su hijo, la del marido por su mujer.
M.T.: Hay una corriente amorosa que los impulsa a moverse. Relicario, el marido de Lina, se enfrenta al dilema de cómo respetar el mandato de que a los muertos no se lo deja, no se los puede abandonar, se habla con ellos, y el deseo de salir en busca de su mujer. Lina hacía catorce años que quería dejar esa tierra seca de la Quebrada, salir a encontrar a su hijo que ya hacía catorce años que se había ido a buscar fortuna con el tío, y si no lo hacía era porque Relicario no la acompañaba, hasta que se decide, bueno, me voy sola. Y después que se va Relicario se da cuenta que sin Lina no puede vivir, pero cómo hace con el mandato de los muertos. Hay en lo que hacen un tinte de fatalidad; atienden a sus circunstancias pero terminan haciendo lo único que pueden hacer.
P.: Desde Platero no había un burro tan bueno como Jumento, un burro nada burro.
M.T.: Jumento apareció tímidamente y empezó a ganar territorio. Don Amancio, que es al que Relicario le vende el rancho con todas sus cosas, a cambio de plata y un burro, le dice vos dejalo que él sabe encontrar el camino. Eso de “el burro sabe, encuentra por dónde ir” lo escuche cuando chica en el campo. Ahí Jumento empezó a tomar protagonismo en su vínculo con ese Relicario que me da ternura cuando piensa si Lina no lo va a retar porque cambió el rancho por un burro y unos pesos para salir a buscarla.
P.: “Quebrada” comienza con las vicisitudes de una búsqueda filial para finalmente convertirse en un western y en una tragedia.
M.T.: Al llegar al final de la historia pensé que con esa gente se estaba yendo de una tierra yerma, que en realidad los estaba expulsando, se estaba planteado el tema de las migraciones, de los desplazamientos humanos, que a veces son tan infaustos porque se van dejando atrás los muertos, las tradiciones y la cultura del punto de partida, y acomodándose a lo nuevo que se va presentando por el camino, lo que impone un gran esfuerzo. En la segunda parte reaparece el tema de qué hacemos con los cuerpos de nuestros muertos. El Tala, el hijo de Lina y Relicario, siente un gran amor por ese tío, Ramos, el hermano de Lina, que lo llevó a buscar un destino mejor, y que un día se lo traen convertido en cadáver. Y ahí surge en el Tala como un impulso el mandato de hombría, del culto del coraje, de jugarse la vida, como decía Borges.
P.: En su emigrar Lina y Relicario encuentran la solidaridad de gente como ellos.
M.T.: Es que las migraciones llevan a familias desmembradas. En la novela alguien dice que ahí las familias se descomponen como el tiempo y se arman con lo que hay a mano. Es clave el aspecto comunitario. Ellos se van armando de afectos con el que le da una mano, con el vecino, y esa termina siendo tu familia. La comunidad que te rodea va cumpliendo funciones de madre, de padre, de lo que se va pudiendo. Es que uno va viendo cómo rellenar las carencias, y las va cubriendo con lo que hay, con lo que se va encontrando, porque hay necesidad del otro para subsistir. Pero también están los malos, los menos solidarios, los violentos Sosa, los Gamboa que le prendieron fuego a todo, de ahí la locura de los Loprete, esa familia de estancieros que ya estaba en “Como si existiese el perdón”. Yo siempre me pregunto quienes estaban más locos en esa familia, si los locos o los sanos violentos por igual. Me conmueve la locura, por eso de “la nave de los locos”, de que el loco es el que hay que apartar, el que termina como en un mundo paralelo, pero hay que vivir en ese campo donde viven los Loprete y no enloquecer. Esos Loprete que aprestan los caballos y vuelven a armar una partida para un enfrentamiento vindicatorio.





