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El rompecabezas chino, Joe Biden y la Unión Europea

1 enero, 2021
El rompecabezas chino, Joe Biden y la Unión Europea
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Martin Wolf, analista destacado del Financial Times, años atrás definió a China como una “superpotencia prematura”. Una serie de circunstancias habrían adelantando el lugar de prevalencia de la República Popular pero sin consolidar o madurar los cimientos necesarios para estar en ese sitio. Atento a los impactos geopolíticos de la actual pandemia y los resultados magros de la guerra comercial con EE.UU., ese concepto posiblemente haya ya perdido rigor. Por Marcelo Cantelmi

China ha sido omnipresente en este 2020 aunque no solo debido a la peste del coronavirus cuyo origen se atribuye en Wuhan de donde se habría transmitido al mundo. El final del año indica que esos dos protagonistas, la enfermedad y la potencia asiática, seguirán centralizando el escenario hacia adelante, aunque por razones muy diferentes. Al revés de lo que hubiera podido suponerse apenas meses atrás, la República Popular llega a este enero de 2021 como uno de los pocos ganadores del drama que ha estremecido al mundo. Esa condición determina el lugar que pretende o que definitivamente ocupará en el escenario mundial tras el cambio de poder en EE.UU. el otro polo de la transformación geopolítica que sobrevendrá en los próximos meses.

Hay tres episodios en estas horas, encadenados también por la pandemia, que conviene observar. Uno refiere al adelanto de los tiempos de desarrollo y hegemonía de la potencia asiática a caballo de las asimetrías que trajo la enfermedad. Otro, el escalamiento de la represión del régimen de Xi Jinping, ignorando premeditadamente la protesta mundial, con el caso significativo del arresto de la periodista Zhang Zhan. Por último, el histórico abrazo que la Europa alemanizada acaba de coronar con un acuerdo de inversiones sin precedentes con la potencia asiática.

El primero asunto de esa lista lo detectó, entre otros, el Centro de Investigación Económica y Empresarial, un potente instituto con sede en Londres, que determinó que China superará a EE.UU. como la principal economía global en apenas siete años, mucho antes de lo previsto. Lo atribuyen a que el Imperio del Centro concluye el 2020 con un crecimiento estimado de 2%, la única economía importante con avances en su PIB. Al revés, EE.UU. se contraerá alrededor de 5% lo que permitirá a Beijing acortar la brecha. Un dato significativo de esa evaluación lo brinda el hecho de que la República Popular ya superó a Norteamérica en el tercer trimestre de este año como el mayor socio comercial de la Unión Europea.

Esa condición es la que le da sentido al pacto anunciado este último miércoles entre el bloque europeo y la República Popular impulsado firmemente por la alemana Ángela Merkel para dejarlo atado antes de que finalizará, este 31 de diciembre, su presidencia rotativa de la UE. Una cuestión temporal que revelaría que no se pretendió ignorar tajantemente a EE.UU. y sobre todo a su inminente presidente Joe Biden como todo indica que ha sucedido. En cualquier caso el episodio confirma que la relación atlántica está dañada y requerirá tiempo para suturala aunque difícilmente vuelva a los niveles previos a la campaña anti europea de Donald Trump. Pero, además, es una constatación de que EE.UU. no es hoy lo que era, aunque la UE diste mucho de constituir lo que algunos de sus dirigentes suponen, una superpotencia autónoma entre los dos gigantes.

El convenio sino-europeo tiene ventajas únicas para las dos partes. Le brinda a Beijing un aliado significativo y pragmático para sus desarrollos tecnológicos y estratégicos como la Ruta de la Seda. Del otro lado, anula la obligación de asociaciones mixtas con firmas chinas para las empresas europeas que inviertan en la República Popular; se amplía el criterio de propiedad intelectual y aumenta en la agenda la cuestión de los subsidios estatales que facilitan la competencia de las empresas chinas. Pero, esencialmente, le abre a los europeos el inmenso mercado chino donde el consumo, según cálculos de Goldman Sachs, explicará este año que comienza más de la mitad del pbi nacional: unos 8,4 billones de dólares respecto a un producto de 15,6 billones.

Este acuerdo es el segundo de gran envergadura que ha coronado el imperio chino en las últimas semanas de este dramático 2020, fuera, por cierto, de la renovación del polémico pacto con El Vaticano. En noviembre Beijing puso en marcha la Asociación Económica Integral Regional (RCEP), el convenio de libre comercio más importante del mundo, que une a 15 naciones del Asia Pacífico que reúnen el 30% de la economía global. Fue la síntesis más acabada del rediseño del mapa geopolítico. Ese espacio lo lideraba EE.UU. con el llamado Acuerdo Transpacífico del que se alejó Trump en 2017. Beijing, que no estaba en aquel pacto, dejó ahora a EE.UU. fuera de esta enorme máquina de generar riqueza.

Biden descarta recuperar esa iniciativa. Sabe que lograr apoyo de un Senado posiblemente con dominio republicano para un acuerdo multilateral sería una misión imposible. China tiene aliados inverosímiles en el Capitolio. Pero Biden sí está dispuesto a reconstruir los puentes con Europa y buscar hablar con una única voz para reconfigurar el vínculo con China. Tiene una urgencia comprensible. Los últimos años de insularidad y abdicación geopolítica de EE.UU., junto al culebrón de Trump negando haber perdido las elecciones y petardeando la democracia norteamericana, han envalentonado al comunismo chino que se considera impermeable a las presiones internacionales.

El caso de Zhang, condenada a cuatro años con cargos absurdos por informar lo que realmente sucedía en Wuhan al inicio de la pandemia es un ejemplo de ese comportamiento que se suma a la presión sobre Hong Kong o la represión de la minoría uigur en la provincia de Xinjiang. Como señala en Foreign Affaires, Michéle Flournoy, viceministra de Defensa en la gestión de Barack Obama, “cuanto mayor es la confianza del liderazgo chino en sus propias capacidades, mayores son las dudas que abriga sobre la capacidad y resolución de EE.UU.”.

Esa dinámica, donde la potencia emergente ve como decadente a la que todavía rige, merodea una zona de riesgo muy peligrosa. “Un error de cálculo estratégico podría llevar a los líderes chinos a concluir que deberían –por ejemplo- avanzar sobre Taiwan, y constituir un hecho consumado que un EE.UU. debilitado y distraído tendría que aceptar“, advierte la ex funcionaria.

Estos factores, junto con el crecimiento económico y por lo tanto político de la potencia, es lo que convierte a China en el principal rompecabezas con el que deberá lidiar Biden. Flournoy, plantea la necesidad de edificar una disuasión que convenza al liderazgo chino de que EE.UU. no solo cuenta con “la capacidad de aplastar cualquier agresión sino, además, que existe la voluntad para hacerlo. Hoy Beijing duda de ambos aspectos”.

La guerra entre China y Estados Unidos no es comercial aunque se la estableció en esos términos con el saldo de un extraordinario sobrecosto en los bolsillos de los norteamericanos. Según un informe de Fortune, las empresas estadounidenses desembolsaron hasta 46 mil millones de dólares para fines de 2019 por los gastos generados por los aranceles. Pero hay datos peores. Bloomberg Economics estimaba recientemente que la guerra comercial, aparte de la pandemia, recortó este 2020 unos 316 mil millones de dólares a la economía norteamericana.

La guerra que tenido esos costos y escasas ganancias, ha sido en realidad por la supremacía tecnológica. “El partido comunista chino comprendió que la tecnología es el camino del poder”, advertía hace un par de meses The Economist. Occidente reniega de la iniciativa “made in China 2025”, una gigantesca estructura china de apoyo estatal para el desarrollo de semiconductores, robótica, super computadoras, inteligencia artificial y telecomunicaciones.

Lorand Laskai, investigador del Consejo de Relaciones Exteriores, sostiene que el objetivo del programa “no es tanto unirse a las filas de economías de alta tecnología como Alemania, EE.UU. Corea el Sur y Japón, sino reemplazarlas por completo”. Made in China 2025 existe para lograr la autosuficiencia mediante la sustitución de tecnologías y ser la superpotencia que domine el mercado global en industrias críticas. Una pesadilla para EE.UU.

Biden apuesta al poder económico de su país junto a sus aliados para limitar las pretensiones chinas, como propone en su célebre articulo Why America Must Lead Again. El demócrata, aunque mantendrá por ahora los aranceles contra China, afirma que a diferencia de Trump tiene una estrategia para no solo fingir dureza. En parte se trata de un fondo de 300 mil millones de dólares para la investigación y el desarrollo junto a otro paquete de 400 mil millones para estimular la producción local de suministros críticos y de alto valor, como equipos médicos, hardware de telecomunicaciones 5G y vehículos eléctricos.

​El propósito es que EE.UU. no sea dependiente de China, un desacoplamiento que modere la formidable interacción de su país con la economía asiática. Pero eso significará aumento de impuestos para la inversión en esos rubros, y por supuesto el alza del costo de los productos que reemplazaría a los que le provee el gigante asiático. Una política difícil y sin claridad de resultados que dependerá de la calidad de las alianzas que pueda reconstruir EE.UU. China, entre tanto, se prueba las ropas para volver a ser lo que fue durante siglos.

Fuente Clarin

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