Por Nicolás J. Portino González
La situación en Brandsen 805 ha dejado de ser una cuestión de fútbol para transformarse en una pieza de antología sobre la decadencia. Estamos ante la caída de un gigante que, en su afán de sostener un relato épico, terminó fundido en el asfalto de su propia soberbia. El “Mundo Boca”, ese ecosistema donde la pasión suele confundirse con la complicidad, empieza a olfatear lo que es evidente: el final de un ciclo que se desmorona entre la improvisación técnica y el aroma a negocios que poco tienen que ver con la pelota.
Riquelme, el estratega que supo dominar el campo con un pase quirúrgico, hoy naufraga en la política de pasillo. Su conducción, sostenida artificialmente por un aparato que mezcla la liturgia del aguante con las viejas mañas del peronismo, se cae a pedazos. El hombre, cuya formación parece haberse detenido mucho antes de alcanzar las luces de la academia, se muestra hoy como un títere de intereses que le son ajenos. ¿Es acaso un candidato puesto por Axel Kicillof para futuras batallas en la Provincia del Pecado? Todo indica que sí. Mientras el club se desangra, Román prefiere el hermetismo, el “silenzio stampa” de quien sabe que los números no cierran y que el territorio se le escapa de las manos.
Boca no es solo el equipo que deambula en la cancha; es un holding donde la caja se estira hasta lo inconfesable. Se habla, con insistencia, de un financiamiento que viaja de la Bombonera hacia otros puertos. El “bodegón de la 12” en Puerto Madero no es una casualidad gastronómica, es una pieza más en el rompecabezas. ¿Y qué decir del restaurante en Miami, ese “Somos los dueños de la historia” que suena más a blanqueo de activos durante el desfile de la Copa del Mundo que a un simple emprendimiento culinario? La sospecha es un veneno que corre por las venas del club, mientras el dinero del socio financia la aventura política de una cúpula que, a esta altura, parece más preocupada por los balances en el extranjero que por los resultados en el césped.
El “Sifón” Úbeda, o quien quiera que sea el encargado de sentarse en el banco para dar la cara por los caprichos del poder, no es más que un convidado de piedra. La identidad de Boca, esa que históricamente se impuso por la jerarquía y la sangre, ha sido reemplazada por una apatía colectiva. Salvo honrosas excepciones, como Paredes o Aranda —chicos que todavía entienden de qué se trata el oficio—, el plantel es un grupo de empleados que juega a la desidia, protegidos por una dirigencia que garantiza contratos pero no fútbol.
El momento es terminal. La Bombonera ya no es el templo de la gloria, sino el escenario donde se velan las ambiciones de una dirigencia que debe renunciar, y ya. Es necesario llamar a elecciones, limpiar el Maxiquiosco, desalojar a los padrinos de la barra y devolverle el club al socio, antes de que el derrumbe sea total. Boca no es una unidad básica, ni un lavadero de activos, ni un feudo de vanidades personales.
Que se vayan todos. Que vuelvan los que tienen memoria.





