Buenos Aires-25 de febrero de 2026-Total News Agency-TNA- La sola amenaza de un conflicto abierto con Irán ya empezó a sentirse en los surtidores del mundo: el barril Brent subió alrededor de 10-11 dólares desde fines de diciembre y tocó los US$ 71,95 el viernes 20 de febrero, impulsado por una prima de riesgo geopolítico que volvió a instalarse en el corazón del mercado energético. El riesgo no es solo que se pierda producción iraní, sino que una escalada —con participación de Estados Unidos e Israel— afecte rutas marítimas críticas y exportaciones de toda la región del Golfo, recreando condiciones típicas de una “crisis petrolera”: salto de precios, problemas de suministro y efectos macro que se cuelan en inflación, actividad y costos logísticos.
La historia enseña que estas crisis no necesitan, necesariamente, una escasez global absoluta para golpear con fuerza. En 1973-1974, el embargo árabe tras la guerra de Yom Kippur cambió para siempre la relación entre política y petróleo. En 1979-1981, la revolución iraní y la guerra Irán-Irak desordenaron exportaciones y empujaron precios. Y en 1990-1991, la guerra del Golfo volvió a disparar la ansiedad del mercado. Más cerca en el tiempo, la invasión rusa a gran escala contra Ucrania en 2022 generó un shock de precios aun sin una escasez física mundial plena: bastó el miedo, la reconfiguración de flujos y la sensación de vulnerabilidad.
Ahora el factor de inestabilidad es otro, pero el mecanismo se parece: el mercado mira los escenarios y empieza a “pagar por las dudas”. Y en el caso de Irán, hay varias dudas pesadas. Por un lado, la posibilidad de ataques selectivos sobre el programa nuclear y la infraestructura asociada a misiles de largo alcance; por otro, la chance de represalias iraníes con impacto regional; y, sobre todo, el cuello de botella que significa el Estrecho de Ormuz, por donde pasa una porción enorme del comercio energético mundial.

Datos de la U.S. Energy Information Administration (EIA) muestran por qué Ormuz es un punto sensible: en 2024 el flujo de petróleo por ese estrecho promedió 20 millones de barriles por día, equivalente a alrededor del 20% del consumo global de líquidos petroleros, y además por allí transitó cerca de una quinta parte del comercio mundial de GNL (principalmente desde Qatar). Aunque Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos cuentan con algunos desvíos por oleoductos que pueden evitar parcialmente el estrecho, la mayoría de los volúmenes no tiene alternativas sencillas. Y la dependencia es total para varios exportadores: Irán, Kuwait, Irak y Qatar necesitan Ormuz como puerta de salida.
En ese tablero, un análisis reciente de Le Grand Continent —basado en escenarios de centros de estudio estadounidenses— describe cuatro caminos de escalada, todos con capacidad de sacudir precios. El primero sería una campaña enfocada en las exportaciones iraníes, con especial atención a la isla de Kharg, terminal clave: un golpe allí podría retirar del mercado alrededor de 1,6 millones de barriles diarios y empujar el precio del crudo US$ 10 a US$ 12 por barril, entre reasignación de flujos y suba de primas de seguro. En términos de mercado, sería una crisis “reversible” si cesan las operaciones, pero con daño inmediato.
El segundo escenario es el que más inquieta a navieras y aseguradoras: que Irán intente perturbar el tráfico por Ormuz mediante ataques, incautaciones o minado. Aunque el bloqueo total sea difícil de sostener, bastaría una interrupción parcial y temporal para provocar una suba rápida del petróleo y del costo de transporte, con impacto directo en combustibles y logística global.
El tercero sube un escalón: ataques estadounidenses o israelíes contra instalaciones petroleras iraníes que dañen de forma duradera la capacidad de producción y exportación. Allí el mercado ya no hablaría solo de “riesgo”, sino de barriles perdidos por meses: en ese caso, se vuelve verosímil un Brent estabilizado por encima de los US$ 100 si la escalada se prolonga.
El cuarto escenario es el más severo: represalias iraníes contra yacimientos, terminales o plataformas marítimas de países árabes del Golfo. Ahí se amenaza una porción significativa de exportaciones regionales y el shock podría superar los picos de 2022, sobre todo si además se interrumpen exportaciones de GNL de Qatar. En esa hipótesis, análisis citados por medios estadounidenses advierten que los precios podrían trepar hacia el rango de US$ 130 por barril, con un traslado inmediato al precio de la nafta en Estados Unidos y, por arrastre, al resto del mundo.
La ansiedad ya se nota en la política energética: un despacho de Reuters informó este 25 de febrero que Arabia Saudí está aumentando producción y exportaciones como plan de contingencia ante la posibilidad de un ataque estadounidense a Irán, buscando amortiguar un eventual faltante y evitar un salto brusco de precios si el conflicto interrumpe flujos. Esa decisión ilustra lo esencial: cuando el mercado huele crisis, los grandes productores se mueven antes de que falte un solo barril.
En paralelo, la incertidumbre no se limita al petróleo: si el riesgo geopolítico se instala, se recalientan primas de seguros marítimos, se encarecen fletes, se reorganizan rutas y se acelera la inflación importada. Para países como la Argentina, que vive cada movimiento del dólar y la energía como un golpe al bolsillo, la secuencia puede llegar por varios canales: combustibles, transporte, costos industriales y, por extensión, precios internos. A veces la guerra queda lejos; el litro de nafta, no tanto.





