Jerusalén-10 de marzo de 2026-Total News Agency-TNA- La guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán ingresó este martes en una nueva fase de endurecimiento, con señales cada vez más claras de que ninguno de los protagonistas está dispuesto a ceder en lo inmediato. Mientras el presidente norteamericano Donald Trump insistió en que el conflicto podría terminar pronto, el régimen iraní respondió con un mensaje opuesto: aseguró que combatirá “el tiempo que sea necesario” y advirtió que no saldrá “ni un litro de petróleo” del Golfo mientras continúen los ataques. En paralelo, el ejército israelí lanzó una nueva oleada de bombardeos sobre Teherán, en una demostración de que la ofensiva sobre la capital persa está lejos de haberse agotado.
La respuesta iraní llegó de la mano de la Guardia Revolucionaria, que elevó el tono tras las amenazas de Trump sobre el estrecho de Ormuz. Desde Teherán dejaron en claro que no aceptarán que sea Washington quien fije el cierre de la guerra y sostuvieron que la continuidad o el final del conflicto dependerán de la voluntad iraní. La advertencia sobre el petróleo no es menor: por esa región transita cerca del 20% del crudo mundial y una porción decisiva del gas natural licuado, de modo que la presión energética volvió a quedar en el centro de la confrontación. La amenaza del régimen no sólo busca encarecer el costo económico de la campaña militar, sino mostrar que aún conserva herramientas para alterar el tablero global.
En ese marco, Israel redobló su ofensiva aérea sobre la capital iraní. Las nuevas incursiones alcanzaron otra vez “objetivos del régimen” en Teherán, según la formulación oficial israelí, en línea con una campaña que ya lleva once días y que apunta a erosionar la estructura militar y política de los ayatolás. El primer ministro Benjamin Netanyahu volvió a dejar en claro que no comparte del todo el optimismo de Trump sobre un final inminente. “Aún no hemos terminado”, advirtió, y afirmó que las acciones llevadas a cabo hasta ahora están “rompiendo los huesos” del liderazgo clerical iraní. La frase, de una crudeza inusual incluso para el actual contexto bélico, reveló que Israel considera que todavía queda margen para profundizar el castigo sobre el aparato de poder de la República Islámica.
La diferencia de matices entre Trump y Netanyahu es uno de los rasgos más delicados de esta etapa. El presidente estadounidense había afirmado en las últimas horas que la guerra estaba “muy avanzada” y prácticamente completa, una declaración que ayudó a descomprimir transitoriamente a los mercados. Pero la continuidad de los ataques sobre Teherán, sumada a la decisión iraní de mantener la presión sobre el petróleo regional, demuestra que sobre el terreno la guerra sigue muy activa. Esa contradicción entre la retórica de cierre y la realidad militar es observada con atención por las potencias europeas, por los países del Golfo y por los operadores energéticos, que intentan determinar si están ante una desescalada real o apenas frente a una pausa verbal.
El frente económico también reflejó esa tensión. Después del salto de la víspera, cuando el barril había rozado los 120 dólares, el petróleo retrocedió con fuerza tras los dichos de Trump y el Brent cayó hasta la zona de los 92 dólares, mientras el WTI se movió en torno de los 88. Sin embargo, el alivio fue parcial y no borró el fondo del problema: la advertencia iraní sobre las exportaciones regionales y los temores sobre Ormuz siguen proyectando un riesgo severo sobre la energía mundial. Incluso Saudi Aramco advirtió este martes que las consecuencias para el mercado podrían ser “catastróficas” si la situación en el estrecho no se normaliza. En otras palabras, aunque los precios cedieron, el miedo a una nueva sacudida sigue intacto.
En Teherán, meanwhile, la población volvió a atravesar otra noche de explosiones, humo y tensión. La capital iraní soporta una sucesión de ataques que ya afecta infraestructura, centros de mando y áreas sensibles del régimen, mientras la conducción política insiste en exhibir resistencia y cohesión. Para Israel, la campaña apunta a quebrar la capacidad ofensiva de Irán y, al mismo tiempo, a debilitar al liderazgo clerical en su propio territorio. Para Irán, en cambio, la resistencia prolongada y la amenaza sobre el petróleo son parte de una estrategia para demostrar que aún puede imponer costos y condicionar a sus enemigos. En ese choque de voluntades, la guerra no parece hoy tan cerca de su final como sugieren algunos mensajes políticos, sino más bien en una fase en la que cada parte intenta llegar más fuerte a una eventual negociación que todavía no asoma con claridad.




