Por RR
Washington-13 de Marzo de 2026-Total News Agency-TNA-. En medio de la ofensiva de Estados Unidos e Israel contra Irán, una de las hipótesis que más inquietud genera en Oriente Medio es la posibilidad de que el frente kurdo vuelva a ser activado como fuerza de desgaste terrestre contra el régimen de los ayatolás. Según reportes recientes, milicias kurdas iraníes con base en el Kurdistán iraquí mantuvieron conversaciones con funcionarios estadounidenses sobre una posible operación en el oeste iraní para golpear a las fuerzas de seguridad y abrir espacio a un levantamiento interno. Pero ese escenario, que en Washington podría leerse como una oportunidad táctica, está lejos de ser lineal: para los kurdos, cada invitación estadounidense al combate viene acompañada por un recuerdo demasiado conocido, el de haber sido útiles en la guerra y prescindibles en la paz.
El pueblo kurdo, disperso entre Turquía, Irak, Siria e Irán, arrastra desde hace un siglo la condición de nación sin Estado. En el caso iraní, las estimaciones sobre su peso demográfico varían, pero constituyen una minoría relevante en el oeste del país, con larga historia de represión, limitaciones culturales, persecución política y actividad insurgente. Esa realidad convierte a las regiones kurdas iraníes en una zona particularmente sensible si el poder central en Teherán se debilita. En las últimas semanas, y siempre según fuentes de inteligencia y dirigentes regionales citados por la prensa internacional, grupos kurdos iraníes exploraron con Estados Unidos la posibilidad de recibir apoyo, incluso en materia de armas o asistencia de la CIA, para una eventual incursión. Por ahora, no hay confirmación pública de una decisión final ni de un compromiso operativo cerrado.
El interés norteamericano en los kurdos no surge de la nada. En Siria, las milicias kurdas y luego las Fuerzas Democráticas Sirias fueron el principal socio local de Washington en la guerra contra ISIS. Su papel fue decisivo en hitos que marcaron el retroceso del califato: la resistencia en Kobani, convertida en símbolo de la lucha contra el extremismo; la campaña sobre Raqqa, la capital de facto del Estado Islámico; y, finalmente, la caída de Baghouz en 2019, cuando las fuerzas apoyadas por Estados Unidos anunciaron la eliminación del último enclave territorial del grupo yihadista. Esa campaña costó miles de vidas kurdas y consolidó la idea de que, sin ellos, la derrota territorial de ISIS habría sido mucho más lenta y costosa.
Pero el problema para cualquier plan estadounidense en Irán es que esa misma experiencia dejó una marca amarga. En 2019, la decisión de Donald Trump de retirar tropas del norte de Siria abrió la puerta a la ofensiva de Turquía contra fuerzas kurdas que hasta ese momento habían sido aliadas centrales de Washington. Aquella retirada fue ampliamente descrita como una traición a los kurdos, incluso por críticos y aliados occidentales, porque dejó a esas milicias expuestas frente al avance turco y las obligó a replegarse y buscar acomodos de emergencia con otros actores regionales. La herida no cicatrizó.
La sensación de abandono no pertenece sólo a 2019. Este mismo año, tras más de una década de cooperación militar con Estados Unidos, los kurdos sirios vieron cómo Washington respaldó un acuerdo para reintegrar zonas bajo control kurdo al poder central sirio, mientras la nueva correlación de fuerzas en el país los iba dejando cada vez más arrinconados. Reportes de comienzos de 2026 señalaron además que, en medio de ataques contra prisiones con miles de detenidos de ISIS, las fuerzas kurdas denunciaron que la coalición liderada por Estados Unidos no intervino pese a sus pedidos de ayuda. Desde la mirada kurda, el mensaje fue brutalmente familiar: se los convoca cuando hacen falta, se los relega cuando cambia la prioridad estratégica.
Y si se amplía la perspectiva histórica, la desconfianza kurda hacia Washington tiene raíces aún más profundas. En 1975, tras el Acuerdo de Argel entre Irán e Irak, el apoyo clandestino que mantenía viva la rebelión kurda iraquí fue cortado de manera abrupta como parte de un reordenamiento geopolítico. Para muchos kurdos, ese episodio quedó grabado como una lección temprana: su causa puede ser útil para una potencia, pero raramente es defendida hasta el final.
Por eso, la idea de que los kurdos puedan ser la infantería que complete el trabajo que la aviación norteamericana e israelí no puede resolver por sí sola enfrenta una barrera política y emocional de gran peso. Dirigentes kurdos sirios ya advirtieron públicamente a sus pares iraníes que no se lancen a una operación sin compromisos firmes, claros y escritos de Estados Unidos. El temor es sencillo de entender: entrar en combate abierto contra Teherán y luego quedar librados a su suerte sería, para ellos, repetir la peor parte de una historia demasiado conocida.
En términos estratégicos, además, la apuesta encierra un riesgo mayor. Si el régimen iraní se debilita severamente, el protagonismo kurdo no necesariamente desembocaría en una transición ordenada. Irán es un mosaico complejo de persas, azeríes, kurdos, árabes, baluchis y otros grupos con reclamos propios. Un colapso del centro podría activar pulsiones autonómicas, choques étnicos y una fragmentación territorial capaz de convertir la caída del régimen en una guerra civil prolongada. En ese contexto, el factor kurdo podría ser decisivo, pero no necesariamente estabilizador. Allí radica la gran paradoja del plan que algunos imaginan en Washington: los kurdos podrían ser útiles para debilitar a los ayatolás, pero también podrían convertirse en uno de los vectores de una crisis mucho más amplia e imprevisible.
En definitiva, el papel kurdo en un eventual derrumbe del régimen iraní aparece como una carta real, pero cargada de memoria, cautela y riesgo. Combatieron a ISIS cuando casi nadie quería poner cuerpos en tierra. Pagaron un precio altísimo. Y aprendieron que las promesas de las grandes potencias suelen durar menos que las guerras que les piden pelear. Esa experiencia explica por qué hoy, ante la nueva convocatoria implícita de Estados Unidos, miran el mapa con interés, pero también con una desconfianza que no es ideológica: es histórica.





