Por Daniel Romero
Bruselas/Washington, 20 de marzo de 2026-Total News Agency-TNA- La Unión Europea dio en las últimas horas un giro político de alto impacto frente a la crisis del estrecho de Ormuz y terminó avalando que algunos de sus Estados miembro colaboren en los esfuerzos para restablecer la libertad de navegación, después de varios días de cautela, vacilaciones y mensajes ambiguos ante el cierre de facto de una vía por la que circula alrededor de una quinta parte del petróleo mundial.
El viraje llegó inmediatamente después de un durísimo ataque verbal del presidente Donald Trump, que acusó a los aliados occidentales de quejarse por los altos precios de la energía pero negarse a asumir riesgos mínimos para reabrir el paso marítimo. El mandatario sostuvo que, sin Estados Unidos, la OTAN es un “tigre de papel”, y trató de “cobardes” a los europeos por no querer involucrarse para ayudar a abrir Ormuz, aun cuando, según su planteo, la lucha contra Irán ya estaba ganada militarmente y el riesgo para ellos era bajo.
El dato político central es que esa presión surtió efecto. En las conclusiones aprobadas por unanimidad en la cumbre de Bruselas, los líderes de la UE respaldaron los esfuerzos reforzados anunciados por algunos Estados miembro para garantizar la libertad de navegación en el estrecho de Ormuz, aunque aclararon que ello ocurrirá una vez que se den las condiciones. La fórmula mantiene la prudencia diplomática europea, pero supone un cambio claro respecto de la resistencia previa a involucrarse siquiera de forma indirecta en la reapertura del corredor energético más sensible del planeta.

Ese movimiento europeo quedó además acompañado por una declaración conjunta de Alemania, Reino Unido, Francia, Italia, Países Bajos, Japón y Canadá, que se comprometieron a sumarse a esfuerzos apropiados para asegurar el paso seguro por el estrecho. No se anunció un despliegue militar cerrado ni un operativo inmediato de gran escala, pero la señal política es nítida: después de la reticencia inicial, parte de los principales aliados occidentales y asiáticos empezaron a alinearse con la necesidad de actuar para impedir que Irán consolide el bloqueo y mantenga de rehén al mercado energético mundial.
La marcha atrás europea no puede leerse separada del impacto económico que ya provocó la crisis. La interrupción del paso elevó la tensión sobre el abastecimiento global de crudo y gas, afectó seriamente el tráfico marítimo y volvió a colocar a Europa, dependiente de energía importada, frente a otro shock que recuerda las peores lecciones de los últimos años. El temor a una suba persistente del petróleo y del gas empujó nuevas alertas sobre inflación, tasas de interés y crecimiento para la eurozona.
En ese contexto, la reacción de Trump buscó instalar una idea simple y brutal: no se puede celebrar la neutralización militar de una amenaza y, al mismo tiempo, dejarle a Washington todo el costo de estabilizar sus consecuencias. El presidente volvió a colocar a sus socios frente a una contradicción incómoda: reclaman seguridad para sus importaciones, condenan el cierre del estrecho y temen por la inflación, pero dudan cuando llega el momento de participar en la tarea concreta de garantizar el paso.
En clave de opinión, el episodio deja una conclusión difícil de eludir. Trump mostró la voluntad política de enfrentar junto con Israel a un régimen que durante 47 años combinó terrorismo, expansión regional, fanatismo ideológico y ambición nuclear. La neutralización de esa amenaza estratégica antes de que pudiera completar una capacidad atómica militar representa uno de los hechos más trascendentes de esta crisis. De no haberse quebrado a tiempo esa aspiración, el mundo hoy podría estar discutiendo no sólo drones, misiles o bloqueos navales, sino la posibilidad de que los ayatolás proyectaran ojivas nucleares sobre sus vecinos o incluso más allá.
La propia UE, aun al avalar contribuciones de algunos países, mantuvo un lenguaje de contención y evitó mencionar de modo directo a Estados Unidos o a Israel en su declaración. Esa cautela expone hasta qué punto el bloque sigue atrapado entre la necesidad de preservar su abastecimiento energético y la falta de decisión política para actuar con rapidez cuando la seguridad global entra en zona crítica.
La crítica de Trump a los europeos como “cobardes” fue deliberadamente áspera, pero encontró un blanco real: una dirigencia continental que reaccionó tarde incluso cuando el estrecho de Ormuz ya había reducido drásticamente su actividad y cuando el impacto sobre precios, inflación, comercio y crecimiento era visible. La lección que emerge de estas horas es que la seguridad energética de Europa sigue dependiendo, en última instancia, de la capacidad y de la decisión estadounidense. Y cuando Washington empuja, aunque sea a los gritos, Bruselas termina moviéndose.





